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Comentarios sobre un tema inconcluso (2)


La presencia de armamentos químicos en la República de Panamá se remonta casi a la apertura de la vía interoceánica en 1914. Luego que los mismos fueran empleados como instrumentos de aniquilación masiva en la Primera Guerra Mundial, William Sibert -general e ingeniero del ejército norteamericano, y quien diseñara las esclusas de Gatún- fue nombrado en 1918 director del recién establecido Servicio de Guerra Química de los Estados Unidos de América.
En 1921 se impartieron instrucciones para que dicho servicio elaborara planes utilizando pertrechos tóxicos para la defensa del Canal. El primer esquema debería estar listo para 1923, y así sucesivamente hasta llegar con disposiciones anuales hasta 1946. Para 1930, el ejército norteamericano contaba ya en la República de Panamá con una compañía de armas químicas integrada por dos oficiales y 77 soldados. El mayor general Preston Brown dirigió, por primera vez en suelo istmeño, ejercicios tácticos con sustancias simuladas en La Chorrera durante el mes de febrero de 1931. Ya en 1940 existían en nuestro país más de 100 toneladas de armamentos no convencionales a base de gas mostaza y compuestos de fósforo orgánico almacenados, principalmente, en Cerro Tigre.
222Las actividades de almacenamiento, pruebas de tolerancia al medio ambiente y detonaciones de armamentos químicos no se circunscribieron exclusivamente a las islas de San José e Iguana...
En esa misma fecha los Estados Unidos de América, además de Gran Bretaña y Canadá, decidieron colaborar estrechamente en el desarrollo y pruebas de armas químicas en diferentes escenarios en el ámbito mundial. Para tal fin necesitaban un entorno que simulara la selva tropical americana. El coronel estadounidense Robert McLeod inició en 1943 la selección de un lugar que cumpliese con lo antes expuesto. Las costas de Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Ecuador y Perú fueron analizadas detenidamente, hasta llegar a la conclusión que el mejor emplazamiento lo ofrecía la isla San José en el archipiélago de Las Perlas.
En noviembre de 1943, el brigadier general Egbert F. Bullene visitó la isla y confirmó el lugar como adecuado para los propósitos que perseguían. El 20 de diciembre del mismo año el cónsul norteamericano hizo la petición al gobierno panameño para llevar a cabo ejercicios militares con armas químicas en dicho sitio. El proyecto San José fue permitido por las autoridades locales y comenzó oficialmente el 6 de enero de 1944, acantonando más de 600 hombres entre soldados, oficiales y civiles. Se estima que más de 30 mil aparatos de diversos tamaños fueron lanzados hasta 1947, arrojando una cifra -estimada por los propios expertos en estos artefactos bélicos- de 3 mil proyectiles y bombas existentes con cargas químicas no detonadas en la isla San José y aguas aledañas.
Las actividades de almacenamiento, pruebas de tolerancia al medio ambiente y detonaciones de armamentos químicos no se circunscribieron exclusivamente a las islas de San José e Iguana, respectivamente. Tal es el caso de Río Hato, emplazamiento aéreo donde se depositaban los pertrechos no convencionales, y de donde decolaban las misiones de bombardeo a diversos puntos del Pacífico panameño. Fuerte Clayton se convirtió en la primera instalación castrense que efectuó experimentos en seres humanos sobre la efectividad del gas mostaza, además de haber servido como sede del Cuerpo de Pruebas Tropicales para estos compuestos en nuestro país. El sendero de Chivo - Chivo, Curundú y France Field fueron sitios de ensayos y abandono de armamentos químicos desde 1941 hasta 1956. Fuerte Gulick, los campos aéreos de Albrook y Howard, y sectores en Paraíso y Corozal también albergaron municiones no convencionales en 1941, y la boca del río Chagres se constituyó un sitio de rehabilitación para los envases del remanente bélico no convencional del proyecto San José.
La presencia de miles de artefactos químicos no detonados en suelo panameño -además de la peligrosa proximidad de algunos polígonos de tiro a nuestros centros urbanos más importantes- no puede manejarse como un incidente sin trascendencia, y cuya tolerancia pudiese favorecer las relaciones con las naciones culpables de la dañina contaminación que nos ocupa. Concluiré la semana entrante sobre qué hacer con este delicado asunto aún pendiente entre ambos países.
(rbermudez@cableonda.net)

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