Chile y la crisis asiática
Los roles se están invirtiendo. Hasta hace poco el modelo económico de los tigres asiáticos era enarbolado como un ejemplo de desarrollo que debíamos seguir a pie juntillas los latinoamericanos. Sin embargo, cada vez se oyen en Asia voces muy firmes en recomendar fórmulas políticas de América Latina -Chile en especial- para capear la turbulencia que sacude las estructuras de sus instituciones financieras.
Al menos un analista asiático de prestigio ha propuesto estudiar la experiencia chilena de principios de los ochenta para iluminar la compleja oscuridad de la crisis bancaria, todavía sin salida clara, a pesar de los esfuerzos del Fondo Monetario. El gobierno chileno en ese entonces instó a los bancos a obtener facilidades crediticias en dólares, manteniendo a la vez el cambio en tasa estabilizada. En experiencias anteriores, cuando se devaluaba la moneda los préstamos en dólares resultaban impagables. Así aconteció en Argentina, Brasil, Perú, donde la crónica devaluación monetaria elevaba en progresión geométrica las deudas en dólares. En Chile el banco central se vio forzado a asumir la responsabilidad de las deudas y asistió al sistema bancario con una ayuda que, en agregado, excedió el 20% del Producto Interno Bruto y provocó una contracción en la economía del 15%.
Una de las medidas adoptadas por el gobierno chileno se sustentó en la regulación estricta del sistema bancario. Fue así que, a partir de 1986, el sistema bancario ha estado regulado por un supervisor bancario independiente apoyado por funcionarios bien pagados. Como resultado de las regulaciones chilenas, los bancos no pueden tener acciones en otras compañías o bancos y tampoco pueden efectuar préstamos en el exterior ni establecer subsidiarias en ultramar. Aunque una nueva ley bancaria fue aprobada el año pasado, mediante la cual se relajaban algunas de estas restricciones, el sistema bancario todavía está estrictamente regulado.
Otra disposición establece que las inversiones extranjeras a corto plazo -los llamados inversionistas golondrinas- no son bienvenidas. Se desalientan obligando al inversionista a mantener en el banco central por un año un depósito que no genera intereses por 30% de la inversión. Por otro lado, su política macroeconómica es estricta y definida. El gobierno chileno mantiene un excedente fiscal de uno al tres por ciento del PIB y la política bancaria y monetaria es supervisada y aplicada por un banco central independiente. Gracias a estas medidas Chile capeó las consecuencias de la crisis del efecto tequila que empezó en México y conmovió a varios países latinoamericanos.
No escapa al escrutinio de expertos que no toda la experiencia chilena es exportable -mantiene, por ejemplo, una tasa de interés comparativamente alta-. Hay diferencias de niveles de desarrollo e idiosincrasia entre Chile y los países asiáticos que no pueden diluirse de la noche a la mañana. Considerando estos factores, sin embargo, la experiencia chilena en este campo aporta en esencia resultados válidos que pueden sopesarse como paradigmas sujetos a cambios y matices.
Al menos un analista asiático de prestigio ha propuesto estudiar la experiencia chilena de principios de los ochenta para iluminar la compleja oscuridad de la crisis bancaria, todavía sin salida clara, a pesar de los esfuerzos del Fondo Monetario. El gobierno chileno en ese entonces instó a los bancos a obtener facilidades crediticias en dólares, manteniendo a la vez el cambio en tasa estabilizada. En experiencias anteriores, cuando se devaluaba la moneda los préstamos en dólares resultaban impagables. Así aconteció en Argentina, Brasil, Perú, donde la crónica devaluación monetaria elevaba en progresión geométrica las deudas en dólares. En Chile el banco central se vio forzado a asumir la responsabilidad de las deudas y asistió al sistema bancario con una ayuda que, en agregado, excedió el 20% del Producto Interno Bruto y provocó una contracción en la economía del 15%.
Una de las medidas adoptadas por el gobierno chileno se sustentó en la regulación estricta del sistema bancario. Fue así que, a partir de 1986, el sistema bancario ha estado regulado por un supervisor bancario independiente apoyado por funcionarios bien pagados. Como resultado de las regulaciones chilenas, los bancos no pueden tener acciones en otras compañías o bancos y tampoco pueden efectuar préstamos en el exterior ni establecer subsidiarias en ultramar. Aunque una nueva ley bancaria fue aprobada el año pasado, mediante la cual se relajaban algunas de estas restricciones, el sistema bancario todavía está estrictamente regulado.
Otra disposición establece que las inversiones extranjeras a corto plazo -los llamados inversionistas golondrinas- no son bienvenidas. Se desalientan obligando al inversionista a mantener en el banco central por un año un depósito que no genera intereses por 30% de la inversión. Por otro lado, su política macroeconómica es estricta y definida. El gobierno chileno mantiene un excedente fiscal de uno al tres por ciento del PIB y la política bancaria y monetaria es supervisada y aplicada por un banco central independiente. Gracias a estas medidas Chile capeó las consecuencias de la crisis del efecto tequila que empezó en México y conmovió a varios países latinoamericanos.
No escapa al escrutinio de expertos que no toda la experiencia chilena es exportable -mantiene, por ejemplo, una tasa de interés comparativamente alta-. Hay diferencias de niveles de desarrollo e idiosincrasia entre Chile y los países asiáticos que no pueden diluirse de la noche a la mañana. Considerando estos factores, sin embargo, la experiencia chilena en este campo aporta en esencia resultados válidos que pueden sopesarse como paradigmas sujetos a cambios y matices.