Chávez y el drama venezolano
*
Colaborador
Caracas (AIPE)- Venezuela vive un drama que puede resumirse en pocas palabras: Hugo Chávez quiere hacer una revolución de izquierda en tiempos en que éstas han pasado de moda y no corresponden a las aspiraciones de la gente. Ciertamente, Chávez fue electo con gran respaldo y todavía mantiene apoyo sustancial entre los sectores populares. No obstante, lo que el presidente venezolano se niega a admitir es que su elección por parte del pueblo no buscaba una revolución, sino sencillamente un buen gobierno, eficaz, honesto, gerencialmente competente y ajeno a las corruptelas de sus antecesores que tanto daño hicieron. Pero Chávez se empeña en nadar contra la corriente, en asumir al Che Guevara como ícono y símbolo del futuro, en aliarse con el naufragio castrista en Cuba y resucitar las consignas antiimperialistas de los tiempos de la guerra en Vietnam y la "revolución cultural" maoísta, en asociarse a los enemigos de la globalización, el libre mercado y la democracia representativa, y todo ello para ofrecer como alternativa una versión recalentada del fracasado mito socialista.
¿Cuál es el resultado de todo esto? Pues una existencia política esquizofrénica y un triste panorama para un país que se cifró enormes esperanzas en el liderazgo del militar golpista, ilusiones que se están desvaneciendo día a día en medio de un creciente escepticismo y una inocultable perplejidad. Lo interesante del proceso es que pone de manifiesto de manera muy clara cuánto ha cambiado el mundo desde el colapso soviético, la caída del muro berlinés y el derrumbe ideológico comunista. A pesar de todos sus esfuerzos, la llamada "revolución bolivariana" es cualquier cosa menos eso: una revolución. Sin duda, Chávez amenaza, habla incesantemente, insulta a sus adversarios y provoca de modo sistemático a Washington; pero a la hora de la verdad, todo se queda en palabras. Entretanto, Venezuela se hunde en la parálisis económica, el empobrecimiento generalizado, la apatía popular y la deserción de una clase media que no sólo le ha dado las espaldas por completo al régimen, sino que empieza a huir de un país que pareciera una nave perdida en el océano, sin timonel y con una tripulación demencialmente inepta.
Desde la llegada de Chávez a la presidencia y hasta el presente, a la tesorería venezolana han ingresado más de 50.000 millones de dólares por exportaciones petroleras solamente; a pesar de ello, la economía no sale de una pesada y dolorosa recesión. Por primera vez en la historia del país, los precios petroleros suben y la economía se estanca. ¿La razón? No existe confianza alguna en un régimen y un líder que un día proclama en Teherán su decisión de "luchar contra el imperialismo" en unión de los ayatolas y al día siguiente anuncia que va a crear una organización para ayudar a Washington a resolver su crisis energética; un caudillo que un día afirma que el denominado "plan Colombia" es un peligro para la región y una trampa yanqui y al día siguiente declara que está dispuesto a prestarle todo su apoyo; un gobernante que un día solicita a los inversionistas venir con su dinero a Venezuela y al día siguiente amenaza con sancionar una "ley de tierras", destinada a desposeer a los dueños de fincas por sus prácticas "oligárquicas".
Semejante esquizofrenia tiene necesariamente que generar temor y desconfianza. Pero, insisto, no se trata que Chávez sea capaz de repetir en Venezuela el modelo castrista; sencillamente, no lo logrará, pues las condiciones internas (el apego a la democracia y la libertad de los venezolanos), y externas (las limitaciones que impone el nuevo contexto regional y mundial) no se lo permitirán. No obstante, el terco empeño de un dirigente mesiánico, imbuido de un romanticismo revolucionario tan anacrónico como destructivo, está hiriendo de gravedad la economía y la sociedad venezolanas, dañando gravemente, de paso, las instituciones políticas, que se han convertido en meros apéndices de un mando crecientemente unipersonal y autoritario.
El drama venezolano sigue su curso. Chávez no hace su revolución, pero en el proceso de intentarlo está
acabando con las enormes potencialidades de recuperación y avance de un país ahora sumido en la incertidumbre
y postrado en medio de la asfixia de sus sectores productivos. Ni inversión, ni crecimiento, ni progreso para
las grandes mayorías, que poco a poco empiezan a caer en cuenta de su error al sucumbir bajo el atractivo
demagógico de un caudillo militar que representa un inequívoco retroceso para Venezuela y en todo el ámbito
latinoamericano, un populista con ambiciones desbordadas que nos hace regresar a etapas que se creían ya
superadas. Es un drama patético, que muy probablemente no tendrá "solución", sino "desenlace".
(c)* Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar. www.aipenet.com
Colaborador
Caracas (AIPE)- Venezuela vive un drama que puede resumirse en pocas palabras: Hugo Chávez quiere hacer una revolución de izquierda en tiempos en que éstas han pasado de moda y no corresponden a las aspiraciones de la gente. Ciertamente, Chávez fue electo con gran respaldo y todavía mantiene apoyo sustancial entre los sectores populares. No obstante, lo que el presidente venezolano se niega a admitir es que su elección por parte del pueblo no buscaba una revolución, sino sencillamente un buen gobierno, eficaz, honesto, gerencialmente competente y ajeno a las corruptelas de sus antecesores que tanto daño hicieron. Pero Chávez se empeña en nadar contra la corriente, en asumir al Che Guevara como ícono y símbolo del futuro, en aliarse con el naufragio castrista en Cuba y resucitar las consignas antiimperialistas de los tiempos de la guerra en Vietnam y la "revolución cultural" maoísta, en asociarse a los enemigos de la globalización, el libre mercado y la democracia representativa, y todo ello para ofrecer como alternativa una versión recalentada del fracasado mito socialista.
¿Cuál es el resultado de todo esto? Pues una existencia política esquizofrénica y un triste panorama para un país que se cifró enormes esperanzas en el liderazgo del militar golpista, ilusiones que se están desvaneciendo día a día en medio de un creciente escepticismo y una inocultable perplejidad. Lo interesante del proceso es que pone de manifiesto de manera muy clara cuánto ha cambiado el mundo desde el colapso soviético, la caída del muro berlinés y el derrumbe ideológico comunista. A pesar de todos sus esfuerzos, la llamada "revolución bolivariana" es cualquier cosa menos eso: una revolución. Sin duda, Chávez amenaza, habla incesantemente, insulta a sus adversarios y provoca de modo sistemático a Washington; pero a la hora de la verdad, todo se queda en palabras. Entretanto, Venezuela se hunde en la parálisis económica, el empobrecimiento generalizado, la apatía popular y la deserción de una clase media que no sólo le ha dado las espaldas por completo al régimen, sino que empieza a huir de un país que pareciera una nave perdida en el océano, sin timonel y con una tripulación demencialmente inepta.
Desde la llegada de Chávez a la presidencia y hasta el presente, a la tesorería venezolana han ingresado más de 50.000 millones de dólares por exportaciones petroleras solamente; a pesar de ello, la economía no sale de una pesada y dolorosa recesión. Por primera vez en la historia del país, los precios petroleros suben y la economía se estanca. ¿La razón? No existe confianza alguna en un régimen y un líder que un día proclama en Teherán su decisión de "luchar contra el imperialismo" en unión de los ayatolas y al día siguiente anuncia que va a crear una organización para ayudar a Washington a resolver su crisis energética; un caudillo que un día afirma que el denominado "plan Colombia" es un peligro para la región y una trampa yanqui y al día siguiente declara que está dispuesto a prestarle todo su apoyo; un gobernante que un día solicita a los inversionistas venir con su dinero a Venezuela y al día siguiente amenaza con sancionar una "ley de tierras", destinada a desposeer a los dueños de fincas por sus prácticas "oligárquicas".
Semejante esquizofrenia tiene necesariamente que generar temor y desconfianza. Pero, insisto, no se trata que Chávez sea capaz de repetir en Venezuela el modelo castrista; sencillamente, no lo logrará, pues las condiciones internas (el apego a la democracia y la libertad de los venezolanos), y externas (las limitaciones que impone el nuevo contexto regional y mundial) no se lo permitirán. No obstante, el terco empeño de un dirigente mesiánico, imbuido de un romanticismo revolucionario tan anacrónico como destructivo, está hiriendo de gravedad la economía y la sociedad venezolanas, dañando gravemente, de paso, las instituciones políticas, que se han convertido en meros apéndices de un mando crecientemente unipersonal y autoritario.
El drama venezolano sigue su curso. Chávez no hace su revolución, pero en el proceso de intentarlo está
acabando con las enormes potencialidades de recuperación y avance de un país ahora sumido en la incertidumbre
y postrado en medio de la asfixia de sus sectores productivos. Ni inversión, ni crecimiento, ni progreso para
las grandes mayorías, que poco a poco empiezan a caer en cuenta de su error al sucumbir bajo el atractivo
demagógico de un caudillo militar que representa un inequívoco retroceso para Venezuela y en todo el ámbito
latinoamericano, un populista con ambiciones desbordadas que nos hace regresar a etapas que se creían ya
superadas. Es un drama patético, que muy probablemente no tendrá "solución", sino "desenlace".
(c)* Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar. www.aipenet.com