Chávez cuesta abajo
Caracas (AIPE)- El gobierno de Chávez en Venezuela, después de una prolongada "luna de miel" política, ha comenzado a sentir los efectos acumulativos de su incompetencia, sus ideas retrógradas y la vocación autoritaria que lo atraviesa y es incapaz de disimular. Todo amenaza ahora con desmoronarse para el singular caudillo, amigo íntimo de Fidel Castro, que se presenta como adalid de una supuesta "revolución bolivariana" de confusos contornos y oscuras metas.
Al aproximarse a su tercer año en el poder, los problemas de Chávez se multiplican aceleradamente, cada vez más complejos, cada vez más distantes de una posible solución. El primero, el principal para él, es que su popularidad ha descendido notablemente desde las alturas en las que estuvo hasta hace poco: ya ha traspuesto la mágica barrera del 50%, aunque lo más importante no es la cifra, es la tendencia definida que se manifiesta sin ambigüedad en todos los sondeos. El "pueblo" ya no apoya a Chávez y el respaldo que aún posee carece por completo de entusiasmo, del decisivo impulso de la esperanza en el futuro y en las promesas del mandatario.
Pero Chávez -un hombre psicológicamente inestable- ha respondido a esta circunstancia con una volátil mezcla de amenazas y de ofertas que sólo han servido para profundizar el malestar que reina en el país. En solo un rato, durante una de sus kilométricas "cadenas" de televisión, ha conseguido empeorar sus relaciones con los Estados Unidos, con la prensa, con la Iglesia Católica y con varios grupos o personas que hasta entonces lo apoyaban o que, al menos, no se le oponían frontalmente.
La tensión suscitada con los norteamericanos no es trivial: al comparar las acciones en Afganistán con los horrendos actos terroristas de septiembre, Chávez -un hombre que ha visitado a Gadaffi y a Saddam Hussein, y que sin duda está muy próximo a la guerrilla colombiana- se coloca en la equívoca situación de quienes dicen repudiar al terrorismo pero se oponen a toda campaña para contrarrestarlo. Por eso se comprende el visible disgusto de la administración Bush y por eso en Venezuela se han levantado innumerables voces contra las insensatas palabras de una persona que, por ser su presidente, compromete el prestigio y la posición internacional del país.
Esto añade un nuevo elemento a un clima de descontento que se va propagando con velocidad. No es sólo ahora el malestar por el desempleo, las manifestaciones y huelgas que exigen el pago de deudas atrasadas o la catástrofe que han significado para el chavismo las recientes elecciones sindicales; no es sólo la oposición abierta de las figuras que en un momento lo acompañaran, como la del Alcalde de Caracas, Alfredo Peña, al que un régimen intolerante pretende ahora enjuiciarlo por traición a la patria -¡nada menos!- debido a unas declaraciones antiterroristas formuladas hace poco. Es algo peor, peor para el chavismo, pero que por eso mismo alienta la esperanza de quienes deseamos que Venezuela retorne a un régimen de derecho: es un clima de rechazo profundo que ha logrado conmover la apatía y movilizar a amplios sectores sociales, son las personalidades que exigen la renuncia del presidente, es el extendido malestar que se propaga en las fuerzas armadas y que ya no es posible ocultar.
Ante este rápido crecimiento de la oposición, Chávez -como buen demagogo- no encuentra otra salida mejor que la de prometer aumentos salariales insostenibles y dádivas a granel. Pero ello es imposible: Venezuela se encamina hacia una crisis económica de grandes proporciones que impide seguir gastando sin mesura y que, muy probablemente, acabará también con el lamentable interludio de este singular caudillo.
(c)* Corresponsal de la agencia de prensa AIPEwww.aipenet.com
Al aproximarse a su tercer año en el poder, los problemas de Chávez se multiplican aceleradamente, cada vez más complejos, cada vez más distantes de una posible solución. El primero, el principal para él, es que su popularidad ha descendido notablemente desde las alturas en las que estuvo hasta hace poco: ya ha traspuesto la mágica barrera del 50%, aunque lo más importante no es la cifra, es la tendencia definida que se manifiesta sin ambigüedad en todos los sondeos. El "pueblo" ya no apoya a Chávez y el respaldo que aún posee carece por completo de entusiasmo, del decisivo impulso de la esperanza en el futuro y en las promesas del mandatario.
Pero Chávez -un hombre psicológicamente inestable- ha respondido a esta circunstancia con una volátil mezcla de amenazas y de ofertas que sólo han servido para profundizar el malestar que reina en el país. En solo un rato, durante una de sus kilométricas "cadenas" de televisión, ha conseguido empeorar sus relaciones con los Estados Unidos, con la prensa, con la Iglesia Católica y con varios grupos o personas que hasta entonces lo apoyaban o que, al menos, no se le oponían frontalmente.
La tensión suscitada con los norteamericanos no es trivial: al comparar las acciones en Afganistán con los horrendos actos terroristas de septiembre, Chávez -un hombre que ha visitado a Gadaffi y a Saddam Hussein, y que sin duda está muy próximo a la guerrilla colombiana- se coloca en la equívoca situación de quienes dicen repudiar al terrorismo pero se oponen a toda campaña para contrarrestarlo. Por eso se comprende el visible disgusto de la administración Bush y por eso en Venezuela se han levantado innumerables voces contra las insensatas palabras de una persona que, por ser su presidente, compromete el prestigio y la posición internacional del país.
Esto añade un nuevo elemento a un clima de descontento que se va propagando con velocidad. No es sólo ahora el malestar por el desempleo, las manifestaciones y huelgas que exigen el pago de deudas atrasadas o la catástrofe que han significado para el chavismo las recientes elecciones sindicales; no es sólo la oposición abierta de las figuras que en un momento lo acompañaran, como la del Alcalde de Caracas, Alfredo Peña, al que un régimen intolerante pretende ahora enjuiciarlo por traición a la patria -¡nada menos!- debido a unas declaraciones antiterroristas formuladas hace poco. Es algo peor, peor para el chavismo, pero que por eso mismo alienta la esperanza de quienes deseamos que Venezuela retorne a un régimen de derecho: es un clima de rechazo profundo que ha logrado conmover la apatía y movilizar a amplios sectores sociales, son las personalidades que exigen la renuncia del presidente, es el extendido malestar que se propaga en las fuerzas armadas y que ya no es posible ocultar.
Ante este rápido crecimiento de la oposición, Chávez -como buen demagogo- no encuentra otra salida mejor que la de prometer aumentos salariales insostenibles y dádivas a granel. Pero ello es imposible: Venezuela se encamina hacia una crisis económica de grandes proporciones que impide seguir gastando sin mesura y que, muy probablemente, acabará también con el lamentable interludio de este singular caudillo.
(c)* Corresponsal de la agencia de prensa AIPEwww.aipenet.com