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Celo profesional entre políticas


Cuando Nicolás Maquiavelo ordenó y dio a la luz pública los primeros ensayos de lo que sería el manual del arte de hacer política partidista -tal vez por las influencias de las moribundas teorías medievales- nunca consideró a las mujeres para protagonizar un forcejeo, en cuanto al poder y la sostenibilidad de éste al costo que fuera, incluyendo la utilización de prácticas inhumanas y bochornosas entre otras bribonadas típicas de los varones de la política so pretexto de ser machos y aptos para tales fines.
Independientemente de eso, las mujeres lograron el derecho a participar, aunque muchos siglos después, en política partidista y su aporte en tantas batallas en pro de los derechos humanos, equidad e igualdad de género, es incuestionable. La mujer se ha convertido en el equilibrio y control en lo que respecta la administración de la cosa pública. Su formación feminista la reviste de cualidades naturales, como lo son organización y transparencia, aspectos que prácticamente han sido prostituidos por los políticos.
Este nuevo siglo se verá influenciado positivamente por la participación de la mujer en los asuntos políticos partidistas y el manejo de la administración pública. Sin embargo, tendrán que hacer algunos correctivos en materia de su comportamiento, especialmente cuando se midan o se refieran a sus congéneres. Al parecer -a diferencia de los hombres- el odio, la diatriba, así como el celo político y profesional les ciega y les trunca la capacidad de dirimir y llegar a reconocer y aceptar que otra está en lo correcto o es superior.
222 El celo profesional es parte de ese flagelo que las está exterminando políticamente y no les permite la convivencia...
El actual gobierno ha sido el que más mujeres ha nombrado en posiciones claves de mando y jurisdicción; porcentaje que supera al número de las que fueron postuladas por los partidos políticos y posteriormente elegidas por el pueblo. No obstante, existen mujeres políticas que esto les parece agridulce y vierten críticas infundadas. Comprendemos a las que están en oposición, cuánto añoran los tiempos de zafra cuando estaban en la papa; pero no por ello tienen que arremeter contra las mujeres que colaboran en los diferentes órganos del Estado, incluyendo a la Presidenta de la República, sin el mínimo escrúpulo de damas con las mismas virtudes y defectos.
El celo profesional es parte de ese flagelo que las está exterminando políticamente y no les permite la convivencia en la oficina, ni en la arena política. Tal vez ese instinto posesivo e intolerante le resta adeptos a esa bien ganada fama de conciliadoras y mediadoras. Algunas creen que porque tienen una galería de certificados y galardones académicos -en muchos casos conseguidos en universidades brujas- subestiman a otras y las envidian cuando alcanzan posiciones de aceptación popular y/o en la administración pública, ya sea por sus méritos políticos, créditos profesionales o por la sumatoria de ambos.
Resulta inconsecuente que ese minúsculo número de femeninas con esas características cursis, enmarcadas en la envidia, adopte estas posturas, cuando nunca ha trabajado y producido nada en beneficio de sus familiares y menos para el país. En su mayoría, son mujeres despechadas, solteronas o arrimadas a viejos verdes quienes las mantienen y les brindan un status de señoras. Pero ese celo se encona aún más cuando pasamos al plano de la belleza femenina, el talento emprendedor y el gusto para el bien lucir. Lo lastimoso de todo este bochinche es cuando lo llevan al escenario de las controversias político-partidistas. Qué pena, cómo echan por la borda todo un remar y conquistas de varias generaciones.
Exhorto a todas las mujeres serias que se agitan y acoplan lo político con lo profesional en beneficio del país, no copiar estas posturas que sólo generan intriga, violencia y la subestima de sí mismas. La patria necesita del concurso de todos y todas, y son ustedes las que mejor perfil profesional presentan en la actualidad y su participación en la política da una pincelada de equidad, propia de sociedades civilizadas.
La simpatía y el caudal político no tienen genero, sólo se logran con hechos y acciones concretas; empezando por la conducta, el respeto y la consideración a los demás. Aún estamos a tiempo de enmendar estos niveles de frustración originados por los celos profesionales enraizados cada vez más en mujeres políticas.

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