¿Cómo se salva a quien no quiere ser salvado?
Cuentan que en 1968 el entonces embajador norteamericano comentó "Yo no entiendo este país" y que un subordinado comentó "Sí. Es kafkiano", a lo que el embajador respondió: "No. Yo entiendo a Kafka; yo no entiendo este país". Tal vez estaría pensando en otra cosa pero hoy se aplica esa expresión con tanta fuerza como hace 38 años. ¿En dónde más se ha visto que un sindicato le haga huelga a una empresa de su propiedad? ¿En qué otra parte de Panamá el Gobierno le paga la quincena a los trabajadores en huelga de una empresa fracasada?
El proceso mediante el cual la empresa Chiquita Brands se deshizo de su división del Pacífico, mientras garantizaba que la fruta no se pudiera vender a más nadie, es un ejemplo de texto, de cómo una dirigencia sindical lleva a sus agremiados al despeñadero y quedamos todos los demás ciudadanos pagando los platos rotos. Que en el contrato, la nada pequeña Chiquita, se llevó la parte del león y que éste imposibilita a la COOSEMUPAR a vender su fruta a otros posibles compradores, es algo repetido hasta la saciedad. Pero que líderes tan duchos en negociaciones lo hayan firmado y el Gobierno de la época lo haya avalado con un financiamiento del Banco Nacional, es nada menos que escandaloso. Que los dirigentes que lo negociaron y firmaron caminen por las calles de Puerto Armuelles como si nada hubiera pasado, es simplemente kafkiano.
Todo lo que está pasando en Puerto Armuelles se veía venir desde hace más de seis años. La miopía de la dirigencia sindical, sumada a la mezquindad de la empresa de no irse sin cerrarle la puerta a otros, produjo una serie de circunstancias que han sumido a la región en una espiral de empobrecimiento agudo. Las esperanzas de nuevas inversiones como la de la mega refinería se tienden a estrellar con la bien ganada reputación de conflictivos desarrollada por los obreros de la región. ¿Quién puede salvar a un pueblo que no se quiere salvar a sí mismo?