Chivos expiatorios en la CIA
"Ha hecho un estupendo trabajo", es la expresión de cliché que se viene escuchando desde hace meses por parte de la administración de George Bush hijo, cuando se trata de despedir a alguien que ha sido echado de su puesto. La escuchamos cuando renunció el último jefe militar de Irak, a raíz de la ofensiva desatada por las milicias chiitas y sunitas que desde hace dos meses han causado más de doscientos muertos entre las tropas aliadas que ocupan el país luego de derrocar al dictador Sadam Husseim.
Otro elemento que siempre acompaña al sentido pésame del despido, es la categórica negativa de que la salida tenga algo que ver con alguna situación mala o irregular que haya acontecido. También la hemos escuchado a raíz de las investigaciones, sanciones y juzgamientos que tienen lugar tras el tema del maltrato de los prisioneros de guerra iraquíes. Quieren incluso dinamitar la cárcel como si el mudo edificio tuviera culpa de la conducta de sus administradores. Cuando no hay a quien culpar, se llega hasta a señalar a una cosa inerte.
Ahora llegó el turno a los de la CIA. Obviamente, no la tiene. Ninguna. Cuando el presidente Bush decidió terminar la obra de su padre, como parte de la reacción motivada por el atentado del 11 de septiembre del 2002, presionó a los jefes del organismo para que prepararan un informe que comprometiera a Sadam en la tenencia de armas de destrucción masiva. La CIA, cautelosa y cansada de ser instrumento de caprichos presidenciales y chivo expiatorio en tiempos de crisis, presentó un menú de opciones, a la libre escogencia del mandatario. Pero no estuvo contento y presionó por más, sin conseguir eliminar del todo las reservas de la CIA.
Lo demás es historia. La invasión se dio, Sadam fue derrocado y apresado. Las armas nunca existieron. Si eso era lo que justificaba la invasión y los horribles daños que ocasiona, estuvo errada. Por eso, cuando el Senado investigó y constató la verdad, esto es la mentira, Bush quedó en posición comprometida, en mal momento, esto es, en víspera de la campaña por la reelección.
Bush sabía que no existían las armas y sabía que la culpa por el equívoco no era de la CIA. Pero, al igual que los oficiales superiores que se escudaron tras simples soldados en el caso de las torturas de prisioneros, George Tenet, director de la CIA y su subdirector, James Pavitt, fueron forzados a renunciar. En ambos casos se ha dado la misma declaración, "han rendido un estupendo trabajo" y su dimisión nada tiene que ver con los yerros en prever los ataques del 11 y en el informe de existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Son chivos expiatorios, como los que se sacrificaron cargando una culpa ajena, tras la crisis de los rehenes en Irán.
Otro elemento que siempre acompaña al sentido pésame del despido, es la categórica negativa de que la salida tenga algo que ver con alguna situación mala o irregular que haya acontecido. También la hemos escuchado a raíz de las investigaciones, sanciones y juzgamientos que tienen lugar tras el tema del maltrato de los prisioneros de guerra iraquíes. Quieren incluso dinamitar la cárcel como si el mudo edificio tuviera culpa de la conducta de sus administradores. Cuando no hay a quien culpar, se llega hasta a señalar a una cosa inerte.
Ahora llegó el turno a los de la CIA. Obviamente, no la tiene. Ninguna. Cuando el presidente Bush decidió terminar la obra de su padre, como parte de la reacción motivada por el atentado del 11 de septiembre del 2002, presionó a los jefes del organismo para que prepararan un informe que comprometiera a Sadam en la tenencia de armas de destrucción masiva. La CIA, cautelosa y cansada de ser instrumento de caprichos presidenciales y chivo expiatorio en tiempos de crisis, presentó un menú de opciones, a la libre escogencia del mandatario. Pero no estuvo contento y presionó por más, sin conseguir eliminar del todo las reservas de la CIA.
Lo demás es historia. La invasión se dio, Sadam fue derrocado y apresado. Las armas nunca existieron. Si eso era lo que justificaba la invasión y los horribles daños que ocasiona, estuvo errada. Por eso, cuando el Senado investigó y constató la verdad, esto es la mentira, Bush quedó en posición comprometida, en mal momento, esto es, en víspera de la campaña por la reelección.
Bush sabía que no existían las armas y sabía que la culpa por el equívoco no era de la CIA. Pero, al igual que los oficiales superiores que se escudaron tras simples soldados en el caso de las torturas de prisioneros, George Tenet, director de la CIA y su subdirector, James Pavitt, fueron forzados a renunciar. En ambos casos se ha dado la misma declaración, "han rendido un estupendo trabajo" y su dimisión nada tiene que ver con los yerros en prever los ataques del 11 y en el informe de existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Son chivos expiatorios, como los que se sacrificaron cargando una culpa ajena, tras la crisis de los rehenes en Irán.