China: 3. Realizaciones y Retos
China ha logrado un crecimiento económico asombroso en base a las políticas de reforma y apertura de Den Xiaoping. Sin embargo, las autoridades reconocen 200 millones de pobres todavía. La cifra real es sin duda más alta. En otro libro publicado por Laurence J. Brahm, junto con Stephen X.M. Lu, intitulado Re-engineering China (Hong Kong, 1999), que compré en el mismo Beijing, se identifican graves problemas: el surgimiento de un individualismo cínico y de la inmoralidad pública; la ineficiencia de empresas estatales que no pueden repagar los créditos de la banca estatal, la cual se encontraría por ello en serias dificultades; el desempleo que, si se incluye a los trabajadores "xiangang" (suspendidos pero no despedidos), podría alcanzar el nivel altísimo de 27%, según el economista chino Feng Lanrui (op.cit.p.217).
Sin embargo, creo que la economía china está permitiendo alimentar a 1,250 millones de seres humanos. En la medida en que lo esté haciendo, China estaría respetando el derecho humano fundamental a la vida, si bien es evidente que no está cumpliendo aún con otros derechos humanos cívicos y políticos.
Si se toma conciencia, gracias por ejemplo al reciente artículo, en el New York Times, de John Lloyd sobre "The Russian Devolution", del desastre económico, político y moral que padece Rusia, debido a un proceso de cambio en el cual lo político precedió a lo económico y la economía se sometió a un tratamiento de "shock", no cuesta admitir que el proceso de cambio chino, efectuado gradualmente y concentrado primero en lo económico, se justifica por contraste, como método de salir de una sociedad colectivista. Siempre y cuando éste continúe y se extienda a lo político. Por otra parte, el proceso chino y el cubano rehusan el cambio sustancial en lo político y adoptan un gradualismo en lo económico. Pero el primero se realiza por convencimiento y decisión propios, no por presión del descalabro del mundo soviético, y además acoge la dinámica de una economía de mercado sin frenarla arbitrariamente. Por eso el cambio en China genera un crecimiento extraordinario y un mejoramiento del nivel de vida de muchos, mientras que en Cuba ni saca al país de la crisis ni a la población de la pobreza.
De todos modos, pregunté a mis interlocutores: ¿Puesto que se han introducido cambios sustanciales en la economía del país, no será acaso necesario que en el futuro previsible para sostenerlos se necesiten también cambios sustanciales políticos? ¿Su marxismo no exige estos cambios en la superestructura en razón de los realizados en la infraestructura? Sólo en Shanghai me respondieron abierta y directamente que sí.
En los estudios que he consultado se evalúa diferentemente al actual Presidente de China, Jiang Zemin, sucesor de Den Xiaoping. En sus libros, Laurence J. Brahm considera a Jiang un fiel continuador de las políticas de Den Xiaoping y destaca lo que serían avances: en el XV Congreso Nacional del Partido, Jiang se habría acercado al reconocimiento de la propiedad privada. De hecho, en 1998 estarían registradas 28.5 millones de empresas individuales y 960,000 empresas privadas, que emplearían 61 millones de trabajadores. Con sólo 31.2% de los activos fijos, el sector no estatal generó el 63.1% del producto industrial nacional en 1997 (Bram y Lu, pp. 130-133).
También en dicho Congreso se habría insistido en la necesidad tanto de una civilización material, como de una espiritual, la cual representaría un esfuerzo por llenar el vacío que deja la ideología comunista ortodoxa, con una combinación de nacionalismo, humanismo y ecologismo (Bram, p. 96). Pero otro analista, Willy Wo-Lap Lam, periodista del South China Morning Post de Hong Kong, en su libro The Era of Jiang Zemin (Hong Kong, 1999), destaca que Jiang subordina la reforma y el desarrollo a la estabilidad. Los integrantes de la facción de Shanghai, tales el Presidente Jiang Zemin y el Primer Ministro Zhu Rongji, ambos antiguos alcaldes de Shanghai, serían "pragmáticos" y "neo-conservadores". El lema de Jiang, "hablen más sobre política", equivaldría a un llamado por recurrir al marxismo-leninismo para diferenciar entre su sociedad y las sociedades occidentales (Prentice Hall, Singapore, 1999, pp.46-49). Es difícil para quien no es experto decir quien tiene razón.
De todos modos, la necesidad de una honda liberalización política se siente cada vez más. La relación con Taiwán la exige. Recientemente el Presidente Lee Teng-hui de Taiwán, al plantear una relación de Estado a Estado entre la isla y el continente, habla como si Taiwán pudiera independizarse, contradiciendo el principio que el Presidente Nixon reconoció en 1972 antes de establecer relaciones con la República Popular: "todos los chinos de cualquier lado del Estrecho de Taiwán mantienen que sólo hay una China y que Taiwán es parte de China" (Comunicado de Shanghai). El conflicto se ha agudizado y la República Popular afirma que no excluye medios militares de resolverlo. Pero así como Hong Kong -fundamentalmente una realidad económica-, sólo se pudo reunificar cuando los cambios económicos en el continente le garantizaron el respeto a su economía de mercado, así Taiwán -fundamentalmente una realidad política- sólo se podría reunificar con China cuando cambios democratizadores en el continente le garanticen su democracia. La reunificación de Taiwán requeriría el consentimiento de los 21 millones de chinos que viven en la isla. Mientras tanto la comunidad internacional debe desalentar cualquier intento de independencia de Taiwán, así como cualquiera acción armada en su contra.
Durante nuestra estadía en China se planteaba el caso de la secta de inspiración budista llamada "Falun Gong". El diario China Daily, que se publica en China, comentaba insistentemente la decisión de reprimirla. Esta parecía motivada por el hecho de que la organización habría alcanzado una membresía posiblemente de decenas de millones, incluso entre funcionarios militares y civiles, y habría demostrado capacidad para organizar actos de protesta. Lo que no noté es una discusión a fondo sobre la necesidad social a la que responde el surgimiento de dicha organización. Pienso que la ideología oficial del régimen ya no satisface a amplios sectores del pueblo chino que buscan un nuevo sentido de vida y quieren poder expresarlo.
Tuvimos la oportunidad de asistir a misa en Shanghai y Beijing. Nos conmovió, sobre todo la de Beijing. En la Iglesia de la Inmaculada Concepción, llena de chinos de todas las edades, cantando con entusiasmo y demostrando una devoción ejemplar, pensé en lo que habrían atravesado por mantener su fe. Ello me hizo sentir la urgencia de que se normalicen las relaciones entre la Santa Sede y la República Popular. Sabía desde antes de mi viaje que la Santa Sede está dispuesta a trasladar su Nunciatura a Beijing tan pronto se permita restablecer la plena comunión religiosa entre la Iglesia en China y el Santo Padre. Me dolió, por ello, saber que al anciano Papa no le habían autorizado una visita a Hong Kong durante su próximo viaje al Asia.
El último día en Beijing, visitamos Yonghegon, el más renombrado templo Budista Tibetano en Beijing. Al presenciar a hombres, mujeres y niños inclinarse reverentemente, en la Sala de la Armonía, ante los Budas del Pasado, el Presente y el Futuro, sentí un profundo respeto y una gran admiración por el pueblo chino y por su civilización. Ciertamente China ha despertado y asombrará más aún al mundo.
Sin embargo, creo que la economía china está permitiendo alimentar a 1,250 millones de seres humanos. En la medida en que lo esté haciendo, China estaría respetando el derecho humano fundamental a la vida, si bien es evidente que no está cumpliendo aún con otros derechos humanos cívicos y políticos.
Si se toma conciencia, gracias por ejemplo al reciente artículo, en el New York Times, de John Lloyd sobre "The Russian Devolution", del desastre económico, político y moral que padece Rusia, debido a un proceso de cambio en el cual lo político precedió a lo económico y la economía se sometió a un tratamiento de "shock", no cuesta admitir que el proceso de cambio chino, efectuado gradualmente y concentrado primero en lo económico, se justifica por contraste, como método de salir de una sociedad colectivista. Siempre y cuando éste continúe y se extienda a lo político. Por otra parte, el proceso chino y el cubano rehusan el cambio sustancial en lo político y adoptan un gradualismo en lo económico. Pero el primero se realiza por convencimiento y decisión propios, no por presión del descalabro del mundo soviético, y además acoge la dinámica de una economía de mercado sin frenarla arbitrariamente. Por eso el cambio en China genera un crecimiento extraordinario y un mejoramiento del nivel de vida de muchos, mientras que en Cuba ni saca al país de la crisis ni a la población de la pobreza.
De todos modos, pregunté a mis interlocutores: ¿Puesto que se han introducido cambios sustanciales en la economía del país, no será acaso necesario que en el futuro previsible para sostenerlos se necesiten también cambios sustanciales políticos? ¿Su marxismo no exige estos cambios en la superestructura en razón de los realizados en la infraestructura? Sólo en Shanghai me respondieron abierta y directamente que sí.
En los estudios que he consultado se evalúa diferentemente al actual Presidente de China, Jiang Zemin, sucesor de Den Xiaoping. En sus libros, Laurence J. Brahm considera a Jiang un fiel continuador de las políticas de Den Xiaoping y destaca lo que serían avances: en el XV Congreso Nacional del Partido, Jiang se habría acercado al reconocimiento de la propiedad privada. De hecho, en 1998 estarían registradas 28.5 millones de empresas individuales y 960,000 empresas privadas, que emplearían 61 millones de trabajadores. Con sólo 31.2% de los activos fijos, el sector no estatal generó el 63.1% del producto industrial nacional en 1997 (Bram y Lu, pp. 130-133).
También en dicho Congreso se habría insistido en la necesidad tanto de una civilización material, como de una espiritual, la cual representaría un esfuerzo por llenar el vacío que deja la ideología comunista ortodoxa, con una combinación de nacionalismo, humanismo y ecologismo (Bram, p. 96). Pero otro analista, Willy Wo-Lap Lam, periodista del South China Morning Post de Hong Kong, en su libro The Era of Jiang Zemin (Hong Kong, 1999), destaca que Jiang subordina la reforma y el desarrollo a la estabilidad. Los integrantes de la facción de Shanghai, tales el Presidente Jiang Zemin y el Primer Ministro Zhu Rongji, ambos antiguos alcaldes de Shanghai, serían "pragmáticos" y "neo-conservadores". El lema de Jiang, "hablen más sobre política", equivaldría a un llamado por recurrir al marxismo-leninismo para diferenciar entre su sociedad y las sociedades occidentales (Prentice Hall, Singapore, 1999, pp.46-49). Es difícil para quien no es experto decir quien tiene razón.
De todos modos, la necesidad de una honda liberalización política se siente cada vez más. La relación con Taiwán la exige. Recientemente el Presidente Lee Teng-hui de Taiwán, al plantear una relación de Estado a Estado entre la isla y el continente, habla como si Taiwán pudiera independizarse, contradiciendo el principio que el Presidente Nixon reconoció en 1972 antes de establecer relaciones con la República Popular: "todos los chinos de cualquier lado del Estrecho de Taiwán mantienen que sólo hay una China y que Taiwán es parte de China" (Comunicado de Shanghai). El conflicto se ha agudizado y la República Popular afirma que no excluye medios militares de resolverlo. Pero así como Hong Kong -fundamentalmente una realidad económica-, sólo se pudo reunificar cuando los cambios económicos en el continente le garantizaron el respeto a su economía de mercado, así Taiwán -fundamentalmente una realidad política- sólo se podría reunificar con China cuando cambios democratizadores en el continente le garanticen su democracia. La reunificación de Taiwán requeriría el consentimiento de los 21 millones de chinos que viven en la isla. Mientras tanto la comunidad internacional debe desalentar cualquier intento de independencia de Taiwán, así como cualquiera acción armada en su contra.
Durante nuestra estadía en China se planteaba el caso de la secta de inspiración budista llamada "Falun Gong". El diario China Daily, que se publica en China, comentaba insistentemente la decisión de reprimirla. Esta parecía motivada por el hecho de que la organización habría alcanzado una membresía posiblemente de decenas de millones, incluso entre funcionarios militares y civiles, y habría demostrado capacidad para organizar actos de protesta. Lo que no noté es una discusión a fondo sobre la necesidad social a la que responde el surgimiento de dicha organización. Pienso que la ideología oficial del régimen ya no satisface a amplios sectores del pueblo chino que buscan un nuevo sentido de vida y quieren poder expresarlo.
Tuvimos la oportunidad de asistir a misa en Shanghai y Beijing. Nos conmovió, sobre todo la de Beijing. En la Iglesia de la Inmaculada Concepción, llena de chinos de todas las edades, cantando con entusiasmo y demostrando una devoción ejemplar, pensé en lo que habrían atravesado por mantener su fe. Ello me hizo sentir la urgencia de que se normalicen las relaciones entre la Santa Sede y la República Popular. Sabía desde antes de mi viaje que la Santa Sede está dispuesta a trasladar su Nunciatura a Beijing tan pronto se permita restablecer la plena comunión religiosa entre la Iglesia en China y el Santo Padre. Me dolió, por ello, saber que al anciano Papa no le habían autorizado una visita a Hong Kong durante su próximo viaje al Asia.
El último día en Beijing, visitamos Yonghegon, el más renombrado templo Budista Tibetano en Beijing. Al presenciar a hombres, mujeres y niños inclinarse reverentemente, en la Sala de la Armonía, ante los Budas del Pasado, el Presente y el Futuro, sentí un profundo respeto y una gran admiración por el pueblo chino y por su civilización. Ciertamente China ha despertado y asombrará más aún al mundo.