Ciencia, en serio...
MUCHO se ha escrito (y se seguirá escribiendo) respecto a la necesidad de mejorar sustancialmente el nivel cognoscitivo nacional y de echarle mano a los avances científico-técnicos, para no ser dejados atrás en esta cruel y desigual lucha para sobrevivir, impuesta por la nefasta globalización unipolar. Los más tercos seguiremos insistiendo en que nuestro país (gobierno, oposición, sociedad civil) debe vertebrar una estrategia nacional coherente, un proyecto verosímil y viable de país, de cara al futuro, que incluya al conocimiento como eje esencial.
Este clamor se acentúa cuando, precisamente, los perínclitos jefes de la usura internacional nos recomiendan (por enésima vez) limitar el gasto público, evitando invertir en áreas como el desarrollo científico endógeno o en medios para garantizar la seguridad alimentaria o en salvaguardar nuestra herencia cultural. El desarrollo social, cultural o científico de Latinoamérica no es, en la agenda de las IFI, un tema relevante a considerar. Pero para nosotros, es materia de vida o muerte y ya es hora de que lo asumamos.
Entendamos que, sin mejorar el sistema educativo del país, la ciencia panameña no va para ningún lado. Tenemos que elevar la pobre capacidad cognoscitiva de nuestros jóvenes, al menos en aspectos fundamentales como sus habilidades de autoaprendizaje, de expresión oral y escrita, de elaboración lógica del pensamiento o de manejo de las herramientas matemáticas elementales. Óptimamente, este menú debería incluir un manejo mínimo del inglés y de la informática. Este es un problema de suma gravedad.
Por otro lado, la estrategia científica del país está íntimamente ligada a ese gran tabú que es el problema universitario nacional. La "política del avestruz", en torno a la necesidad de una ley nacional de educación superior, es anacrónica e insostenible. Todos los ciudadanos apoyamos una mayor autonomía y atención financiera para las universidades. A cambio, demandamos orden y calidad en su gestión, eficiencia en el gasto, coordinación de acciones entre ellas, evaluación y supervisión hacia el desmadre de las "universidades de garaje" y, sobre todo, el abandono de la politiquería y del clientelismo, sus peores adversidades.
Necesitamos un plan bien hecho para desarrollar la ciencia panameña, que sea incluyente y que se cumpla. Para eso, debemos establecer el estado de situación real de nuestra ciencia, dejando la "mitomanía autocomplaciente" a un lado. En base a un examen sesudo e imparcial de nuestra circunstancia, se deben definir auténticas prioridades, sin arbitrariedades y sin ahondar asimetrías absurdas en favor de determinadas instituciones o grupos de interés. De eso, ya tuvimos demasiado en el pasado reciente. Necesitamos que esa estrategia sea fruto de la consulta pública y del consenso democrático de la sociedad y que esté sujeta al control ciudadano, involucrando a nuestra comunidad científica y académica, sin discriminación ni sesgos políticos.
Evidentemente, urge reforzar la obsolescente base cognoscitiva nacional renovando a las universidades con el influjo de profesionales jóvenes, apoyando la formación de nuevos grupos científicos, facilitando administrativa y financieramente su trabajo, promoviendo una gestión integral del conocimiento, etc. Pero tan apremiante como eso, es la necesidad de regular la carrera de investigador, para darle sentido y hacer atractiva a la actividad científica y tecnológica entre nuestra juventud, cuyo potencial humano debe ser inteligentemente estimulado, forjado y aprovechado.
Ninguna estrategia que busque mejorar nuestra ciencia puede seguir ignorando la desconfianza y la desvinculación real que existe entre los elementos de nuestro sistema científico, aspecto que hay que enfrentar y resolver con liderazgo e imaginación. Igualmente, el grave atraso tecnocientífico en nuestras provincias tiene que comenzar a ser encarado y revertido. Ninguna estrategia científica puede prepararse sin buscar una vinculación cada vez más cercana y pertinente de la ciencia con el conjunto de la ciudadanía, en un proceso verídico de apropiación social del saber, más allá de acciones efectistas o gestos de corta vida y alcance. Pero nada de esto podrá tener impacto ni permanencia, si los políticos no comienzan a superar su miopía, su desinterés y su desprecio hacia la educación y la ciencia. Concienciar al público, pero en especial a los núcleos tomadores de decisión, debería ser una tarea prioritaria en esta agenda de asuntos pendientes y perentorios.
Queremos que la ciencia panameña salga de su impasse o, más bien, que regrese de esa Gehena perniciosa en la que estuvo sumida en los últimos años. Queremos que el Estado comience a tomar a la ciencia en serio y a conducir acciones efectivas para rescatarla y para revigorizarla. O, mejor aún, que la sociedad toda comience a entender que, en la ciencia y en la educación, están la verdaderas bases fundacionales de un futuro mejor, basado en la inteligencia.
(luis.wong@lycosmail.com)
Este clamor se acentúa cuando, precisamente, los perínclitos jefes de la usura internacional nos recomiendan (por enésima vez) limitar el gasto público, evitando invertir en áreas como el desarrollo científico endógeno o en medios para garantizar la seguridad alimentaria o en salvaguardar nuestra herencia cultural. El desarrollo social, cultural o científico de Latinoamérica no es, en la agenda de las IFI, un tema relevante a considerar. Pero para nosotros, es materia de vida o muerte y ya es hora de que lo asumamos.
Entendamos que, sin mejorar el sistema educativo del país, la ciencia panameña no va para ningún lado. Tenemos que elevar la pobre capacidad cognoscitiva de nuestros jóvenes, al menos en aspectos fundamentales como sus habilidades de autoaprendizaje, de expresión oral y escrita, de elaboración lógica del pensamiento o de manejo de las herramientas matemáticas elementales. Óptimamente, este menú debería incluir un manejo mínimo del inglés y de la informática. Este es un problema de suma gravedad.
Por otro lado, la estrategia científica del país está íntimamente ligada a ese gran tabú que es el problema universitario nacional. La "política del avestruz", en torno a la necesidad de una ley nacional de educación superior, es anacrónica e insostenible. Todos los ciudadanos apoyamos una mayor autonomía y atención financiera para las universidades. A cambio, demandamos orden y calidad en su gestión, eficiencia en el gasto, coordinación de acciones entre ellas, evaluación y supervisión hacia el desmadre de las "universidades de garaje" y, sobre todo, el abandono de la politiquería y del clientelismo, sus peores adversidades.
Necesitamos un plan bien hecho para desarrollar la ciencia panameña, que sea incluyente y que se cumpla. Para eso, debemos establecer el estado de situación real de nuestra ciencia, dejando la "mitomanía autocomplaciente" a un lado. En base a un examen sesudo e imparcial de nuestra circunstancia, se deben definir auténticas prioridades, sin arbitrariedades y sin ahondar asimetrías absurdas en favor de determinadas instituciones o grupos de interés. De eso, ya tuvimos demasiado en el pasado reciente. Necesitamos que esa estrategia sea fruto de la consulta pública y del consenso democrático de la sociedad y que esté sujeta al control ciudadano, involucrando a nuestra comunidad científica y académica, sin discriminación ni sesgos políticos.
Evidentemente, urge reforzar la obsolescente base cognoscitiva nacional renovando a las universidades con el influjo de profesionales jóvenes, apoyando la formación de nuevos grupos científicos, facilitando administrativa y financieramente su trabajo, promoviendo una gestión integral del conocimiento, etc. Pero tan apremiante como eso, es la necesidad de regular la carrera de investigador, para darle sentido y hacer atractiva a la actividad científica y tecnológica entre nuestra juventud, cuyo potencial humano debe ser inteligentemente estimulado, forjado y aprovechado.
Ninguna estrategia que busque mejorar nuestra ciencia puede seguir ignorando la desconfianza y la desvinculación real que existe entre los elementos de nuestro sistema científico, aspecto que hay que enfrentar y resolver con liderazgo e imaginación. Igualmente, el grave atraso tecnocientífico en nuestras provincias tiene que comenzar a ser encarado y revertido. Ninguna estrategia científica puede prepararse sin buscar una vinculación cada vez más cercana y pertinente de la ciencia con el conjunto de la ciudadanía, en un proceso verídico de apropiación social del saber, más allá de acciones efectistas o gestos de corta vida y alcance. Pero nada de esto podrá tener impacto ni permanencia, si los políticos no comienzan a superar su miopía, su desinterés y su desprecio hacia la educación y la ciencia. Concienciar al público, pero en especial a los núcleos tomadores de decisión, debería ser una tarea prioritaria en esta agenda de asuntos pendientes y perentorios.
Queremos que la ciencia panameña salga de su impasse o, más bien, que regrese de esa Gehena perniciosa en la que estuvo sumida en los últimos años. Queremos que el Estado comience a tomar a la ciencia en serio y a conducir acciones efectivas para rescatarla y para revigorizarla. O, mejor aún, que la sociedad toda comience a entender que, en la ciencia y en la educación, están la verdaderas bases fundacionales de un futuro mejor, basado en la inteligencia.
(luis.wong@lycosmail.com)