César Pereira Burgos
EL TIEMPO NO tardará en bosquejar, como se debe, la figura de César Pereira Burgos. El amigo entrañable que ya no estará entre nosotros, nos deja a quienes compartimos su presencia y aprendimos de su inagotable cultura; además del más grande de todos los bienes que es la amistad, las enseñanzas de un hombre que fue todo: deportista, maestro, jurisconsulto, orador, guerrero, escritor, diplomático, político, parlamentario, estadista, agricultor y, sobre todo, un hombre de arraigadas convicciones democráticas cuyo temperamento y personalidad opacaban su profunda formación humanista y su arraigado compromiso con la libertad.
Las páginas de la vida del ciudadano Pereira Burgos fueron un ciclón dónde el accionar político partidista fue solo una de ellas. Sus lecciones de Derecho Romano como catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá, sus escritos, conferencias y análisis sobre nuestra evolución republicana, su fogosa oratoria que, en aulas, auditorios, hemiciclos o en la tertulia amena, acompañado del centellear de sus ojos que lanzaban rayos de saber, impedían que sus palabras cayesen en la indiferencia.
Me correspondió compartir con mi Amigo César a lo largo de estas tres últimas décadas una infinidad de pláticas, conversaciones, discusiones, situaciones, toma de decisiones, ilusiones y frustraciones. Compartimos también el aula, cuando hace veinte años, en plena dictadura, impartió un ciclo de conferencias a mis estudiantes, en su carácter de "asistente ad-honoren", que fue la salida que encontramos para que pudiese volver a la Facultad. Bajo el título de "Libertad y Autoridad" publicábamos poco tiempo después sus eruditas lecciones. Apoyó y defendió como el que más, con sus profundos escritos y con su accionar, la libertad de expresión y, en especial al diario La Prensa cuando la dictadura arremetió contra ella. Recibió como recompensa que en las mismas páginas de dicho diario lo vilipendiaran, injuriaran y calumniaran con una saña propia de la envidia de los huérfanos de intelecto y paladines de la bajocridad.
La crisis de conciencia que ha llevado a nuestra sociedad a remplazar unos valores por otros, conduce a que -desde el golpe de estado del 68- más es lo que se busca denigrar que admirar a figuras nacionales que, como Pereira Burgos, en la aventura de pensar en oscuros caminos que llevan al descubrimiento y planteamiento de verdades, han sabido avanzar a pesar de los riesgos.
La Patria, a la que su padre Don Bonifacio Pereira contribuyó a pergeñar páginas de su historia, pierde a un héroe del pensamiento y de la tolerancia. Lector infatigable hasta los últimos días de su vida de fanático pensamiento republicano, cuyos conocimientos de la historia, del arte, de la política y de los grandes pensadores que nos ha dado la humanidad, no dejaron nunca de ser manantiales potentes que refrescaban a quienes sabían escuchar y querían aprender.
Decidió César partir, después de haber sabido gozar de triunfos y conocer derrotas orquestadas. Nunca lo quiso confesar, pero jamás pudo superar la traición de sus pares que, en la Corte Suprema de Justicia, empuñaron la daga del Ejecutivo que hundieron con saña al aplicarle arbitrariamente la Ley Faúndes. Los mismos que, junto a otros lograrán hipócritamente hacer creer que lamentan su muerte.
Siento darle el doloroso adiós a un Amigo como César y hago mías las palabras de un gran patricio que él supo admirar: "Os váis, dejando a pesar de vuestras luchas a esta mi querida tierra sin fuerza, sin prestigio, escarnecida... Pero... si por lo menos quedaran los renuevos que mañana acometieran la obra de progreso. Pero no. Tampoco. Dejáis una juventud sin entusiasmos, un pueblo sin bríos, sin que haya querido pensar con Ibsen que la aristocracia del futuro será la aristocracia de la energía. No es que dejéis un pueblo sin afectos, sin amor a las ideas, materializado, sin sentimientos, que son a las ideas lo que el vapor a las máquinas. Porque la razón convence, la razón adiestra, la razón enseña, pero son los sentimientos, esos romanticismos que hoy llaman inútiles, los que obran, los que hacen a los pueblos fuertes y libres".
Me inclino con admiración y pesar ante la memoria de quien se preocupó y supo ser un gran amigo de las ideas para cambiar, para progresar, para que sea una alegría poderlo recordar. Hasta luego, César...