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Chávez: la casa pierde y se ríe...


"Todos los gobiernos caen por la exageración de sus principios". Aristóteles. " Gobierna mejor quien gobierna menos". Lao Tse. Nadie podrá regatearle a Hugo Chávez su juridicidad formal, su popularidad, ni el respaldo de las armas mayoritarias.
No obstante, nadie podrá discutirle tampoco poseer el mayor odio concentrado de los últimos cincuenta años en Venezuela. Por tanto, su pronóstico de gobernar, como el acto de mantenerse en el poder con la ayuda de su porción de pueblo y de armas, lo tiene asegurado. Otra cosa su gobernabilidad general, estable, su capacidad social y económica de gobierno; esto es sumamente precario, y veamos las razones que observo para esta tesis: los aproximadamente 24 millones de habitantes deben respaldar ahora probablemente en un tercio la gestión y el retorno espectacular de Chávez, luego del golpe militar de 36 horas, es decir, dos tercios aproximadamente no sólo lo adversan, tan normal en las diferencias políticas, sino que lo odian. Nuestro hermano país está polarizado sin remedio, no hay indiferentes; los venezolanos aman y admiran a su presidente militar constitucional, o por otra parte lo aborrecen.
Tal situación en un país de una economía monodependiente del crudo es altamente explosiva a plazo medio corto. Cuando la aureola del retorno se desvanezca, cuando las historias y simbolismos contados de café en café por propios y opuestos vayan decantándose en unos pocos meses, y el espectro del desempleo, el hambre, la inseguridad rampante, la corrupción de los cuerpos policiales, la coima institucionalizada, en el dicho popular el "¿cuánto hay pa"eso?", aprieten a la sociedad, le dejen al desnudo que el petróleo no alcanza para todos, y hace falta capital masivo para reactivar el aparato productivo, en un país que hace décadas abandonó el campo, cerró su industria, además de colapsar la oposición organizada tradicional en sus dos partidos caducos y envilecidos por los saqueos al erario, con la complicidad de los banqueros que arrasaron las bóvedas y huyeron a Estados Unidos y Europa; cuando toda la historia rosada y épica del retorno del presidente de la cárcel al poder pasen al subconsciente, la mente venezolana enfocará otra vez su atención en su propia suerte. Entonces encontrará nuevamente la desesperanza, el aislamiento del sistema capitalista, brutal y sin remedio, pero el único que rige en estos momentos la economía mundial. Podemos estar en contra de ese capitalismo, como en efecto lo estamos, pero no podemos en oposición avalar el sistema socialista cubano, por ejemplo, donde bien sabemos que hay también una enorme brecha entre el alto funcionariado, la élite del partido, y el pueblo que come frijoles con arroz, y otras veces arroz con frijoles, con la ñapa del ron. Los modelos de Suecia y otros países nórdicos-eslavos, nos parecen personalmente más justos, sino perfectos o ideales; al menos en ellos, con los menores índices mundiales de corrupción, un estado fuerte distribuye la riqueza y el ingreso, por medio de servicios eficientes, protección social tutelada, sin eliminar las iniciativas capitalistas, pero en el marco de un arbitraje más decisivo del Estado. Pero eso no es lo que está planteado en Venezuela, ni en nuestros países. La globalización capitalista significa que una o dos generaciones se "sacrifiquen" para que sus nietos tengan mejor suerte. Pero el aumento del capital en manos de pocos y la cifra progresiva de pobres y miserables, dan cuenta de que ese sistema, al igual que la economía marxista-leninista (que a veces pareciera gustarle a Chávez) han fracasado aparatosamente. El "socialismo" que los discípulos de Jesús fomentaron, "vendiendo sus bienes los que lo tenían para distribuir el producto con sus hermanos y fraternizar su pan y ofrecer limosnas a las viudas", conllevaba otros principios de igualdad y hermandad que están lejos del corazón de nosotros los occidentales, ansiosos del status y el poder.
Chávez perdió por algo más de un día; hoy se ríe, como la mesa del casino de juego. El problema no es sólo permanecer en el poder, es gobernar, y gobernar con el aplauso de un tercio y el odio de la mayoría no es tarea fácil ni grata.

101 años de Panamá América

 
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