Clinton y Centroamérica
Uno de los puntos débiles de la gestión en política exterior del presidente norteamericano Bill Clinton, ha sido su poca atención a Latinoamérica en comparación con otras áreas del planeta. Por regla general, su gestión en esa inmensa área geográfica ha sido motivada por momentos de crisis como las convulsiones financieras de México y Brasil; y eso por razón de las repercusiones que podrían tener en su propio país.
Más recientemente, su gira de carácter humanitario por Centroamérica, se vio empañada por las denuncias de expulsiones de miles de inmigrantes ilegales del área, aquejados por la falta de oportunidades en sus respectivas naciones. Asimismo resucitaron antiguos rencores de la izquierda por el apoyo norteamericano a los gobiernos represivos que, con el pretexto de frenar a los movimientos subversivos, atentaron contra los derechos humanos de miles de inocentes.
No puede negarse que Clinton cumplió entonces el propósito central de su visita: recoger en vivo la experiencia de los desastres económicos, humanos y ecológicos desencadenados por el huracán Mitch. La Casa Blanca dio cuenta de un paquete de ayuda a los países afectados de mil millones de dólares, sin duda, uno de los más cuantiosos de la historia del área. Pero hay analistas que sostienen que el monto de la ayuda prometida se debe a que, después del paso del Mitch, otro huracán arremete contra su frontera sur: los millones de ilegales del istmo, que migran a Estados Unidos.
Ciertamente existe más de una razón para que el país del norte ponga algo más que ayuda humanitaria en Centroamérica, entre ellas los intereses de las compañías fruteras norteamericanas que datan de comienzos del siglo. Hay además una plusvalía para sus inversiones, de origen centroamericano, que justifica no solamente la ayuda económica coyuntural sino, como aspiran los mandatarios centroamericanos, ventajas de orden arancelario y otras facilidades para sus productos en su ingreso a Norteamérica.
Clinton ha prometido exponer las demandas centroamericanas al Congreso de mayoría republicana, generalmente sorda a esas aspiraciones. Asimismo el presidente norteamericano aboga por obtener un aplazamiento a la expulsión de ilegales. Pero lo realista sería aplicar una política migratoria que paute la contratación de mano de obra temporal o estable dentro de la ley, para no exponer a los miembros del éxodo a los riesgos de arresto y hasta de muerte, más allá de las orillas del río Grande.
Más recientemente, su gira de carácter humanitario por Centroamérica, se vio empañada por las denuncias de expulsiones de miles de inmigrantes ilegales del área, aquejados por la falta de oportunidades en sus respectivas naciones. Asimismo resucitaron antiguos rencores de la izquierda por el apoyo norteamericano a los gobiernos represivos que, con el pretexto de frenar a los movimientos subversivos, atentaron contra los derechos humanos de miles de inocentes.
No puede negarse que Clinton cumplió entonces el propósito central de su visita: recoger en vivo la experiencia de los desastres económicos, humanos y ecológicos desencadenados por el huracán Mitch. La Casa Blanca dio cuenta de un paquete de ayuda a los países afectados de mil millones de dólares, sin duda, uno de los más cuantiosos de la historia del área. Pero hay analistas que sostienen que el monto de la ayuda prometida se debe a que, después del paso del Mitch, otro huracán arremete contra su frontera sur: los millones de ilegales del istmo, que migran a Estados Unidos.
Ciertamente existe más de una razón para que el país del norte ponga algo más que ayuda humanitaria en Centroamérica, entre ellas los intereses de las compañías fruteras norteamericanas que datan de comienzos del siglo. Hay además una plusvalía para sus inversiones, de origen centroamericano, que justifica no solamente la ayuda económica coyuntural sino, como aspiran los mandatarios centroamericanos, ventajas de orden arancelario y otras facilidades para sus productos en su ingreso a Norteamérica.
Clinton ha prometido exponer las demandas centroamericanas al Congreso de mayoría republicana, generalmente sorda a esas aspiraciones. Asimismo el presidente norteamericano aboga por obtener un aplazamiento a la expulsión de ilegales. Pero lo realista sería aplicar una política migratoria que paute la contratación de mano de obra temporal o estable dentro de la ley, para no exponer a los miembros del éxodo a los riesgos de arresto y hasta de muerte, más allá de las orillas del río Grande.