Chapucería trasnochada
Cuando el señor que funge de presidente habla para tratar de justificar su manifiesta incompetencia para resolver los cada vez más graves y urgentes problemas del país que, como en el caso del transporte ha pasado de calamidad nacional a caos total, tal pareciera que el infrascrito no se hubiera percatado de que lleva en el poder tres años y siete meses. Y por la virulencia que descarga contra los que justificadamente criticamos su incapacidad, también pareciera que su reloj mental se detuvo y todavía sigue estancado en la época de la campaña electoral.
El pasado domingo, después de que de todas partes, pero principalmente de los sufridos usuarios de transporte público, le cayera un chaparrón de justificadas críticas, el ciudadano presidente "se arregló" una entrevista televisada para hablar de "sus soluciones" al problema. Pero antes de "deslumbrarnos" con "su última revelación", como es su patrón habitual cada vez que se le reclama su fracaso para resolver los problemas que desde la campaña se comprometió a solucionar, la emprendió contra todo el mundo: contra los gobierno anteriores; contra los políticos de todos los pelajes, de quienes dijo que "son como gallotes que solo están a la espera de que surja un problema para entrarle a picotazos"; contra los que han comprado y ponen a circular "buses chatarra"; contra los acaparadores de cupos; y etcétera y más etcétera.
Políticamente hablando, se necesita de mucha desvergüenza para echarle a todos, menos a si mismo, la culpa del desastre nacional en que se ha convertido el transporte público. Los orígenes del problema del transporte están en todas las prebendas y concesiones que la dictadura y su engendro, el PRD, les hicieron a los jerarcas transportistas, que incluyeron el control de rutas, el tráfico de cupos, financiamientos no pagados y condonados y concesiones de combustible, entre otras.
Los militares y el PRD son los creadores del monstruo; ellos lo amamantaron, lo protegieron y lo siguen protegiendo. Y como esa es una realidad indiscutible, es una absoluta falta de respeto a la inteligencia colectiva que ahora, después de haber gobernado por casi cuatro años, en los que solamente hemos escuchado cuentos y largas, mientras humildes panameñas y panameños han perdido la vida en accidentes que nunca debieron ocurrir y cuya causa es principalmente achacable a la desidia, la incapacidad y negligencia gubernamental, el señor Torrijos se lave las manos culpando a otros y caiga en la chapucería trasnochada de hablar, como si todavía estuviera en la campaña electoral, de "estudios y planes de soluciones integrales para el mediano y largo plazo".
Razón tienen los usuarios, que todos los días arriesgan sus vidas en las trampas de muerte en que se han convertido los buses de transporte colectivo para exigir soluciones para hoy y no para mañana. Y al señor Torrijos, después de haber gobernado por casi cuatro años no le queda espacio para excusas y dilaciones. En el tema del transporte como en el de la salud, la educación y la seguridad, su gobierno ha sido un fracaso total. Y como no es por falta de recursos, pues lo hay y en abundancia, ya que el año pasado, según se ha publicado oficialmente, se acumuló un superávit de más de 600 millones, la conclusión es solo una: En Panamá no hay un gobierno sino un desgobierno.