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Chávez, oda a la insensatez


Pese a los avances significativos de la oposición venezolana, el presidente Hugo Chávez habla de su posible reelección. No ha esperado siquiera que sean sus propias bases las que toquen el tema o lo lancen a la nueva aventura. Previsor, por si sus huestes lo olvidan, parece haber entrado en campaña tan pronto cerró la última urna en las pasadas elecciones regionales.

Navegante de marchas y concentraciones, el mandatario venezolano pareciera haber sumergido al hermano país en una de las partituras de Trostky sobre la revolución permanente. No termina una jornada cuando comienza la otra. Nota descollante, sin embargo, la movilidad de Chávez podría estar ocultando las grietas evidenciadas en su piso de apoyo popular durante la última ronda electoral de gobernadores.

Pero él no parece darse cuenta de cierto agotamiento en sus filas y, cual combatiente en campaña, hunde sus espuelas en el pecho del Estado venezolano para que siga corriendo sin parar, y detener a esa oposición que comienza a pisarle los talones. Claro, para él no importa que los venezolanos estén cansados, que muchos hayan abandonado el país y que la economía lance cifras desalentadoras. No, eso no importa, y menos que el Estado, en carrera imparable, termine por desbocarse. Total, los Estados como los caballos nacieron para seguir el paso que les imprima su jinete; y en el caso venezolano, Chávez se siente jinete eterno, aunque sólo le quede un estribo y la silla se le haya ido de lado.

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