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¿Cómo te sientes, Omar...?


Dieciocho horas después que al Cholito Adames le arrancaron bruscamente de sus diestras manos el timón de su Twin Other 201, sorprendido por aquella explosión que nada tuvo que ver con problemas en la nave ni con rayos de la naturaleza, Tony Noriega me llamó con su sequedad habitual a casa. Eran las cinco y media de la mañana: "Roberto, el Viejo anda perdido desde ayer y lo estamos buscando, avísale a Berta". Sin embargo, no me dijo nada de que hacía horas que las patrullas de los "Machos de Monte" habían encontrado los restos del avión, y el tronco desmembrado del general Omar Torrijos Herrera.
Si no has probado nunca la cocaína, ¿cómo vas a asegurar sus efectos?... Si no andas asesinando gente, ¿cómo vas a estar averiguando crímenes?... El gran médico, escritor, poeta y pintor nacional, ya ido en espíritu, Don José María Núñez, hizo un extraordinario óleo el mismo viernes 31 de julio de 1981, coincidiendo con aquel mediodía, en el cual un paisaje de serranías muestra una nube en forma de lobo, de la cual sale un rayo criminal que golpea otra nube con forma de perfil de un hombre adolorido. Por testimonio personal, en su propia casa, el gran maestro me confió que sintió premonitoriamente ese mediodía que el general Torrijos estaba muriendo físicamente. Tal óleo lo tuve en casa, hasta que pasó de manos.
Omar, con la misma terquedad que afrontó aquella jornada internacional impresionante para conseguir de todas maneras que Washington firmara un nuevo Tratado, también se salió con la suya aquel histórico día, profetizando su propia historia: "Mi muerte será violenta, como lo ha sido mi vida"... Un par de años antes, mientras charlábamos de cualquier cosa, me había dicho: "Está jodido que lo vean a uno acabado en una silla de ruedas después de tanta responsabilidad y mando, o que nos miren ya viejitos bailando tamborito en la calle, como dicen que lo hacía, ya chocho, el doctor Porras".
Como la gente no se tiene que imaginar a un Omar calcinado, desmembrado, lo grabaron en su disco duro como salió, a sus 53 años: erguido todavía, caminador de montañas, con su sombrero texano y su cantimplora de agua ("o de guaro", como dicen sus odiadores). Y así fue como quería que lo recordaran. ¿Para qué gastar energías en descubrir el crimen?... Si el proceso de transformación física de sus células se lo adelantaron con aquella bomba a distancia, ¿qué le importa, si más bien le hicieron un gran favor?.... De la tal muerte física, dice el eminente médico de la Clínica Mayo, hoy espíritu, Dr. Rolf Alexander: "Usted puede pegarse un tiro y destruir completamente su cerebro y paralizar los latidos de su corazón, pero aún así, usted ni nadie pueden acabar con su vida, sencillamente porque nadie acaba con un espíritu".
Los que quisieron destruir a Omar Torrijos, lo llevaron contra su voluntad a la gloria. A la de Dios, que sabe medir pecados y virtudes. A la de su pueblo, que recuerda su entrega y servicio (y que no está tan pendiente de sus "jaiboles" o sus mujeres inventadas o reales); a la del mundo internacional, donde a cada momento en viajes y latitudes distintas, nos dicen: "Panamá, ¿cómo está ese país del Canal, de "Mano de Piedra Durán" y de Omar Torrijos?... Estoy seguro que Omar no tiene el mínimo interés de buscar a sus criminales, entre otras razones, porque tendría que avergonzarlos más dándoles las gracias, y podría humillarlos mucho. Su prestigio, su trabajo, su amor a los pobres reconocido por el propio Monseñor MacGrath, hoy paseando por los mismos jardines que el general, todo eso se lo ganó él, el general. ¡Traficante de Drogas!... Hasta eso le han dicho quienes veinte años después no pueden dormir por el rencor y la envidia. Traficante de todo, pero no logran, con toda la ayuda de su CIA y de Jesse Helms, encontrar los supuestos millones que son el producto de los que trafican con la muerte. Omar traficó en todo caso, con puro cariño, a favor de la vida, con el respeto hacia los humildes, con el reto a los poderosos, con la fraternidad de los amigos, nacionales e internacionales. Allí está esa enorme bandera ondeando contra el viento en el Cerro Ancón, y todos los Ascanios Arosemena pueden llegar hasta esa falda sin temor a alambradas electrificadas. Allí está su canal, y el nuestro y del mundo, sin policías extraños y letreros de "no Trespassing". Ese canal que ahora tenemos que ponernos las pilas para que no se vuelva obsoleto, manejado por manos panameñas que han sido elogiadas como duchas y ejecutivas en el mundo internacional. Un canal Made in Panama, con los huesos y sangre de tantos mártires. Aunque nos estemos comiendo un cable, porque las casas de alquiler han sufrido una indudable baja, sin los gringos. Pero, al menos tampoco hay leyes de Louisiana, que nos metan en el cepo extranjero. Panamá queda ahora para el impulso de la inteligencia nacional, con ayuda de todos los que nos quieran en el mundo para hacer negocios. Como Costa Rica, Guatemala, y tantos países regionales que luchan inclementemente contra el sistema del capitalismo salvaje, pero que no han desaparecido por no tener gringos mandando. Omar, por supuesto y él lo dijo, no es el único responsable de todas esas reversiones de nuestros bienes y activos. Pero, sin Omar no hay canal panameño. "Llamemos al hombre por su nombre", tuvo que decir un hábil López Portillo, cuando a nombre de todos los mandatarios continentales, interpretaba aquel coro de docenas de miles que pedían la presencia de Omar, Omar, Omar, Omar, Omar, y no querían escuchar a ningún otro. Ese día de protocolo, en que el general escuchó llamarlo al presidente de México, llorando, mientras miles de voces le exigían estar presente; escuchando él esos actos con su radio de onda corta en su rancho presidencial de Coclesito, el mismo lugar que eligió para cumplir su profecía, rodeado siempre de sus amigos campesinos, que no lo buscaron para hacer negociados, como otros. ¿Para qué hablar hoy de complots?... Dejemos que los muertos entierren a sus muertos. En pleno siglo XXI, hay Omar Torrijos Herrera para buen rato.

101 años de Panamá América

 
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