Colombia y China: futuras crisis mundiales
Relacionista internacional
Es febrero de 2001. Los noticieros de RCN y Caracol de Colombia ponen al aire un anuncio sorprendente: Un pelotón de "asesores" estadounidenses es retenido en medio de la selva amazónica colombiana. Los guerrilleros de las FARC secuestran la unidad gringa tras un asalto a un cuartel en Caquetá. En la Casa Blanca, voces y rumores indican la previsible intervención militar en Sudamérica, con el fin de detener los abusos de los subversivos izquierdistas, además del tráfico de drogas ilegales hacia Estados Unidos.
En el otro lado del mundo, en ese mismo instante, un destructor de China Popular y una fragata taiwanesa intercambian disparos en el Estrecho de Formosa. De inmediato, varias naves mercantes son objeto de represalias. Portaaviones norteamericanos se encaminan hacia Taiwan para evitar que una masiva invasión comunista tome Taipei y Kaosiung. Es el comienzo de una conflagración global entre Washington y Pekín.
Los dos escenarios son el peor dolor de cabezas que puede tener un recién estrenado Presidente de los Estados Unidos. Pero George Bush Jr. puede verse envuelto en estas dos terribles crisis, sin siquiera aprovechar la comodidad del sillón de la Oficina Oval.
La realidad es que la América Latina tiene un serio problema: Colombia está en la etapa de transición, entre la consolidación de la paz o la victoria, dentro de cuatro años, de las guerrillas izquierdistas sobre el gobierno y ejército colombianos. Andrés Pastrana así lo cree; de allí pide a gritos la implementación del "Plan Colombia", que indirectamente permite la intervención militar estadounidense.
El anillo de seguridad en torno a Colombia ya está dispuesto: En el Caribe y el Pacífico colombianos, la armada norteamericana vigila los movimientos de los elementos subversivos. Desde la base de Manta de Ecuador, igual en Iquitos, Perú, salen aviones de reconocimiento de la USAF que toman fotos, monitorean las transmisiones radiales de los guerrilleros y determinan la posición de los campamentos subversivos. Como es usual, el Darién panameño recibe gran atención de los estrategas norteamericanos, porque por allí pasan las rutas del tráfico de armas y los narcóticos ilegales. Sólo basta una excusa para dar la orden desde Washington y el Pentágono desataría todo su poderío militar en el País de los Cafetales.
Pero en el caso del Estrecho de Formosa, las cosas son diferentes. Colombia es una cosa y China Popular es otra. Desde 1949, ocurre la situación "especial" de que un gobierno comunista dirige el territorio continental chino, mientras que en la Isla de Taiwan se encuentra la sede provisional de la República de China, entidad democrática fundada en 1912.
Pekín teme que la Administración Republicana done misiles interceptores de mediano alcance a Taiwan o se firme un acuerdo de cooperación militar extensivo para defender la isla de una invasión desde Fujien, en China Continental. Recordemos que la China Roja tiene un arsenal atómico envidiable con cohetes capaces de bombardear Alaska, Hawaii y California.
Tal como ocurre actualmente con las negociaciones entre Israel y Palestina, Washington debe gestionar un diálogo tripartito con las dos Chinas, antes que ambas naciones caigan en una confrontación directa que afectaría al comercio marítimo mundial, además de la paz y seguridad internacionales.
Esperemos que el presidente Bush y los encargados de la política exterior estadounidense sepan actuar en forma cónsona con las delicadas crisis en Colombia y en el Estrecho de Formosa, puesto que en caso de polémicas en estas regiones del mundo, nuestro país se vería grandemente afectado por el riesgo latente a sus intereses económicos en Sudamérica y Asia.