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Chile: la hora del Big Ben


Cuando una sociedad gatilla sobre el silencio de su propia memoria, lo hace contra su alma y pone en la agenda del olvido un futuro que le llega a tientas como al ciego que busca una aguja en el pajar.
La sociedad que desenfunda su espada ante el leve aleteo de una mariposa o que enfila sus cañoneras al más mínimo rumor de las olas, está destinada a volar con alas rotas, a morderse la cola y a dormir entre fantasmas.
La sociedad que permite que se le imponga indefinidamente la ley del embudo, que se mantenga ante sí y porque sí una Constitución empotrada en el ciego sable de la intolerancia vitalicia, más que llegar a puerto seguro, siempre convivirá con la sensación que produce la pesada ancla o el vértigo del naufragio.
Las Fuerzas Armadas, que en los albores del siglo XXI deliberan desde el frío gris de sus uniformes, ignorando que sus deberes son la frontera de sus derechos, gatillan contra el alma de su propia gente, una y otra vez, como si la historia hubiese perdido la memoria en el cine mudo de principio de siglo.
La historia no siempre es la loca de la casa que vaga sin rumbo, sin ton, ni son, víctima de la amnesia, ajena a sus actos y dueña de un espectáculo grotesco, olvidado en el desván de sus miserias o en el jardín marchito de la intolerancia de la canalla dorada: avara por ambición, tradición y doctrina.
El mundo está pendiente del Big Ben de Londres, la hora del meridiano de Greenwich, del planeta tierra y de Chile, en el cronómetro preciso de los Derechos Humanos, en el siglo del holocausto, que podría despedirse con una buena señal, que sólo la justicia y la reparación pueden llevarnos en este minuto a puerto seguro en el tercer milenio.
Somos testigos de un cambio, cronistas de nuestro tiempo, y no podemos jugar a la avestruz con nuestras propias responsabilidades, o a la gallinita ciega en medio del bosque de la indiferencia y aquí no ha pasado nada, colorín colorado, este cuento se ha acabado.
El sordo silencio pesa tanto como los ataúdes y las víctimas que la primavera sureña enterró, no para el olvido hace un cuarto de siglo, sino para vergüenza del verdugo, cuya inmunidad es una inmunda inmundicia convertida en la razón de su defensa indefendible.
El senador vitalicio chileno, general Augusto Pinochet Ugarte, está preso en Londres desde el 16 de octubre pasado y su caso ha tomado caminos insospechados, inéditos en la propia justicia británica.
A pesar del vaticinio que hace Amnistía Internacional como parte acusadora de que será encausado, nada es seguro en el juicio que se le sigue por genocidio, tortura y haber participado en una conspiración para ordenar desapariciones, llevar a cabo secuestros y cometer actos de tortura, delitos tipificados en la legislación británica.
Mañana no podremos decir con satisfacción, tantas toneladas de información, para nada/ tantos delitos, para nada/ tantas violaciones, para nada/porque la fría nieve de Londres habrá caído para siempre en nuestras conciencias, congelándonos cualquier asomo de vergüenza y dignidad.
Es la hora del Big Ben, de la campanada de la conciencia, del reloj de la justicia, inmóvil y mohoso, paralizado 25 largos años en el minuto fatal de la impunidad y de las torrrentosas aguas de la indiferencia e impotencia colectiva.
Se acercan las horas cruciales y el gobierno de Chile, que es parte interventora del juicio al general retirado Augusto Pinochet Ugarte, cuestiona el pedido de extradición del militar retirado por parte del juez español Baltasar Garzón , porque lo "considera una violación a la soberanía chilena".
Chile abandonó la tesis que el actual senador vitalicio y ex dictador goza de inmunidad en su carácter de ex presidente de Chile, argumento que ha quedado en manos de sus abogados ingleses, creándose una defensa paralela, porque, como dijo el embajador chileno en funciones en Londres: " el general debe volver a Chile a ver si es posible juzgarlo allí".
"Chile no pretende ser escudo personal de Pinochet, sino defender su soberanía nacional", han sostenido sus autoridades, en una situación difícil, compleja e inédita en las relaciones internacionales de ese país suramericano en lo que va de su historia como república.
En el gran telón de fondo de este juicio a Pinochet, están las víctimas, el nuevo orden jurídico mundial que se pretende establecer en materia de violación de los Derechos Humanos por parte de gobiernos a partir de este caso y la transición chilena, que cumple una década en el más formidable statu quo jurídico que haya tejido una dictadura en el presente siglo.
Ricardo Lagos, economista y abogado, precandidato a la presidencia de Chile, sostuvo al lanzar su campaña en las primarias el pasado 5 de enero en Montegrande, norte de Chile, que la actual situación es producto de una transición incompleta y de los derechos humanos que se violaron.
La juventud que lo apoya en el norte, lanzó las consignas de ganarle con el voto de los torturadores, censuradores y tiranosaurios.
"Yo pido que Pinochet regrese porque entiendo que vamos a generar las condiciones para que pueda ser juzgado en Chile", sostuvo Lagos, quien advirtió que a su candidatura se le quiere armas una campaña de terror por parte de la derecha.

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