Comercio libre, instrumento de paz
Dos focos de actual tensión internacional, los de Taiwán y Cuba, se aliviarían y a la larga, se solucionarían, con sólo dejar fluir libremente el comercio. Eso siempre fue siempre así a lo largo de la historia. Y, por el contrario, cada vez que fue entorpecido por las ambiciones o la miopía de algún poderoso, tales actos o situaciones condujeron inevitablemente a situaciones de conflicto y a la guerra. Si examináramos el trasfondo de la invasión a Irak, veríamos que la causa final es el comercio del petróleo. En gran medida, la independencia de las naciones iberoamericanas y de las antiguas colonias norteamericanas tuvo lugar porque los impuestos trababan el libre comercio, más que por las ideas libertarias en boga. El mismo derrumbe del imperio soviético, sobrevino porque su sistema aislacionista marginaba a su pueblo del rico y progresista intercambio de bienes y servicios que tenía lugar fuera de él, no porque nadie lo venciera o empujara.
Fidel Castro, si su edad lo permitiera, podría aguantar diez años más de bloqueo pero, en cambio, no resistiría ni diez meses de pegajoso contacto de su pueblo con los McDonald"s o del glamoroso impacto de los almacenes Fifth Avenue en La Habana. Al poco tiempo, el intercambio comercial y las infinitas ventanas que abre, terminarían integrando a las naciones. A la postre, a sus gobiernos no les quedaría más remedio que hacerse a un lado o sufrir un codazo de su pueblo en las costillas. Después vendría la música, la moda, la cultura, todo. El comercio libre es vida, es paz, prosperidad, progreso, oportunidad de crecer y ser mejor.
Por eso estamos contra el bloqueo norteamericano a Cuba, porque trabaja a favor del gobierno de la isla, en su afán por marginar a su pueblo del resto del mundo. El libre comercio tendría un efecto contrario, pues terminaría liberando a su pueblo y aislando a su gobierno, el que no tendría más opción que seguir abriendo o volver a cerrar, reprimiéndolo. A la postre, el régimen se derrumbaría como el Muro de Berlín.
En el estrecho de Taiwán ocurre igual. Es absurdo que la mayor parte del comercio entre China y Taiwán sea hoy indirecto; que sus respectivos barcos cargados de mercancías no puedan atracar en los puertos de uno y otro lado, encareciéndolo y restándole competitividad. Cierto que una sostiene que la otra es una provincia suya, y que la otra insista en ser una república independiente. Cualquiera sea la razón de uno y otro lado, los políticos de uno y otro lado debieran seguir su discusión en otra parte y permitir que, mientras polemizan, se desarrolle un comercio libre y directo entre sus ciudadanos, que comparten la misma sangre e historia.
Más temprano que tarde, el comercio libre terminaría forzando a los políticos a servirle y no como hoy ocurre, a la inversa. A la postre, tendrán que aceptar la realidad, que es mejor para ambos unirse y convertirse juntos en la primera potencia económica del planeta, con la ventaja de que son del mismo pueblo, porque son complementarios entre sí, porque les iría mejor juntos que separados, porque ganarían la paz.
Abrigo la convicción de que este hecho transcurrió después del mes de marzo de 1944. En marzo de 1944, yo fui liberado por gestiones de la Cruz Roja Internacional de mi condición de prisionero civil de los nazis.
Hasta entonces no teníamos noticias de la liberación de Norman Lewis. Jamás podré olvidar la hospitalidad y apoyo que me prodigó el valiente pueblo francés durante los años cruciales cuando la desesperanza afligía los ánimos y la ansiada intervención militar de los Estados Unidos para destronar el nazismo se vislumbraba incierta en lontananza cual deleznable quimera.
Fidel Castro, si su edad lo permitiera, podría aguantar diez años más de bloqueo pero, en cambio, no resistiría ni diez meses de pegajoso contacto de su pueblo con los McDonald"s o del glamoroso impacto de los almacenes Fifth Avenue en La Habana. Al poco tiempo, el intercambio comercial y las infinitas ventanas que abre, terminarían integrando a las naciones. A la postre, a sus gobiernos no les quedaría más remedio que hacerse a un lado o sufrir un codazo de su pueblo en las costillas. Después vendría la música, la moda, la cultura, todo. El comercio libre es vida, es paz, prosperidad, progreso, oportunidad de crecer y ser mejor.
Por eso estamos contra el bloqueo norteamericano a Cuba, porque trabaja a favor del gobierno de la isla, en su afán por marginar a su pueblo del resto del mundo. El libre comercio tendría un efecto contrario, pues terminaría liberando a su pueblo y aislando a su gobierno, el que no tendría más opción que seguir abriendo o volver a cerrar, reprimiéndolo. A la postre, el régimen se derrumbaría como el Muro de Berlín.
En el estrecho de Taiwán ocurre igual. Es absurdo que la mayor parte del comercio entre China y Taiwán sea hoy indirecto; que sus respectivos barcos cargados de mercancías no puedan atracar en los puertos de uno y otro lado, encareciéndolo y restándole competitividad. Cierto que una sostiene que la otra es una provincia suya, y que la otra insista en ser una república independiente. Cualquiera sea la razón de uno y otro lado, los políticos de uno y otro lado debieran seguir su discusión en otra parte y permitir que, mientras polemizan, se desarrolle un comercio libre y directo entre sus ciudadanos, que comparten la misma sangre e historia.
Más temprano que tarde, el comercio libre terminaría forzando a los políticos a servirle y no como hoy ocurre, a la inversa. A la postre, tendrán que aceptar la realidad, que es mejor para ambos unirse y convertirse juntos en la primera potencia económica del planeta, con la ventaja de que son del mismo pueblo, porque son complementarios entre sí, porque les iría mejor juntos que separados, porque ganarían la paz.
Abrigo la convicción de que este hecho transcurrió después del mes de marzo de 1944. En marzo de 1944, yo fui liberado por gestiones de la Cruz Roja Internacional de mi condición de prisionero civil de los nazis.
Hasta entonces no teníamos noticias de la liberación de Norman Lewis. Jamás podré olvidar la hospitalidad y apoyo que me prodigó el valiente pueblo francés durante los años cruciales cuando la desesperanza afligía los ánimos y la ansiada intervención militar de los Estados Unidos para destronar el nazismo se vislumbraba incierta en lontananza cual deleznable quimera.