Chávez y Correa
Cuando el presidente dominicano Leonel Fernández aprovechó un escenario (la reunión de presidentes) que no se podía rechazar, so pena de pecar de grosero o por lo menos de poco diplomático y exhorto a Correa, de Ecuador; y Chávez, de Venezuela, a que cruzaran apretones de manos en gesto de reconciliación con Uribe, se hizo visible la mirada triunfalista del colombiano, contrastando con aquélla llena de hostilidad y odio del ecuatoriano. El venezolano, por su parte, inició su metamorfosis, dejando al mundo perplejo al sufrir su habitual discurso un viraje que, a medida que pasaban los días, profundizó más su nueva concepción del mundo; hasta su tono de voz varió.
Pero si inicialmente causaron sorpresa sus declaraciones, lo que a continuación siguió en los días subsiguientes provocó estupor. Palabras más, palabras menos dijo: "Había que liberar a todos los prisioneros de la guerrilla". "El comando de la guerrilla debería deponer las armas". "La guerrilla debería entrar a la arena del activismo político". "La paz y la armonía entre los diversos países, especialmente los limítrofes".
¿A qué se deben esos cambios de estrategia, de discurso y de adversarios? Creo que la respuesta está en Rafael Reyes, en su muerte y en sus computadoras. Esto, matizado por los anuncios de Uribe en el sentido de que tenía efectos probatorios de complicidad de la guerrilla con Ecuador y Venezuela. Aunque mutuamente culpables, según Uribe, el venezolano, contradiciendo su propia tradición ha actuado con prudencia y hasta cierto grado de cordialidad renunciando a las acusaciones, con las que inicialmente intentó pasar "agachado". Mientras que el ecuatoriano no ha abandonado su hostilidad.
Uribe, por su parte, ha jugado sus fichas con gran sentido del cálculo, incluso, apelando al criterio de organismos internacionales; pero con el batalle táctico de no dar a conocer los fallos que se han emitido. Un añejo axioma ajedrecístico postula que "Más vale la amenaza, que la realización de la misma".