Castro y Chávez: del buen al mal revolucionario
Caracas (AIPE)- La reunión en La Habana del anacrónico Grupo de los 77, "países no-alineados", contó con la presencia de sólo un segundo presidente latinoamericano: Hugo Chávez. Entre sonrisas, abrazos y elogios a los "grandes logros" del paraíso fidelista, Chávez pasó varios días disfrutando de la bien programada adulación de sus anfitriones, alejado de las tormentas políticas que empiezan a formarse en su propio país.
Todo en la capital cubana luce anticuado y pasado de moda en estos tiempos de mengua revolucionaria, sobre todo Castro, quien luego de haber creado una crisis mundial con armas atómicas, ahora se dedica a intentar lo mismo pero usando al pequeño Elián. Poco puede decirse, por otra parte, en relación al Grupo de los 77, excepto que el mismo constituye una reliquia de otra era en las relaciones internacionales, la época de la Guerra Fría, durante la cual tenía quizás algún sentido autoproclamarse "no-alineado" entre el Este comunista y el Oeste democrático. Mas hoy en día, en una etapa de indetenible globalización y de colapso de la utopía marxista, ¿qué significa "no-alinearse"?
Semejante interrogante no jugó papel alguno en las deliberaciones de La Habana. De hecho, sólo en ocasiones como ésa es posible ver juntos a tal número de dictadores sangrientos, revolucionarios fracasados, demagogos y simples pedigueños. Con pocas excepciones, los líderes reunidos en La Habana tienen como propósito central: echar a otros -en particular a Estados Unidos- la culpa por las desgracias que ellos mismos han generado. Para los "no-alineados", la globalización, el neoliberalismo, los mercados y sus retos de productividad y competitividad no son vistos como oportunidades, sino como males a ser extirpados. En vista de semejante perspectiva, cabe asegurar que las naciones que integran ese grupo no tienen futuro, a menos que coloquen su porvenir en otras manos, las de dirigentes menos inflados y más responsables.
Castro, como de costumbre, utilizó el evento para darle un poco de oxígeno a su oprobioso régimen, enarbolando nuevamente las ya cansonas banderas tercermundistas y ganando con las sonrisas de sus cómplices "no-alineados" un poco de legitimidad para la dictadura que continúa oprimiendo sin contemplaciones al pueblo cubano. Ahora bien, hay que reconocerle algo a Castro: tuvo sentido de oportunidad al llevar a cabo su proyecto revolucionario cuando lo hizo. En los años 60, con la URSS en momentos de poderío ascendente y con el espejismo socialista todavía disfrutando de sólido prestigio en muchas partes, la empresa política castrista halló espacio para consolidarse y perdurar. Por varias décadas, Castro representó la figura romántica del "buen revolucionario", tan popular en los cenáculos intelectuales parisinos y entre los muchos ingenuos que pueblan las principales universidades norteamericanas, para no hablar de los ferozmente miopes izquierdistas latinoamericanos. En nuestros días, esa imagen de Castro sobrevive solamente entre los que son capaces de excusar cualquier atrocidad, siempre que la misma se lleve a cabo en nombre del anti-yanquismo.
A diferencia de Castro, Hugo Chávez es un hombre joven, democráticamente electo, en quien una parte sustancial de los venezolanos depositó una esperanza real. No obstante, para sorpresa de muchos y la frustración de otros tantos, Chávez es un joven con mente de viejo, con la mirada fija en los años 60, mareado por sueños cuya precaria vigencia se pierde entre los vericuetos históricos del siglo que dejamos atrás. Chávez considera que la Revolución cubana ha sido beneficiosa para el pueblo de esa infortunada isla, vé en Castro una figura digna de emulación, y pretende realizar una "revolución" en su patria, a pesar de que el rumbo hasta ahora seguido por su gobierno no ha dejado otro rastro que el de un más agudo empobrecimiento para millones de venezolanos. Chávez demuestra día a día que no tiene condiciones para gobernar un país en el umbral de un nuevo siglo. Tal vez en los años 60, de haber llegado al poder con sus idolatrados guerrilleros de entonces, un hombre como Chávez podría haber creado en Venezuela un infierno similar al de Castro en Cuba, en la creencia real de que estaba alcanzando algún logro válido por razones ideológicas. Hoy, sin embargo, el infierno chavista no puede ni siquiera ser reivindicado por alguna ideología utópica como lo fue el marxismo: va en camino de ser un infierno, y nada más.
En 15 meses de gobierno, Chávez ha experimentado un notable desgaste político, que se verá reflejado en los resultados electorales del 28 de mayo. No estoy pronosticando que vaya a perder; incluso es probable que gane, pero lo haría en un contexto de severa disminución de su base política, con su movimiento fragmentado y varias de las principales regiones del país en manos de la oposición. La amargura y la decepción se extienden como fuego en la pradera entre los venezolanos, que no entienden por qué Chávez se une a Castro y elogia su fatídica revolución, y que temen que el hombre en quien depositaron sus ilusiones los quiera conducir a un desenlace semejante al que padecen los cubanos.
Si tal es la intención del mandatario venezolano, y numerosos indicios así lo sugieren, sólo resta afirmar que Chávez, a diferencia de Castro, es un "mal revolucionario", ignorante de las realidades del mundo en que vivimos, dominado por un voluntarismo irracional, y ajeno a los imperativos geopolíticos de una nueva etapa en las relaciones internacionales. No habrá otra Cuba en Venezuela, a pesar de los reiterados esfuerzos de Hugo Chávez para crearla. No será necesario llamar a los marines: el propio pueblo venezolano y sus Fuerzas Armadas se encargarán de impedir que las pesadillas de Chávez se conviertan en amarga realidad.
Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar.
Todo en la capital cubana luce anticuado y pasado de moda en estos tiempos de mengua revolucionaria, sobre todo Castro, quien luego de haber creado una crisis mundial con armas atómicas, ahora se dedica a intentar lo mismo pero usando al pequeño Elián. Poco puede decirse, por otra parte, en relación al Grupo de los 77, excepto que el mismo constituye una reliquia de otra era en las relaciones internacionales, la época de la Guerra Fría, durante la cual tenía quizás algún sentido autoproclamarse "no-alineado" entre el Este comunista y el Oeste democrático. Mas hoy en día, en una etapa de indetenible globalización y de colapso de la utopía marxista, ¿qué significa "no-alinearse"?
Semejante interrogante no jugó papel alguno en las deliberaciones de La Habana. De hecho, sólo en ocasiones como ésa es posible ver juntos a tal número de dictadores sangrientos, revolucionarios fracasados, demagogos y simples pedigueños. Con pocas excepciones, los líderes reunidos en La Habana tienen como propósito central: echar a otros -en particular a Estados Unidos- la culpa por las desgracias que ellos mismos han generado. Para los "no-alineados", la globalización, el neoliberalismo, los mercados y sus retos de productividad y competitividad no son vistos como oportunidades, sino como males a ser extirpados. En vista de semejante perspectiva, cabe asegurar que las naciones que integran ese grupo no tienen futuro, a menos que coloquen su porvenir en otras manos, las de dirigentes menos inflados y más responsables.
Castro, como de costumbre, utilizó el evento para darle un poco de oxígeno a su oprobioso régimen, enarbolando nuevamente las ya cansonas banderas tercermundistas y ganando con las sonrisas de sus cómplices "no-alineados" un poco de legitimidad para la dictadura que continúa oprimiendo sin contemplaciones al pueblo cubano. Ahora bien, hay que reconocerle algo a Castro: tuvo sentido de oportunidad al llevar a cabo su proyecto revolucionario cuando lo hizo. En los años 60, con la URSS en momentos de poderío ascendente y con el espejismo socialista todavía disfrutando de sólido prestigio en muchas partes, la empresa política castrista halló espacio para consolidarse y perdurar. Por varias décadas, Castro representó la figura romántica del "buen revolucionario", tan popular en los cenáculos intelectuales parisinos y entre los muchos ingenuos que pueblan las principales universidades norteamericanas, para no hablar de los ferozmente miopes izquierdistas latinoamericanos. En nuestros días, esa imagen de Castro sobrevive solamente entre los que son capaces de excusar cualquier atrocidad, siempre que la misma se lleve a cabo en nombre del anti-yanquismo.
A diferencia de Castro, Hugo Chávez es un hombre joven, democráticamente electo, en quien una parte sustancial de los venezolanos depositó una esperanza real. No obstante, para sorpresa de muchos y la frustración de otros tantos, Chávez es un joven con mente de viejo, con la mirada fija en los años 60, mareado por sueños cuya precaria vigencia se pierde entre los vericuetos históricos del siglo que dejamos atrás. Chávez considera que la Revolución cubana ha sido beneficiosa para el pueblo de esa infortunada isla, vé en Castro una figura digna de emulación, y pretende realizar una "revolución" en su patria, a pesar de que el rumbo hasta ahora seguido por su gobierno no ha dejado otro rastro que el de un más agudo empobrecimiento para millones de venezolanos. Chávez demuestra día a día que no tiene condiciones para gobernar un país en el umbral de un nuevo siglo. Tal vez en los años 60, de haber llegado al poder con sus idolatrados guerrilleros de entonces, un hombre como Chávez podría haber creado en Venezuela un infierno similar al de Castro en Cuba, en la creencia real de que estaba alcanzando algún logro válido por razones ideológicas. Hoy, sin embargo, el infierno chavista no puede ni siquiera ser reivindicado por alguna ideología utópica como lo fue el marxismo: va en camino de ser un infierno, y nada más.
En 15 meses de gobierno, Chávez ha experimentado un notable desgaste político, que se verá reflejado en los resultados electorales del 28 de mayo. No estoy pronosticando que vaya a perder; incluso es probable que gane, pero lo haría en un contexto de severa disminución de su base política, con su movimiento fragmentado y varias de las principales regiones del país en manos de la oposición. La amargura y la decepción se extienden como fuego en la pradera entre los venezolanos, que no entienden por qué Chávez se une a Castro y elogia su fatídica revolución, y que temen que el hombre en quien depositaron sus ilusiones los quiera conducir a un desenlace semejante al que padecen los cubanos.
Si tal es la intención del mandatario venezolano, y numerosos indicios así lo sugieren, sólo resta afirmar que Chávez, a diferencia de Castro, es un "mal revolucionario", ignorante de las realidades del mundo en que vivimos, dominado por un voluntarismo irracional, y ajeno a los imperativos geopolíticos de una nueva etapa en las relaciones internacionales. No habrá otra Cuba en Venezuela, a pesar de los reiterados esfuerzos de Hugo Chávez para crearla. No será necesario llamar a los marines: el propio pueblo venezolano y sus Fuerzas Armadas se encargarán de impedir que las pesadillas de Chávez se conviertan en amarga realidad.
Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar.