Chile: importar soberanía y dignidad
Decano de economía de la Universidad Finis Terrae
Santiago de Chile/AIPE. Experimento una sensación como la que deben tener las doncellas cuando pierden la virginidad. Nunca he sido nacionalista ni algo parecido, y cuando escuchaba la palabra soberanía, no me emocionaba particularmente. Pues bien, ahora, con la prisión de Pinochet en el extranjero, sin juicio y sin condena, entiendo más de qué se trata.
Creo que me habría ocurrido lo mismo si se tratara de Allende.
Tampoco me he preocupado mucho de los temas limítrofes, pero cuando el presidente Aylwin sostuvo que unos pedazos de tierra más o menos daban lo mismo, me ocurrió algo similar, a pesar de no ser doncella. Es muy distinto de lo que sentí cuando el militarismo argentino casi nos llevó a una absurda guerra, que Pinochet evitó. Su serena reacción nos ahorró miles de muertos. Ahora, con los Campos de Hielo y lo que falta sobre el tema, vuelvo a sentir una cosa extraña.
El peregrinaje del gobierno de la Concertación en procura de acuerdos comerciales, poco útiles, discriminatorios y favorecedores de los grupos de interés económicos, también me dio cosa o, si se prefiere, un poco de vergüenza. ¿No es más lógico y conveniente abrirse a todo el mundo? ¿Para qué andar chupando medias de manera hasta indigna, y pasar planchas como el ingreso al Tratado de Libre Comercio (NAFTA) que no fue?
Basta que aparezca un acuerdo internacional, como el de la OIT, que quiere empobrecer más a los pobres al limitar el trabajo infantil, para que corramos a suscribirlo. Firmamos cualquier cosa. Somos al portador. Es la reinserción internacional para un país que, en su tiempo, fue capaz de insertarse por su cuenta con el arancel bajo y parejo.
Ahora la ley indígena, que los considera como menores de edad, nos va a crear un Kosovo criollo. Como dice mi amigo Pablo Baraona, en 30 años más vamos a tener que explicarles a los burócratas internacionales que La Araucanía es parte de Chile y que siempre lo fue. En una de esas nos mandan misiles y nos invaden para evitar el genocidio que aún no se ve, pero que si siguen gobernando los mismos, ocurrirá. Y dirán que es culpa de Pinochet, que obtuvo un apoyo de los indios mapuches superior al 60 por ciento en su oportunidad.
Somos una republiqueta, pero quizás con el proceso de "globalización" podremos importar algo de dignidad, inteligencia y soberanía. Nuestra ventaja comparativa o, más bien, la de la Concertación, no está en ese campo. Si seguimos por este camino terminaremos por rifar lo que quede. O hacer convenios comerciales para intercambiar soberanía. A lo mejor es más fácil esperar el cambio de gobernantes a fines de año.
Santiago de Chile/AIPE. Experimento una sensación como la que deben tener las doncellas cuando pierden la virginidad. Nunca he sido nacionalista ni algo parecido, y cuando escuchaba la palabra soberanía, no me emocionaba particularmente. Pues bien, ahora, con la prisión de Pinochet en el extranjero, sin juicio y sin condena, entiendo más de qué se trata.
Creo que me habría ocurrido lo mismo si se tratara de Allende.
Tampoco me he preocupado mucho de los temas limítrofes, pero cuando el presidente Aylwin sostuvo que unos pedazos de tierra más o menos daban lo mismo, me ocurrió algo similar, a pesar de no ser doncella. Es muy distinto de lo que sentí cuando el militarismo argentino casi nos llevó a una absurda guerra, que Pinochet evitó. Su serena reacción nos ahorró miles de muertos. Ahora, con los Campos de Hielo y lo que falta sobre el tema, vuelvo a sentir una cosa extraña.
El peregrinaje del gobierno de la Concertación en procura de acuerdos comerciales, poco útiles, discriminatorios y favorecedores de los grupos de interés económicos, también me dio cosa o, si se prefiere, un poco de vergüenza. ¿No es más lógico y conveniente abrirse a todo el mundo? ¿Para qué andar chupando medias de manera hasta indigna, y pasar planchas como el ingreso al Tratado de Libre Comercio (NAFTA) que no fue?
Basta que aparezca un acuerdo internacional, como el de la OIT, que quiere empobrecer más a los pobres al limitar el trabajo infantil, para que corramos a suscribirlo. Firmamos cualquier cosa. Somos al portador. Es la reinserción internacional para un país que, en su tiempo, fue capaz de insertarse por su cuenta con el arancel bajo y parejo.
Ahora la ley indígena, que los considera como menores de edad, nos va a crear un Kosovo criollo. Como dice mi amigo Pablo Baraona, en 30 años más vamos a tener que explicarles a los burócratas internacionales que La Araucanía es parte de Chile y que siempre lo fue. En una de esas nos mandan misiles y nos invaden para evitar el genocidio que aún no se ve, pero que si siguen gobernando los mismos, ocurrirá. Y dirán que es culpa de Pinochet, que obtuvo un apoyo de los indios mapuches superior al 60 por ciento en su oportunidad.
Somos una republiqueta, pero quizás con el proceso de "globalización" podremos importar algo de dignidad, inteligencia y soberanía. Nuestra ventaja comparativa o, más bien, la de la Concertación, no está en ese campo. Si seguimos por este camino terminaremos por rifar lo que quede. O hacer convenios comerciales para intercambiar soberanía. A lo mejor es más fácil esperar el cambio de gobernantes a fines de año.