Chávez: navegando con suerte
Chávez ha sido más temerario. Llegó al poder virtualmente aplastando a todas las fuerzas políticas tradicionales de su país. Para hacerlo, no esgrimió más credenciales que la de haber sido un coronel golpista que encabezó una frustrada y sangrienta rebelión militar contra el gobierno democráticamente electo de la época que presidía Carlos Andrés Pérez. Y aunque todos los involucrados en la asonada terminaron en la cárcel o exiliados, Chávez pudo retornar al país, despedido de su trabajo de militar, para iniciar con éxito una nueva carrera, la de político, en la que ha sido más exitoso.
Una vez encaramado en el poder, logró instalar con votos una constituyente en la que los suyos tuvieron amplia mayoría. El organismo asumió plenos poderes y destituyó a todo el mundo, incluyendo a Chávez, quien nuevamente se sometió al escrutinio popular, resultando reiterado en el cargo. Y en varias otras ocasiones acudió a las urnas para volver a aplastar a sus opositores políticos en cuanta iniciativa controvertida tuviera tropiezos mayores. Al final de cuentas, llegó hasta cambiar el nombre del país, a su actual República Bolivariana de Venezuela.
Simultáneamente, llevó adelante un arriesgado coqueteo con las izquierdas, incluyendo a las guerrillas de su vecina Colombia y al presidente cubano Fidel Castro, lo cual le ganó la animadversión de Washington. Sólo la dependencia norteamericana del petróleo, del que Venezuela es de sus principales proveedores, lo ha salvado de males mayores.
Encabezó y consiguió que los países petroleros bajo la OPEP, iniciaran una escalada alcista de los precios del crudo, que los ha llevado a niveles que no se conocían en años, lo cual ha inflado las arcas de los productores y abonado a la recesión y pobreza del resto del mundo. Pero aun dentro de ese movimiento, se las arregló para figurar como moderado al lado de México y Arabia Saudita, con lo cual ganó puntos con la potencia norteña.
Su aventura como protector del siniestro asesor de seguridad peruano, Vladimiro Montesinos, fue desafortunada. Al final, trató de curar con la extradición del personaje al nuevo gobierno democrático de Perú, el haberle brindado refugio; pero fue desenmascarado. Con todo y eso, al final tuvo suerte, porque hizo las pases inmediatamente con su nuevo colega, Alejandro Toledo, y hasta viajó -cara dura- a su toma de posesión donde firmó un rimbombante documento de unidad "bolivariana".
La semana pasada festejó en Caracas el cumpleaños número 75 de Fidel Castro. La patronal debió haber agriado el almuerzo al recién estrenado presidente estadounidense George Bush. Pero antes que algo malo le ocurriera, Chávez se adelantó a ofrecer a Estados Unidos alivio para su crónico problema energético, aumentando sustancialmente su producción y oferta de petróleo. Como resultado, ningún comentario en contrario salió de Washington respecto al insólito carnaval de cumpleaños ofrecido a Castro.
Y mientras el resto del mundo se agobia por la desaceleración económica, Chávez disfruta de abundancia de dinero para su paternalismo, gracias a los altos precios del petróleo, no importa su divorcio del sector capitalista de su país y la repercusión que conlleva sobre el resto de la población. Pocos gobernantes pueden permitirse tanta torpeza, apostando a que la suerte cargará siempre las cosas a su favor.
Una vez encaramado en el poder, logró instalar con votos una constituyente en la que los suyos tuvieron amplia mayoría. El organismo asumió plenos poderes y destituyó a todo el mundo, incluyendo a Chávez, quien nuevamente se sometió al escrutinio popular, resultando reiterado en el cargo. Y en varias otras ocasiones acudió a las urnas para volver a aplastar a sus opositores políticos en cuanta iniciativa controvertida tuviera tropiezos mayores. Al final de cuentas, llegó hasta cambiar el nombre del país, a su actual República Bolivariana de Venezuela.
Simultáneamente, llevó adelante un arriesgado coqueteo con las izquierdas, incluyendo a las guerrillas de su vecina Colombia y al presidente cubano Fidel Castro, lo cual le ganó la animadversión de Washington. Sólo la dependencia norteamericana del petróleo, del que Venezuela es de sus principales proveedores, lo ha salvado de males mayores.
Encabezó y consiguió que los países petroleros bajo la OPEP, iniciaran una escalada alcista de los precios del crudo, que los ha llevado a niveles que no se conocían en años, lo cual ha inflado las arcas de los productores y abonado a la recesión y pobreza del resto del mundo. Pero aun dentro de ese movimiento, se las arregló para figurar como moderado al lado de México y Arabia Saudita, con lo cual ganó puntos con la potencia norteña.
Su aventura como protector del siniestro asesor de seguridad peruano, Vladimiro Montesinos, fue desafortunada. Al final, trató de curar con la extradición del personaje al nuevo gobierno democrático de Perú, el haberle brindado refugio; pero fue desenmascarado. Con todo y eso, al final tuvo suerte, porque hizo las pases inmediatamente con su nuevo colega, Alejandro Toledo, y hasta viajó -cara dura- a su toma de posesión donde firmó un rimbombante documento de unidad "bolivariana".
La semana pasada festejó en Caracas el cumpleaños número 75 de Fidel Castro. La patronal debió haber agriado el almuerzo al recién estrenado presidente estadounidense George Bush. Pero antes que algo malo le ocurriera, Chávez se adelantó a ofrecer a Estados Unidos alivio para su crónico problema energético, aumentando sustancialmente su producción y oferta de petróleo. Como resultado, ningún comentario en contrario salió de Washington respecto al insólito carnaval de cumpleaños ofrecido a Castro.
Y mientras el resto del mundo se agobia por la desaceleración económica, Chávez disfruta de abundancia de dinero para su paternalismo, gracias a los altos precios del petróleo, no importa su divorcio del sector capitalista de su país y la repercusión que conlleva sobre el resto de la población. Pocos gobernantes pueden permitirse tanta torpeza, apostando a que la suerte cargará siempre las cosas a su favor.