Ceguera general
NO SE necesita ser genial para darse cuenta de que en los últimos diez años, hemos venido llevando una existencia colectiva en Panamá, que pasa desapercibida para las tres cuartas partes de la población. La ignorancia y la irresponsabilidad ya colectivas, ya personales, alimentan al máximo ese desconocimiento supino, sobre lo que realmente viene siendo la vida nacional fácilmente identificable a partir de 1989, cuando la invasión norteamericana hizo de desencadenante de una especie de orgía de las peores cualidades, que nos han venido abrumando, poco a poco, y haciéndonos vivir una existencia amarga y caótica, para los más, a pesar de su inconsciencia.
Las percepciones diarias son la prueba más elocuente de lo que afirmamos. La delincuencia sangrienta, el robo, los delitos económicos, el funcionamiento desastroso de la cosa pública, tanto las detenciones como la impunidad sientan sus reales por doquier. Hay miedo en la población y las batidas jefaturazas por la alta Policía, no hacen rebajar las conocidas abundancias de la mala vida.
Al final de la escuela primaria (quinto y sexto grados), así como durante la secundaria, vivimos en el Barrio de Santa Ana, comunidad bastante tranquila entonces, con pocas cantinas, muchos comercios abigarrados, daban la impresión de trabajo y actividad normal constante. En los días de hoy da pánico aventurarse por Santa Ana: la prostitución abierta, el número creciente de cantinas, el robo con o sin armas de fuego, los asaltos constantes, han hecho pavorosa la vida en el barrio que cobijó nuestra adolescencia y nuestra juventud, convertido actualmente en una gigantesca cueva de Alí Babá y sus ladrones aumentan. Difícilmente es posible una familia decente que pueda vivir con la tranquilidad de antes, en la actividad transformada en delincuencia, comercio de drogas, vendetas de grupos, principalmente jóvenes. ¿Cómo ha sido posible semejante transformación involutiva y degrada? La afluencia de la población campesina hacia los focos urbanos, sobre todo en las cercanías del Canal, son una de las tantas causas, que engendran la población delincuente y castigada por el desempleo.
Los gobiernos que hemos tenido en los últimos cincuenta años nada han hecho para favorecer la buena vida en los barrios populares, sobe todo en los focos poblacionales citadinos, de Panamá y Colón, a lo que se agrega la población que viene acumulándose en la llamada zona de tránsito canalera. El grupo intelectual concentrado en las principales ciudades, con unidades dispersas en todo el territorio, no se esfuerza por intervenir colectivamente, ni siquiera en hacer profesión de beneficiar la República con diagnósticos individuales y de grupos, escasas contribuciones, para que todos seamos más conscientes y conozcamos técnicamente, aunque de breve calado, nuestros problemas generales ( en vez de ser sufrientes pasivos) y podamos unir esfuerzos para contribuir siquiera a su planteamiento, a sus posibilidades de soluciones e iniciar un camino que sabemos no se preocupan por enfrentar en grande los gobiernos, engolfados en sus burócraticas rutinas, sin esperanza de ninguna clase para la doliente y sufrida población, que tampoco puede mover su escasa iniciativa, a causa de que, en términos generales, la sociedad panameña no ha generado internamente fuerzas de rectificación y de soluciones para nuestros propios problemas.
No se crea que estamos exagerando, porque todos los análisis sobre Panamá que provienen de agencias y de estudiosos extranjeros, son sencillamente alarmantes.
Los remedios superficiales que se ofrecen, ya de fuentes gubernamentales como de agencias privadas, no satisfacen, pero tampoco nos asustan, porque no creemos imposible un encauzamiento que vaya abriendo, aunque ordenada y paulatinamente, horizontes certeros y sendas rectificadoras. Todo reside en las esferas progresistas que puedan perseguir, con la firmeza, con el tesón, con liderazgo suficiente se dispongan a librar la cruzada necesaria, a fin de que el esfuerzo de grupos nacionales emprendedores, muestren el camino que, con abierta conciencia y con el trabajo organizado y persistente, le abran a Panamá las vías de un progreso general que no es imposible, pero que requiere mucho de una dosis de patriotismo indispensable.
Las percepciones diarias son la prueba más elocuente de lo que afirmamos. La delincuencia sangrienta, el robo, los delitos económicos, el funcionamiento desastroso de la cosa pública, tanto las detenciones como la impunidad sientan sus reales por doquier. Hay miedo en la población y las batidas jefaturazas por la alta Policía, no hacen rebajar las conocidas abundancias de la mala vida.
Al final de la escuela primaria (quinto y sexto grados), así como durante la secundaria, vivimos en el Barrio de Santa Ana, comunidad bastante tranquila entonces, con pocas cantinas, muchos comercios abigarrados, daban la impresión de trabajo y actividad normal constante. En los días de hoy da pánico aventurarse por Santa Ana: la prostitución abierta, el número creciente de cantinas, el robo con o sin armas de fuego, los asaltos constantes, han hecho pavorosa la vida en el barrio que cobijó nuestra adolescencia y nuestra juventud, convertido actualmente en una gigantesca cueva de Alí Babá y sus ladrones aumentan. Difícilmente es posible una familia decente que pueda vivir con la tranquilidad de antes, en la actividad transformada en delincuencia, comercio de drogas, vendetas de grupos, principalmente jóvenes. ¿Cómo ha sido posible semejante transformación involutiva y degrada? La afluencia de la población campesina hacia los focos urbanos, sobre todo en las cercanías del Canal, son una de las tantas causas, que engendran la población delincuente y castigada por el desempleo.
Los gobiernos que hemos tenido en los últimos cincuenta años nada han hecho para favorecer la buena vida en los barrios populares, sobe todo en los focos poblacionales citadinos, de Panamá y Colón, a lo que se agrega la población que viene acumulándose en la llamada zona de tránsito canalera. El grupo intelectual concentrado en las principales ciudades, con unidades dispersas en todo el territorio, no se esfuerza por intervenir colectivamente, ni siquiera en hacer profesión de beneficiar la República con diagnósticos individuales y de grupos, escasas contribuciones, para que todos seamos más conscientes y conozcamos técnicamente, aunque de breve calado, nuestros problemas generales ( en vez de ser sufrientes pasivos) y podamos unir esfuerzos para contribuir siquiera a su planteamiento, a sus posibilidades de soluciones e iniciar un camino que sabemos no se preocupan por enfrentar en grande los gobiernos, engolfados en sus burócraticas rutinas, sin esperanza de ninguna clase para la doliente y sufrida población, que tampoco puede mover su escasa iniciativa, a causa de que, en términos generales, la sociedad panameña no ha generado internamente fuerzas de rectificación y de soluciones para nuestros propios problemas.
No se crea que estamos exagerando, porque todos los análisis sobre Panamá que provienen de agencias y de estudiosos extranjeros, son sencillamente alarmantes.
Los remedios superficiales que se ofrecen, ya de fuentes gubernamentales como de agencias privadas, no satisfacen, pero tampoco nos asustan, porque no creemos imposible un encauzamiento que vaya abriendo, aunque ordenada y paulatinamente, horizontes certeros y sendas rectificadoras. Todo reside en las esferas progresistas que puedan perseguir, con la firmeza, con el tesón, con liderazgo suficiente se dispongan a librar la cruzada necesaria, a fin de que el esfuerzo de grupos nacionales emprendedores, muestren el camino que, con abierta conciencia y con el trabajo organizado y persistente, le abran a Panamá las vías de un progreso general que no es imposible, pero que requiere mucho de una dosis de patriotismo indispensable.