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Chocó: Infierno en la selva


Bajo el cielo estrellado del verano, la selva darienita descansa bajo el repentino fresco de la madrugada. De repente, el silencio se termina: disparos en la lejanía advierten a los pobladores de que combates entre guerrilleros y paramilitares colombianos se dan al otro lado de la frontera. Tanta belleza natural se empaña con la batalla casi eterna entre facciones extremistas en el vecino país sudamericano.
El corredor que comprende el Tapón del Darién y el Chocó es la ruta tradicional del mercado de las drogas. Vuelos furtivos a baja altura de aviones son comunes. Ni la vigilancia aérea estadounidense, tampoco el rastreo militar colombiano, pueden detener siempre a las incursiones ilegales. Destacamentos de hombres llevan, cual ejército de hormigas, las armas para la subversión en el Urabá. Hasta Panamá y Nicaragua se vieron involucrados en el trasiego de pertrechos bélicos, algo que estos países se niegan a reconocer. Pero lo que disgusta, ante esta cruel realidad que afecta a Panamá y a la vecina Colombia, es que en el istmo, las autoridades mantienen una política de "los tres monitos", es decir, "no veo, no oigo, no hablo". Las agencias de noticias, los medios informativos colombianos y la comunidad en el Chocó, ya sabían que pronto ocurriría una terrible desgracia al otro lado de la frontera. Cual tétrica advertencia profética, sucede el desastre civil en Bojayá, con su saldo mortífero de 117 muertos.
Mientras la policía panameña y el gobierno istmeño dicen que "no pasa nada en Darién", la prensa colombiana alerta sobre la movilización de más de 45 mil refugiados del propio departamento del Chocó, que escaparán hacia las grandes ciudades colombianas cercanas, como Quibdo y Medellín, pero también está la opción de escapar fuera de Colombia, hacia Panamá. Se estima que 8 mil personas de Bojayá y Vigía del Fuerte, poblados devastados por la reciente guerra en el Chocó, fueron prácticamente abandonados.
Según un corresponsal de la BBC, "contra lo que pudiera pensarse, la matanza de más de cien civiles en la población colombiana de Bojayá no fue un acto de demencia. Detrás de él está la helada, terrible, lógica de la guerra colombiana". Una guerra que desangra al país desde hace casi 40 años y que desde 1997 se instaló en las márgenes del Río Atrato, el de mayor caudal del mundo en proporción a su longitud.
Es un escenario paradisíaco para el horror de la guerra. Para refrescarle la memoria, hay que recordar la trágica historia de esta región. El Urabá antioqueño fue objeto de una feroz disputa entre guerrilleros, paramilitares y militares a finales de la década del 80 y primer parte de los 90. Hubo meses en los que se cometían masacres casi a diario. A finales de 1996, cuando los paramilitares expulsaron a las FARC del Urabá antioqueño, empezaron a presionar sobre el chocoano. Por años, la organización guerrillera había dominado la zona selvática. Incluso, se llegó a saber que allí poseía una retaguardia y "campamentos de descanso", adonde iban guerrilleros heridos o de avanzada edad.
Del Chocó, en el pacífico colombiano, siguen llegando noticias fragmentadas y relatos de horror. Olor a muerte. Cadáveres sin exhumar, centenares de familiares de las 117 víctimas -entre ellas numerosos niños- por la explosión, el 2 de mayo, de un cilindro de gas. Según la mayoría de las versiones, el artefacto fue lanzado por guerrilleros de las FARC y cayó en el interior de un templo del pueblo de Bojayá donde 300 lugareños se habían refugiado para preservarse de los enfrentamientos entre insurgentes y paramilitares. Unas 4 mil personas habrían huido de la violencia.
La verificación internacional también es requerida por los dirigentes de las comunidades afrocolombianas del Chocó. Juan de Dios Mosquera, director del grupo Cimarrón, pidió a la Unión Europea y a la Comunidad Internacional "verificar la atrocidad que se cometió, tanto en Vigía del Fuerte como en Bojayá y que se va a cometer en otros lugares del país: en el sur de Bolívar, en Tadó, en el Chocó, en Santa Cecilia en Risaralda, como Pizarro, en el Baudó. Las comunidades afrocolombianas están siendo víctimas de lo peor del conflicto. Están aterrorizadas y el Estado colombiano no hace nada para proteger a la población".
Dos palabras definen con gran precisión los sentimientos de la población del Chocó: abandono y dolor. Esa región concentra la mayor población de raza negra y al mismo tiempo, los mayores índices de pobreza.
Bueno, mientras tanto, seguiremos esperando el cruel desenlace de la guerra colombiana, aunque siempre hay algún descuidado ciudadano que confía todavía en la clásica fraseología de las autoridades panameñas: "estamos trabajando en eso".

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