Clinton en China
La extensa gira que realiza el presidente norteamericano a China contrasta con la fugacidad de sus similares a nuestro continente. La explicación es sencilla: Tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética, el vacío de poder ha sido llenado por el gigante asiático, poblado por 1,200 millones de almas.
Uno de cada cinco habitantes del planeta es chino.
Ciertamente en el plano militar, China no es más fuerte que la actual Rusia; pero su importancia política y comercial es inmensamente mayor, tanto por su posición geográfica dominante en Asia, como por su creciente poder económico.
En el plano de las relaciones bilaterales, el antagonismo entre EU y China es mucho menor que el que existía entre aquél y la antigua URSS. El artífice de esa situación fue el presidente Richard Nixon quien, con su Secretario de Estado Henry Kissinger, apostó a inicios de la década de los 70 por unas buenas relaciones con China para neutralizar el peligro soviético.
Hoy el comercio se ha encargado de abrir a China tanto en lo interno como en lo externo, y conducirla hacia una prosperidad inimaginable hace dos décadas, todo ello fortalecido con la incorporación a su seno de Hong Kong, el mayor centro bancario y mercantil de Asia. Y el que EU le haya concedido los beneficios de "nación más favorecida" le ha abierto de par en par el mercado más apetecido del mundo, oportunidad que China ha aprovechado espléndidamente.
Ello ha convertido a China en un mercado apetecible para las grandes potencias industriales que se apresuran a penetrarlo. Y China ha sabido administrar sabiamente su poder de compras, repartiéndolo entre Boeing y Airbus, entre Europa y Norteamérica. Un sólo gran pedido chino hace para cualquier país o gran empresa la diferencia entre un buen y un mal año.
Lo expuesto hace de China un protagonista de nuestros días y todo indica que ha asumido su papel con responsabilidad. Así, para favorecer a Occidente, resiste la presión de devaluar su moneda, aunque pierda competitividad por las devaluaciones de sus malhadados vecinos, con Japón a la cabeza. Si lo hiciera, se produciría una debacle financiera mundial. Por eso, China siente que el planeta entero le debe estar agradecido.
Clinton ha recibido severas críticas por esta visita. China se niega a democratizarse e insiste en que esa concepción occidental no trabaja en su país. El mundo pudo permitirse el fraccionamiento de la URSS, pero no sobreviviría a un cataclismo similar en China. En buena medida, dice, su sistema garantiza una evolución gradual, mucho más deseable que el sobresalto de una revolución que indigestaría al planeta.
En el fondo y la superficie, el mandatario norteamericano tiene otra vez razón. Para bien o para mal, la peligrosa proliferación de armas atómicas en manos irresponsables, la fragilidad de los mercados internacionales, y el destino de la globalización que promueve, requieren de la estrecha colaboración de China.
Uno de cada cinco habitantes del planeta es chino.
Ciertamente en el plano militar, China no es más fuerte que la actual Rusia; pero su importancia política y comercial es inmensamente mayor, tanto por su posición geográfica dominante en Asia, como por su creciente poder económico.
En el plano de las relaciones bilaterales, el antagonismo entre EU y China es mucho menor que el que existía entre aquél y la antigua URSS. El artífice de esa situación fue el presidente Richard Nixon quien, con su Secretario de Estado Henry Kissinger, apostó a inicios de la década de los 70 por unas buenas relaciones con China para neutralizar el peligro soviético.
Hoy el comercio se ha encargado de abrir a China tanto en lo interno como en lo externo, y conducirla hacia una prosperidad inimaginable hace dos décadas, todo ello fortalecido con la incorporación a su seno de Hong Kong, el mayor centro bancario y mercantil de Asia. Y el que EU le haya concedido los beneficios de "nación más favorecida" le ha abierto de par en par el mercado más apetecido del mundo, oportunidad que China ha aprovechado espléndidamente.
Ello ha convertido a China en un mercado apetecible para las grandes potencias industriales que se apresuran a penetrarlo. Y China ha sabido administrar sabiamente su poder de compras, repartiéndolo entre Boeing y Airbus, entre Europa y Norteamérica. Un sólo gran pedido chino hace para cualquier país o gran empresa la diferencia entre un buen y un mal año.
Lo expuesto hace de China un protagonista de nuestros días y todo indica que ha asumido su papel con responsabilidad. Así, para favorecer a Occidente, resiste la presión de devaluar su moneda, aunque pierda competitividad por las devaluaciones de sus malhadados vecinos, con Japón a la cabeza. Si lo hiciera, se produciría una debacle financiera mundial. Por eso, China siente que el planeta entero le debe estar agradecido.
Clinton ha recibido severas críticas por esta visita. China se niega a democratizarse e insiste en que esa concepción occidental no trabaja en su país. El mundo pudo permitirse el fraccionamiento de la URSS, pero no sobreviviría a un cataclismo similar en China. En buena medida, dice, su sistema garantiza una evolución gradual, mucho más deseable que el sobresalto de una revolución que indigestaría al planeta.
En el fondo y la superficie, el mandatario norteamericano tiene otra vez razón. Para bien o para mal, la peligrosa proliferación de armas atómicas en manos irresponsables, la fragilidad de los mercados internacionales, y el destino de la globalización que promueve, requieren de la estrecha colaboración de China.