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César, el amigo de tantos años


Sucedió por el año 1946 mientras cursaba mi quinto año en el Liceo de Señoritas y soñaba, algún día finalizar mi bachillerato en ciencias, obtener mi primer puesto de honor y viajar a Buenos Aires para iniciar mis estudios de medicina. En el último trimestre nos informaron que el sexto año lo finalizaríamos en el Instituto Nacional por cambios drásticos en el sistema educativo.
Algunas de mis compañeras estaban nerviosas por la presencia de los futuros compañeros; pero para mí era igual porque venía de estudiar tres años en la Normal de Santiago en coeducación. Llegó el primer día de clases y, para nuestra sorpresa, fuimos juntas todas y los muchachos nos esperaban en la escalinata del Instituto para hacernos calle de honor a nuestra entrada. De allí sólo puedo decir que fue el año más hermoso de mi vida estudiantil. Éramos hermanos más que compañeros y la confraternidad nos hizo unirnos para siempre.
Allí estaba César Pereira Burgos, con esos ojos azules y la personalidad más absorbente que puedan imaginar. Aunque él estaba en Letras y yo en Ciencias, hicimos una hermosa amistad para toda la vida. El día que el Rector Moscote nos reunió para decirnos que las estudiantes que veníamos del Liceo no podríamos aspirar a puestos de honor, sentí una rebelión por la injusticia. Quería que me dieran la oportunidad de ganarlo. Pero fue tajante. El único que se levantó a defender nuestra posición fue César porque estaba preparándose para cuando fuera abogado. Habló a nuestro favor, pero fue inútil: pesó más el machismo de las autoridades y perdí mi primer puesto, a cambio de mi experiencia en ese plantel.
Tomamos diferentes rumbos, yo a Buenos Aires, él a Italia. Continuamos comunicación por cartas y nos contábamos nuestras vidas. Fue de esas amistades que perduraron a través de la distancia. Cuando venía de vacaciones y me llamaba, me decía que se notaba que venía de Buenos Aires por la forma culta de hablar y que perdería en unos días.
A través de los años tuvimos miles anécdotas y las recuerdo todas. Cuando Aristides Royo era Presidente nombró a un Ministro que nadie conocía y alguien me dijo que era compañero de escuela del Presidente. Llamé a César y le pregunté cuándo sería Presidente para que me nombrara Ministra y le conté la razón. Le dije que él lo merecía y me prometió que, de llegar a serlo, yo sería su Ministra de Salud.
Tenía esa personalidad de líder y yo lo seguía ciegamente a donde me decía que fuéramos porque lo decía César y así salí a la calle, escondida de mis padres, el 12 de diciembre de 1947, exponiendo nuestra vida, sólo porque él lo decía. Desde joven era una biblioteca andante y, educado en Italia, poseía una cultura extensa que enamoraba a cualquiera e invitaba a escucharlo por horas mientras contaba su vida y la vida de otros seres interesantes, pero como sólo él sabía hacerlo.
Cuando nos invitaba a su finca en Ocú, permanecíamos durante horas conversando de sobremesa del desayuno, mejor dicho, él conversaba y yo lo escuchaba y pensaba que me había quedado atrás. Pero no era eso; era que él andaba muy adelante y yo con los demás. Sincero en su amistad y un anfitrión extraordinario, hace algunos años me invitaba a sus almuerzos los sábados, donde era la única mujer. Y yo disfrutaba intensamente de esas horas europeas, argentinas y panameñas. Admiraba su sentido artístico, culinario, de apreciar un buen vino, no sólo caro sino delicioso.
Recuerdo tanto lo que pasamos juntos, nuestra amistad desinteresada, momentos tristes por la pérdida de amigos comunes y el goce de una buena compañía.
Te has ido cuando más necesitaba tus consejos sobre un programa que tengo del Club Rotario. Nunca me importó tu tendencia de izquierda democrática y siempre defendiste la libertad, porque te comprendía y respetaba. No fue óbice para nuestra amistad. Al contrario.
Me parece mentira que nos hayas dejado; que te hayas adelantado. Ya no almorzaremos juntos y no desayunaremos en pandilla y no disfrutaré de tus charlas. Pero me queda tu ejemplo, tu liderazgo, tu amistad, tu compañerismo y, sobre todo, el entendimiento dentro de un cariño entrañable porque tú estuviste entre mis mejores amigos; de esos que no sólo quise, sino que también me quiso, que es lo difícil. Hoy he querido utilizar mi columna para despedirte y decirte lo que debí hacer antes, pero tú lo sabías.
Te recordaremos todo el tiempo como eras, sincero y extrovertido. Traté de aprender de ti y ahora sólo me queda ponerlo en práctica. Te adelantaste. Cuando estés instalado, me contarás tus experiencias, aunque sea a través de los sueños. "Ciao bambino, un baccio ancora. Arrivederci".
En el artículo No. 8 se faculta a los corregidores para sancionar a las personas que infrinjan las disposiciones establecidas en el mismo, con multas o arresto equivalente, sin que esto los exima de realizar los arreglos (limpieza y pintura) pertinentes.
Mientras que el artículo No. 9, establece que "si aún después de sancionado el propietario, no pinta el inmueble, la Alcaldía, previo informe del corregidor, mandará a pintarlo a costa del propietario, cobrándole por el proceso de cobro coactivo, si fuese necesario, el costo del material y el trabajo, más el doble de la primera multa impuesta" (artículo 1401 del Código Administrativo).
El Decreto 2025 ha sido modificado por el Decreto No. 830 del 11 de febrero de 2000, por medio del cual se eleva la sanción a B/.1, 000 y por el Decreto No. 1144 del 4 de abril de 2000, que eleva la sanción a B/. 5 mil.
Al respecto, Eliécer Barsallo, coordinador de Corregidores del Municipio de Panamá, dijo que "la norma es clara, pues en junio, los propietarios de establecimiento y residencias deben mantener su frente limpio y embellecido". Los corregidores están instruidos para que se cumpla con la norma.
En el sector de Perejil, un multifamiliar evidencia la falta de una mano de pintura y de mantenimiento. Este inmueble es uno de los que deberá ser atendido antes del mes de junio.

101 años de Panamá América

 
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