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CATASTROFE


Las cifras que los medios internacionales nos ofrecen llegan a hablar de 100,000 muertos como consecuencia del horroroso ciclón que azotó Myanmar, que más familiarmente recordamos como Birmania.

Se trata de la fuerza devastadora de un ciclón del sudeste asiático que ya tienen merecida fama por los destrozos que periódicamente suelen dejar a su veloz paso por poblaciones y campos cultivados.

Al oír noticias y al ver las instantáneas que nos presenta la pantalla chica diariamente sobresalen siempre la noticias negativa, pero real y sobre todo cuando hablan de destrucciones, nos son presentadas con una frialdad a la que ya nos acostumbramos.

Cuando abalean a una persona en nuestro medio, fenómeno recurrente en estos días entre nosotros, con la curiosidad y el detalle se nos da la información tratando de mostrar a la policía, la ambulancia, los paramédicos y el arribo al nosocomio, satisfacemos la morbosidad. Cuando se nos informa sobre la muerte de 100,000 seres humanos víctimas del suceso metereológico en un sitio tan distante de nosotros no experimentamos mayor mutación ni afecto, no nos mueve lo más mínimo. Son ya tan frecuentes estos partes noticiosos a los que se aplica el dicho de que "Ab assuetis non fit passio", de las cosas que ocurren con periodicidad ya estamos acostumbrados que ni siquiera engendra un sentimiento de compasión. Y esto, a mi modesto entender, preocupa por el hecho de que ya nos acostumbramos a oír desgracias a las que no podemos hacer nada que les ayude a esos hermanos nuestros que sufren a la distancia, al menos un mínimo de solidaridad humana, aunque fuera verbal, debería suscitarse entre nosotros. Ellos también son gente y a nosotros, Dios no lo quiera, nos gustaría que de pasar nosotros por un trance similar, que al menos simpatizaran con nosotros.

Por otro lado, confirmamos una lección de vida. Resulta que el gobierno militar con presidente del Consejo Estatal para la Restauración de la Ley y el Orden con un Jefe de Estado y de gobierno desde 1992, un dictador, fuera de ser incapaz de hacerle frente a la macrocósmica desgracia, impide que se le ofrezca ayuda. Colmo de la prepotencia. Y la ayuda escasa que desde afuera llega, la población no quiere sea administrada por miembros del gobierno.

Los creyentes, luego de sensibilizarnos y solidarizarnos afectivamente con los damnificados, hagamos al menos una oración férvida para que el Señor les alivie en su tribulación. Recordemos siempre "hoy por ti y mañana por mí".

101 años de Panamá América

 
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