Cómo se hace una mejor ciudad
Rudolph Guiliani es el alcalde de New York y tiene una década de ostentar el cargo, gracias al respaldo de sus votantes que en sucesivos comicios lo convirtieron en un político imbatible. El respaldo, no obstante, no fue gratuito. De algún modo convirtió una gigantesca letrina en una taza de oro y domeñó una delincuencia tan exuberante como sus rascacielos.
Hoy los neoyorquinos respiran con justificado orgullo por su "gran manzana" y apoyan la gestión de su alcalde a ultranza. Empero, con todo y eso, es difícil predecir si este año, Guiliani, quien aspira al cargo de senador por el partido Republicano, podrá vencer a la primera dama norteamericana, señora Hillary Clinton; aunque este será tema en otra ocasión.
Alguien podría preguntarse qué tiene que ver el alcalde de Nueva York con Panamá; a lo cual responderíamos que nuestra ciudad padece de los mismos males que en su momento enfrentó con pleno éxito Guiliani, pensamos que podemos aprender mucho de él y de su extraordinario trabajo.
¿Cómo lo hizo? Según ha explicado hasta el cansancio, Guiliani comenzó imponiendo estricto orden y autoridad. Para ello forjó una estrecha mancuerna con la policía y le brindó pleno respaldo para actuar con máximo rigor contra la delincuencia y demás infractores de la ley. En eso le ayudó su conocida proclividad autoritaria, que fue resentida al principio y aplaudida después por una ciudadanía harta de delincuencia y anarquía.
Tras su primer año, las estadísticas de criminalidad descendieron abruptamente y Nueva York abandonó el ignominioso primer o segundo lugar para situarse entre el promedio de EU. En los años siguientes fue descendiendo, incluso ahora. El metro, por ejemplo, se situó entre los más seguros del país a cualquier hora. Las calles son tomadas virtualmente, día y de noche, por un ejército de policías motorizados, a pie y a caballo. Su victoria sobre la delincuencia lo convirtió en mito.
El otro aporte fue el aseo de la ciudad y el respeto a ley. Guiliani giró órdenes terminantes a la policía y demás autoridades para multar, suspender, reprimir y aplicar sanciones de trabajo comunitario a quien arrojara papeles y escupitajos en la vía pública, pintarrajeara las paredes del metro y edificaciones, orinara en las aceras y violara las reglas de tránsito.
Al principio fue difícil, pues había la costumbre de considerar las leyes como letra muerta. Pero a las pocas semanas, tras caer los primeros infractores, el mensaje caló en la mayoría restante. En adelante no sería tolerada ninguna infracción, por pequeña que fuera y por grande que fuera el padrino. Tiempo después, la comunidad entera se sumó en su apoyo.
Hoy día, los vagones del metro muestran orgullosos las cifras estadísticas, de una delincuencia cercana a cero. Costó mucho esfuerzo y dinero, pero valió la pena. Legiones de agentes encubiertos fue emplazado a las horas de más riesgo, usando el transporte público. Y el rigor de la ley se dejó caer sin clemencia. El transporte público urbano fue sometido a la fuerza.
Los frutos están a la vista en términos de un virtual auge del turismo, las exposiciones y las compras, incluso en lugares antes vedados como el Barrio Chino, que hoy es custodiado a toda hora por policías de origen oriental. El atentado contra las Torres Gemelas fue resuelto en horas. En fin, se respira confianza y seguridad, como nunca antes. Y todo se logró con determinación y real sentido de servicio, sin demagogia.
Hoy los neoyorquinos respiran con justificado orgullo por su "gran manzana" y apoyan la gestión de su alcalde a ultranza. Empero, con todo y eso, es difícil predecir si este año, Guiliani, quien aspira al cargo de senador por el partido Republicano, podrá vencer a la primera dama norteamericana, señora Hillary Clinton; aunque este será tema en otra ocasión.
Alguien podría preguntarse qué tiene que ver el alcalde de Nueva York con Panamá; a lo cual responderíamos que nuestra ciudad padece de los mismos males que en su momento enfrentó con pleno éxito Guiliani, pensamos que podemos aprender mucho de él y de su extraordinario trabajo.
¿Cómo lo hizo? Según ha explicado hasta el cansancio, Guiliani comenzó imponiendo estricto orden y autoridad. Para ello forjó una estrecha mancuerna con la policía y le brindó pleno respaldo para actuar con máximo rigor contra la delincuencia y demás infractores de la ley. En eso le ayudó su conocida proclividad autoritaria, que fue resentida al principio y aplaudida después por una ciudadanía harta de delincuencia y anarquía.
Tras su primer año, las estadísticas de criminalidad descendieron abruptamente y Nueva York abandonó el ignominioso primer o segundo lugar para situarse entre el promedio de EU. En los años siguientes fue descendiendo, incluso ahora. El metro, por ejemplo, se situó entre los más seguros del país a cualquier hora. Las calles son tomadas virtualmente, día y de noche, por un ejército de policías motorizados, a pie y a caballo. Su victoria sobre la delincuencia lo convirtió en mito.
El otro aporte fue el aseo de la ciudad y el respeto a ley. Guiliani giró órdenes terminantes a la policía y demás autoridades para multar, suspender, reprimir y aplicar sanciones de trabajo comunitario a quien arrojara papeles y escupitajos en la vía pública, pintarrajeara las paredes del metro y edificaciones, orinara en las aceras y violara las reglas de tránsito.
Al principio fue difícil, pues había la costumbre de considerar las leyes como letra muerta. Pero a las pocas semanas, tras caer los primeros infractores, el mensaje caló en la mayoría restante. En adelante no sería tolerada ninguna infracción, por pequeña que fuera y por grande que fuera el padrino. Tiempo después, la comunidad entera se sumó en su apoyo.
Hoy día, los vagones del metro muestran orgullosos las cifras estadísticas, de una delincuencia cercana a cero. Costó mucho esfuerzo y dinero, pero valió la pena. Legiones de agentes encubiertos fue emplazado a las horas de más riesgo, usando el transporte público. Y el rigor de la ley se dejó caer sin clemencia. El transporte público urbano fue sometido a la fuerza.
Los frutos están a la vista en términos de un virtual auge del turismo, las exposiciones y las compras, incluso en lugares antes vedados como el Barrio Chino, que hoy es custodiado a toda hora por policías de origen oriental. El atentado contra las Torres Gemelas fue resuelto en horas. En fin, se respira confianza y seguridad, como nunca antes. Y todo se logró con determinación y real sentido de servicio, sin demagogia.