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Celia Cruz para siempre


Dijo que moriría cantando y lo hizo, como las grandes. Acababa de estrenar su último disco, “Regalo de amor” cuando sobrevino no su muerte - porque gente como ella no muere - sino su paso a la eternidad de su memoria y legado imperecedero. Quería que la despidieran bailando, como Victorio Vergara que le tocaran “Manizaleña”. Así son los magnos artistas. Se entremezclan a tal grado con su arte que terminan siendo uno solo.
Dice la letra de una popular canción dedicada al célebre pintor Salvador Dalí, que si reencarnara en cosas debía hacerlo en lienzo o en pincel. Igual Celia debiera hacerlo en notas de guaracha para que bailen hasta las palmeras bajo el sol y a la brisa del Caribe que la vio nacer.
La recordamos como una moza de diez y tantos años, delgada como un alfiler y nunca bien agraciada, hasta el punto que la revista Bohemia de los años 50 publicaba graciosas caricaturas exagerando aquella flaquencia y rostro singular de quien desde entonces era adorada más que cualquiler portentosa diva cubana de la época, y de siempre. Lo suyo era la música y pare de contar.
Eran los tiempos del “Yerberito moreno” con su “traigo yerba buena p’la garganta, traigo té limón pa’la hinchazón...también tengo albahaca pa’la gente flaca”...Igual los tiempos de “Bemba colorá”. Y así. Cada canción era una pintura, un recorrido por nuestra raza, cultura e idiosincrasia, con toques del irreverente cristianismo cubano, mezcla de catolicismo y religiones ancestrales africanas con Yemayá y otras deidades paganas alternando igual con la Virgen de la Caridad del Cobre, a la que en su día celebran echándole denso humo de tabaco y danzando alrededor con el frenético ritmo del tambor ancestral.
A lo largo de su carrera mostró una versatilidad y universalidad extraordinarias, no importa su edad. Durante seis décadas fue la reina absoluta de su género, sin asomo de democracia ni qué ocho cuartos. Su potente voz fue su mejor aliada. Cautivaba por igual a todas las generaciones de siempre. En uno de sus últimos éxitos, “La negra tiene tumbao” entremezcla salsa con “rap” con la mayor armonía. En otro, “La vida es un carnaval” suaviza el frenesí de su rumba para conquistar por siempre el mercado sudamericano. Corregimos, en verdad no lo conquista, lo arrasa. Pero, cuando quiso, interpretó con ternura exquisitos boleros, así como sambas y bossa novas brasileños.
Los años pasaban y muchas generaciones envejecían, pero no ella. Parecía eterna. Era la música en la que bebía el elixir de la juventud eterna, no ciertamente en lo físico que, como en sus años mozos, nunca importó, sino su voz, que jamás decayó. Fue en este sentido más afortunada que Sinatra, quien en el ocaso de su vida, en uno de sus últimos conciertos en el Maracaná colmado hasta las torres, apenas era el fantasma de quien veinte años antes todavía era conocido sencillamente como “La voz”. Algo así como “El cantante” de Rubén Blades; para otro inmortal, pero de vida efímera y truncada, Héctor Lavoe. Celia fue otra cosa. Sus energías nunca la abandonaron y su voz fue igual de templada hasta el final.
No abundaremos más en lo que fue la vida artística y la trayectoria de Celia Cruz. Para eso hablarán y escribirán los espacios de todos los medios del mundo.
Nos toca solamente, en esta pequeña columna, rendir homenaje a su memoria y decir gracias por toda la alegría que nos ha dado y la que nos deja aún a través de sus discos a las generaciones de ahora y siempre. Por lo que no nos queda más que gritar: ¡Azúucaar!

101 años de Panamá América

 
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