Clinton vuelve a ganar
Llama la atención que los medios de comunicación de Estados Unidos hayan ocupado tanto espacio y tiempo valiosos en desentrañar la vida íntima del presidente Bill Clinton, impulsando tras ellos a la Justicia norteamericana que ha gastado hasta ahora más de 40 millones de dólares en una Fiscalía Especial encargada de investigar el asunto.
Temas tan importantes como la visita del Papa a Cuba, y las repercusiones de la crisis económica de Asia, quedaron en segundo plano, para ocuparse de citas furtivas, sexualidad presidencial y ropa interior.
Aquello ha sido tan absurdo que fue inevitable que buscáramos alguna explicación lógica, además del consabido resentimiento de los republicanos hacia el hombre que los humilló dos veces en sendas elecciones, rompiendo 12 años de hegemonía de su partido, pese a que Clinton es la antítesis del tradicional ideal norteamericano de gobernante.
Se negó a servir al ejército, admitió que consumió marihuana y que fue infiel a su esposa, quien sin embargo lo perdonó. En su gestión de gobernante, se apropió de las ideas de sus adversarios, las ejecutó y llevó más lejos. Y todo bajo la progresista bandera y retórica de los más ortodoxos liberales.
En la práctica, equilibró el presupuesto de su país a un ritmo mayor que el que le exigió el Congreso, y el año pasado registró su primer superávit en 30 años, redujo los impuestos, combatió la migración ilegal y suprimió infinidad de servicios sociales. En lo económico, logró que su país recuperara su posición hegemónica y registrara los más elevados índices de crecimiento y más bajo desempleo en 24 años. La Unión Americana en las últimas décadas nunca ha estado mejor.
Nos pareció advertir a veces, alguna relación entre el escándalo y la presión sin precedentes que ha aplicado Clinton sobre el gobierno de extrema derecha de Israel. Este ha amenazado con represalias a través del poderoso sector político y económico judío en Estados Unidos, el cual no excluye a grandes conglomerados de la comunicación. Clinton se atrevió a negar audiencia al premier israelí, Benjamín Netanyahu a quien culpa de estropear sus planes de paz.
Otro detalle fue que, a pesar del escándalo, Clinton no sólo mantuvo alta su popularidad sino que incluso la incrementó, en clara muestra de que la saturación lo hizo inmune a las críticas y que el pueblo norteamericano ha aprendido a diferenciar entre la vida pública y privada de su presidente. Atrás quedó para siempre la época en que un Gary Hart declinaba su postulación presidencial tras revelarse en los medios sus aventuras amorosas.
Con el fallo favorable de la jueza Susan Webber, Clinton celebra otra victoria, esta vez sobre los medios de comunicación de su país, cuya derrota se inició tras la humillante retractación pública que hizo el mismo periodista que meses atrás había destapado el bochornoso caso de Paula Jones.
Temas tan importantes como la visita del Papa a Cuba, y las repercusiones de la crisis económica de Asia, quedaron en segundo plano, para ocuparse de citas furtivas, sexualidad presidencial y ropa interior.
Aquello ha sido tan absurdo que fue inevitable que buscáramos alguna explicación lógica, además del consabido resentimiento de los republicanos hacia el hombre que los humilló dos veces en sendas elecciones, rompiendo 12 años de hegemonía de su partido, pese a que Clinton es la antítesis del tradicional ideal norteamericano de gobernante.
Se negó a servir al ejército, admitió que consumió marihuana y que fue infiel a su esposa, quien sin embargo lo perdonó. En su gestión de gobernante, se apropió de las ideas de sus adversarios, las ejecutó y llevó más lejos. Y todo bajo la progresista bandera y retórica de los más ortodoxos liberales.
En la práctica, equilibró el presupuesto de su país a un ritmo mayor que el que le exigió el Congreso, y el año pasado registró su primer superávit en 30 años, redujo los impuestos, combatió la migración ilegal y suprimió infinidad de servicios sociales. En lo económico, logró que su país recuperara su posición hegemónica y registrara los más elevados índices de crecimiento y más bajo desempleo en 24 años. La Unión Americana en las últimas décadas nunca ha estado mejor.
Nos pareció advertir a veces, alguna relación entre el escándalo y la presión sin precedentes que ha aplicado Clinton sobre el gobierno de extrema derecha de Israel. Este ha amenazado con represalias a través del poderoso sector político y económico judío en Estados Unidos, el cual no excluye a grandes conglomerados de la comunicación. Clinton se atrevió a negar audiencia al premier israelí, Benjamín Netanyahu a quien culpa de estropear sus planes de paz.
Otro detalle fue que, a pesar del escándalo, Clinton no sólo mantuvo alta su popularidad sino que incluso la incrementó, en clara muestra de que la saturación lo hizo inmune a las críticas y que el pueblo norteamericano ha aprendido a diferenciar entre la vida pública y privada de su presidente. Atrás quedó para siempre la época en que un Gary Hart declinaba su postulación presidencial tras revelarse en los medios sus aventuras amorosas.
Con el fallo favorable de la jueza Susan Webber, Clinton celebra otra victoria, esta vez sobre los medios de comunicación de su país, cuya derrota se inició tras la humillante retractación pública que hizo el mismo periodista que meses atrás había destapado el bochornoso caso de Paula Jones.