Clinton: el final de una patraña
El presidente norteamericano William Clinton fue declarado libre de los cargos de perjurio y obstrucción de la justicia que se siguiera en su contra ante el Congreso, dominado mayoritariamente por la oposición republicana. En lo que constituyó una situación humillante, sus detractores no pudieron siquiera llegar a la mayoría simple, - la mitad más uno -, para sacarlo del poder, en ninguno de ambos cargos.
En la acusación de perjurio, 10 republicanos se sumaron a los demócratas para que la votación de rechazo de la moción de condena fuera denegada por 55 contra 45 en el caso del perjurio; mientras para el otro cargo, se registró un empate de 50 a 50. Se requería una mayoría de dos tercios para destituirlo o sea de 67 votos.
La reacción de los medios que ventilaron los escabrosos detalles del juicio y, en particular, del amorío extraconyugal del mandatario con la joven pasante, Mónica Lewinsky, fue de resignación. Todas las encuestas indicaron que el presidente no perdió sino que se fortaleció en su popularidad.
Para quienes analicen el penoso juicio en los años venideros, será fascinante descubrir cómo Clinton logró sobrevivir, gracias al público, los incesantes embates de una prensa cuyos principales exponentes llegaron a sugerirle la renuncia.
Todo fue una patraña política con connotaciones de una conspiración, para echarlo del poder. Clinton resultó ser la más seria amenaza contra el "stablishment" desde John Kennedy, que fue asesinado. El tratado de libre comercio con México y Canadá, su anunciado propósito de extenderlo al resto del continente, su firme determinación de revertir la política de insensibilidad social impuesta por los republicanos a partir de Reagan, su presión sin precedentes sobre Israel para forzarlo a firmar la paz con los palestinos, su obstinada oposición al proteccionismo, son todos elementos a tomar en cuenta para explicarse el por qué de todo este supremo ridículo.
Dos pequeños detalles ilustran y ejemplifican lo que ha estado en juego. Por un lado el colosal superávit logrado por Clinton luego del severo control presupuestario a que le obligaran irónicamente los republicanos. El presidente quiere invertirlo en reforzar programas sociales, mientras que los republicanos desean emplearlo para reducir los impuestos, lo que favorece a los ricos.
El otro fue el de Mónica Lewinsky, forzada a salir del ostracismo a que se sometió con el anunciado propósito de reconstruir su vida, cuando los implacables fiscales del mandatario la hicieron comparecer nuevamente y la obligaron repetir el trauma que casi destruye su vida. La insensibilidad republicana sólo cesó cuando, la joven Lewinsky dijo abrigar "sentimientos encontrados hacia el presidente", al tiempo que no pudo ocultar su profundo afecto hacia él, con lo que descartó poder ser usada para los mezquinos propósitos. Con ello marcó el fin de la patraña.
En la acusación de perjurio, 10 republicanos se sumaron a los demócratas para que la votación de rechazo de la moción de condena fuera denegada por 55 contra 45 en el caso del perjurio; mientras para el otro cargo, se registró un empate de 50 a 50. Se requería una mayoría de dos tercios para destituirlo o sea de 67 votos.
La reacción de los medios que ventilaron los escabrosos detalles del juicio y, en particular, del amorío extraconyugal del mandatario con la joven pasante, Mónica Lewinsky, fue de resignación. Todas las encuestas indicaron que el presidente no perdió sino que se fortaleció en su popularidad.
Para quienes analicen el penoso juicio en los años venideros, será fascinante descubrir cómo Clinton logró sobrevivir, gracias al público, los incesantes embates de una prensa cuyos principales exponentes llegaron a sugerirle la renuncia.
Todo fue una patraña política con connotaciones de una conspiración, para echarlo del poder. Clinton resultó ser la más seria amenaza contra el "stablishment" desde John Kennedy, que fue asesinado. El tratado de libre comercio con México y Canadá, su anunciado propósito de extenderlo al resto del continente, su firme determinación de revertir la política de insensibilidad social impuesta por los republicanos a partir de Reagan, su presión sin precedentes sobre Israel para forzarlo a firmar la paz con los palestinos, su obstinada oposición al proteccionismo, son todos elementos a tomar en cuenta para explicarse el por qué de todo este supremo ridículo.
Dos pequeños detalles ilustran y ejemplifican lo que ha estado en juego. Por un lado el colosal superávit logrado por Clinton luego del severo control presupuestario a que le obligaran irónicamente los republicanos. El presidente quiere invertirlo en reforzar programas sociales, mientras que los republicanos desean emplearlo para reducir los impuestos, lo que favorece a los ricos.
El otro fue el de Mónica Lewinsky, forzada a salir del ostracismo a que se sometió con el anunciado propósito de reconstruir su vida, cuando los implacables fiscales del mandatario la hicieron comparecer nuevamente y la obligaron repetir el trauma que casi destruye su vida. La insensibilidad republicana sólo cesó cuando, la joven Lewinsky dijo abrigar "sentimientos encontrados hacia el presidente", al tiempo que no pudo ocultar su profundo afecto hacia él, con lo que descartó poder ser usada para los mezquinos propósitos. Con ello marcó el fin de la patraña.