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Clinton en Vietnam


En un siglo que presenció reconciliaciones que parecían imposibles como las de Francia y Alemania, después de la guerra franco- prusiana y las dos guerras mundiales, el reencuentro entre Estados Unidos y Viet Nam evocó episodios terribles y, al mismo tiempo, trasuntó conclusiones paradigmáticas. Al ver a Clinton y a su esposa recibiendo los vítores del pueblo vietnamita, muchos veteranos de guerra de ambos bandos seguramente fueron invadidos por reflexiones amargas sobre los giros insólitos de la historia.
Dos pueblos de distinto origen, separados por miles de kilómetros, se enfrentaron en una contienda cruel y desproporcionada. Escuchando el discurso de Clinton, no podía concebirse que dos de sus antecesores en la Casa Blanca - el demócrata Lyndon Johnson y el republicano Richard Nixon - fueran arrastrados a una guerra que nunca se declaró formalmente, pero que acabó hundiéndolos en los fangosos arrozales vietnamitas. Creyendo que iban a impedir el avance de la ideología comunista por el sudeste asiático, Johnson y Nixon respaldaron a los corruptos gobernantes sudvietnamitas con pertrechos militares que usaron torpemente y con dinero que acabó en gran parte en sus cuentas bancarias personales. La historia risible y patética del asesoramiento norteamericano a Viet Nam del Sur ha ganado derecho a figurar en los anales de uno de los peores equívocos estratégicos del Departamento de Estado. Porque del asesoramiento se pasó a la acción directa para concluir con un armisticio en el que los negociadores de Ho Chi Minh, un astuto y experimentado marxista- leninista que ya había provocado la derrota de Francia en Indochina, pusieron contra la pared al secretario de Estado Henry Kissinger, quien con las uñas resolvió los detalles del armisticio que selló la debacle militar norteamericana.
Sin embargo, en el cuarto de siglo transcurrido, los comunistas vietnamitas también han asimilado lecciones importantes. La economía centralizada marxista profundizó la pobreza de los campesinos, lejos de resolverla. La generación de gobernantes post- Ho Chi Minh viró lentamente a la economía abierta, bajo la presión del contorno próspero de los tigres asiáticos. Viet Nam ganó la guerra militar, pero perdió la guerra económica. Ha comprendido que más vale la amistad y cooperación del tornadizo gigante norteamericano que un nuevo capítulo de confrontación. Más producción y más comercio, menos ideología, es la consigna de los tiempos actuales. Con el olfato político que le reconocen hasta sus adversarios, Bill Clinton, que rehusó en su juventud participar en la guerra, ha aprovechado los cambios para tenderle la mano a un sacrificado pueblo, resarciendo el compromiso moral de su generación.

101 años de Panamá América

 
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