Civilicemos nuestra política
En países con regímenes parlamentarios, tal es el caso de España o del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, considerados como democracias ejemplares, el presidente del Gobierno, en el primero de ellos, y el Primer Ministro, en el segundo, pueden, estando en el ejercicio de sus cargos, hacer sus campañas para buscar la reelección. ¡Y nadie se escandaliza por ello!
En los Estados Unidos de América, los presidentes en funciones, que pueden ser reelectos, por una sola vez, hacen su campaña utilizando todas las facilidades de desplazamientos de que disponen. Pero, además, promueven a los candidatos de sus partidos interviniendo en sus actos electorales, especialmente los de recolección de fondos. ¡Y nadie se escandaliza por ello!
En nuestras democracias criollas, pongo el caso de la panameña, somos el ejemplo antípoda. Y de seguir por el camino que tratan de imponer algunas y algunos "puristas", no estará lejano el día en que le exijamos a quien ejerza la jefatura del Estado que expresamente repudie al candidato postulado por su partido.
La tradición de fraudes electorales que caracterizó a las seudos democracias latinoamericanas y la influencia determinante que en el pasado ejercieron los ejércitos justificó que al recuperar la democracia fuéramos extremistas y buscáramos evitar que los gobernantes de turno pudieran influir sobre los resultados electorales.
La realidad de la América Latina es hoy diferente. En todos los países de la región existen sistemas electorales que funcionan. Hemos creado instituciones como los tribunales electorales, políticamente independientes del Poder Ejecutivo y del Legislativo y con autonomía financiera, y que en algunos casos hasta asumen el control de la Fuerza Pública, para garantizar elecciones ordenadas y transparentes. A lo anterior hay que agregar que también se ha institucionalizado la presencia de misiones de observación electoral que avalan esos torneos.
Ante esas nueva realidades, resulta incomprensible que todavía sigamos creando fantasmas que no se compadecen con ellas. Con el mayor respeto por quienes asumen esas actitudes, creo que continuar hablando, o lo que es peor, inventando supuestas conspiraciones fraudulentas es una actitud trasnochada y totalmente carente de fundamento. Igual cosa opino de las exigencias de quienes pretenden que la Jefa del Ejecutivo no se identifique y promueva los candidatos de su partido.
Desde luego, no creo que el avance de nuestra democracia nos permita imitar ejemplos como los de España, Gran Bretaña o Italia. Todavía debemos posponer por un buen rato la posibilidad de la reelección presidencial. A la altura de nuestro desarrollo democrático sería sumamente peligroso. Pero también debemos abandonar actitudes arcaicas como las que algunos demandan de la presidenta Moscoso. En un artículo anterior ya expresé y lo reitero ahora, que no sólo encuentro lógico que ella promueva a quienes representan la continuidad de su proyecto político sino que, además, me parece que ese es su deber.
En los Estados Unidos de América, los presidentes en funciones, que pueden ser reelectos, por una sola vez, hacen su campaña utilizando todas las facilidades de desplazamientos de que disponen. Pero, además, promueven a los candidatos de sus partidos interviniendo en sus actos electorales, especialmente los de recolección de fondos. ¡Y nadie se escandaliza por ello!
En nuestras democracias criollas, pongo el caso de la panameña, somos el ejemplo antípoda. Y de seguir por el camino que tratan de imponer algunas y algunos "puristas", no estará lejano el día en que le exijamos a quien ejerza la jefatura del Estado que expresamente repudie al candidato postulado por su partido.
La tradición de fraudes electorales que caracterizó a las seudos democracias latinoamericanas y la influencia determinante que en el pasado ejercieron los ejércitos justificó que al recuperar la democracia fuéramos extremistas y buscáramos evitar que los gobernantes de turno pudieran influir sobre los resultados electorales.
La realidad de la América Latina es hoy diferente. En todos los países de la región existen sistemas electorales que funcionan. Hemos creado instituciones como los tribunales electorales, políticamente independientes del Poder Ejecutivo y del Legislativo y con autonomía financiera, y que en algunos casos hasta asumen el control de la Fuerza Pública, para garantizar elecciones ordenadas y transparentes. A lo anterior hay que agregar que también se ha institucionalizado la presencia de misiones de observación electoral que avalan esos torneos.
Ante esas nueva realidades, resulta incomprensible que todavía sigamos creando fantasmas que no se compadecen con ellas. Con el mayor respeto por quienes asumen esas actitudes, creo que continuar hablando, o lo que es peor, inventando supuestas conspiraciones fraudulentas es una actitud trasnochada y totalmente carente de fundamento. Igual cosa opino de las exigencias de quienes pretenden que la Jefa del Ejecutivo no se identifique y promueva los candidatos de su partido.
Desde luego, no creo que el avance de nuestra democracia nos permita imitar ejemplos como los de España, Gran Bretaña o Italia. Todavía debemos posponer por un buen rato la posibilidad de la reelección presidencial. A la altura de nuestro desarrollo democrático sería sumamente peligroso. Pero también debemos abandonar actitudes arcaicas como las que algunos demandan de la presidenta Moscoso. En un artículo anterior ya expresé y lo reitero ahora, que no sólo encuentro lógico que ella promueva a quienes representan la continuidad de su proyecto político sino que, además, me parece que ese es su deber.