Caudal electoral y confianza ciudadana
EL CAUDAL electoral se materializa en las urnas y se refleja en los votos obtenidos, pero allí queda; la confianza ciudadana es otra cosa, y todo gobernante debe tratar de preservarla, si es posible, por el término de su mandato, porque es esencial para poder gobernar, que no es lo mismo que imponer.
En las pasadas elecciones, el partido gobernante obtuvo una victoria indiscutible, con el 46% de los votos emitidos. Ese resultado le da derecho a detentar el poder y a ejercerlo, pero no a abusar de él.
Seguido a la proclamación del triunfo en las urnas, en términos generales, los futuros gobernantes ven incrementado su respaldo por encima del porcentaje de los votos obtenidos; ello, porque a sus seguidores se les suman muchos que no los votaron pero que abrigan la esperanza de que hagan un buen gobierno. Esa reacción es lógica, ya que sus decisiones afectarán a toda la Nación durante los próximos cinco años.
Todos los candidatos, en la campaña electoral, prometen "el oro y el moro", aún a sabiendas de que no podrán cumplir todo lo ofrecido. Y el señor Torrijos no ha sido una excepción. Su discurso estuvo preñado de promesas, pero básicamente tuvo tres consignas principales: Transparencia, más trabajo y cero corrupción.
Lo de "cero corrupción" está por verse, pero podemos seguir dándole el beneficio de la duda y creer en su sinceridad, aunque algunos signos, especialmente en lo que se refiere a ejemplos de nepotismo, no es buen presagio.
Más trabajo, todavía no se ve por donde. Si como se ha anunciado, el gobierno proyecta reducir en 45,000 puestos la planilla del Estado y, por otra parte, la empresa privada no está en capacidad de asimilar a los miles de personas que cada año engrosan las filas de los que buscan empleo, no se requiere mucho esfuerzo para concluir que la promesa de más trabajos quedará flotando en el aire sin pode aterrizar.
Un gobierno es transparente cuando juega con todas las cartas sobre la mesa. Las nuevas autoridades no lo han hecho. El ejemplo visible lo tenemos ante nosotros. Las denominadas reformas fiscales no sólo han estado encubiertas por un amañado misterio, sino que, además, han sorprendido a muchos de los sectores que contribuyeron al triunfo electoral del PRD y que le brindaron su apoyo económico.
¿Por qué los nuevos gobernantes decidieron excluir, hasta el último momento, prácticamente a todo el país del conocimiento del proyecto? ¿Por qué han decidido forzar su aprobación, sin hacer caso al clamor, abrumadoramente mayoritario, de todas las voces que les piden que recapaciten y corrijan el rumbo? Esas interrogantes, al quedarse sin una respuesta, ni pronta ni satisfactoria, ensombrecen la promesa de transparencia hecha durante la campaña electoral. Y si a esa reticencia su suma la actitud propotente y poco feliz, asumida por el presidente de la Asamblea Legislativa y por otros voceros muy allegados al mandatario, es inevitable que crezcan las dudas sobre la sinceridad del gobernante.
Los resultados electorales obtenidos por el PRD, aparentemente, son asumidos por sus representantes en el gobierno como un mandato irrestricto para decidir, como les parezca y consultándose sólo entre ellos mismos, por donde debe caminar el país. Craso error. Su victoria electoral les dio el mandato para gobernar y permanecer en el poder por cinco años, pero no les garantizó que a lo largo de ese período mantendrán la confianza ciudadana, sin la cual ningún gobierno puede ser verdaderamente efectivo.
La confianza y la esperanza ciudadana, que alcanzó su punto más alto cuando el actual gobierno asumió funciones el 1 de septiembre pasado, han comenzado a descender de manera vertiginosa. Y ese hecho es conocido por los gobernantes. Tal vez, no le dan la debida importancia o, tal vez, consideren que les será fácil recuperarla. Ambas actitudes son un lamentable error. Y de seguir por el camino que van, muy pronto lo comprobarán.
En las pasadas elecciones, el partido gobernante obtuvo una victoria indiscutible, con el 46% de los votos emitidos. Ese resultado le da derecho a detentar el poder y a ejercerlo, pero no a abusar de él.
Seguido a la proclamación del triunfo en las urnas, en términos generales, los futuros gobernantes ven incrementado su respaldo por encima del porcentaje de los votos obtenidos; ello, porque a sus seguidores se les suman muchos que no los votaron pero que abrigan la esperanza de que hagan un buen gobierno. Esa reacción es lógica, ya que sus decisiones afectarán a toda la Nación durante los próximos cinco años.
Todos los candidatos, en la campaña electoral, prometen "el oro y el moro", aún a sabiendas de que no podrán cumplir todo lo ofrecido. Y el señor Torrijos no ha sido una excepción. Su discurso estuvo preñado de promesas, pero básicamente tuvo tres consignas principales: Transparencia, más trabajo y cero corrupción.
Lo de "cero corrupción" está por verse, pero podemos seguir dándole el beneficio de la duda y creer en su sinceridad, aunque algunos signos, especialmente en lo que se refiere a ejemplos de nepotismo, no es buen presagio.
Más trabajo, todavía no se ve por donde. Si como se ha anunciado, el gobierno proyecta reducir en 45,000 puestos la planilla del Estado y, por otra parte, la empresa privada no está en capacidad de asimilar a los miles de personas que cada año engrosan las filas de los que buscan empleo, no se requiere mucho esfuerzo para concluir que la promesa de más trabajos quedará flotando en el aire sin pode aterrizar.
Un gobierno es transparente cuando juega con todas las cartas sobre la mesa. Las nuevas autoridades no lo han hecho. El ejemplo visible lo tenemos ante nosotros. Las denominadas reformas fiscales no sólo han estado encubiertas por un amañado misterio, sino que, además, han sorprendido a muchos de los sectores que contribuyeron al triunfo electoral del PRD y que le brindaron su apoyo económico.
¿Por qué los nuevos gobernantes decidieron excluir, hasta el último momento, prácticamente a todo el país del conocimiento del proyecto? ¿Por qué han decidido forzar su aprobación, sin hacer caso al clamor, abrumadoramente mayoritario, de todas las voces que les piden que recapaciten y corrijan el rumbo? Esas interrogantes, al quedarse sin una respuesta, ni pronta ni satisfactoria, ensombrecen la promesa de transparencia hecha durante la campaña electoral. Y si a esa reticencia su suma la actitud propotente y poco feliz, asumida por el presidente de la Asamblea Legislativa y por otros voceros muy allegados al mandatario, es inevitable que crezcan las dudas sobre la sinceridad del gobernante.
Los resultados electorales obtenidos por el PRD, aparentemente, son asumidos por sus representantes en el gobierno como un mandato irrestricto para decidir, como les parezca y consultándose sólo entre ellos mismos, por donde debe caminar el país. Craso error. Su victoria electoral les dio el mandato para gobernar y permanecer en el poder por cinco años, pero no les garantizó que a lo largo de ese período mantendrán la confianza ciudadana, sin la cual ningún gobierno puede ser verdaderamente efectivo.
La confianza y la esperanza ciudadana, que alcanzó su punto más alto cuando el actual gobierno asumió funciones el 1 de septiembre pasado, han comenzado a descender de manera vertiginosa. Y ese hecho es conocido por los gobernantes. Tal vez, no le dan la debida importancia o, tal vez, consideren que les será fácil recuperarla. Ambas actitudes son un lamentable error. Y de seguir por el camino que van, muy pronto lo comprobarán.