Cómo un futuro presidente puede sobrevivir entre sobornos
Con dinero o con regalos se pueden "comprar" pedidos, contratos, favores; se puede convencer a un político o a un funcionario cualquiera o de alta jerarquía para que adjudique un contrato, o para que recalifique un terreno, aumentando considerablemente su valor. O, puede conseguir que se entregue sin retraso el pasaporte que se necesita, o que el inspector de hacienda no incluya en el acta todos los impuestos que en su día no se paga situación que incluye desde formas multimillonarias (vinculadas, a menudo, a grandes obras públicas, privatizaciones, contratos de suministro, etc., relacionadas con actuaciones mafiosas de gobiernos, políticos y funcionarios), hasta los llamados "pagos de facilitación" (por ejemplo, para que despachen en aduanas en un par de días lo que, de otro modo, tardaría un mes), sin olvidar el resbaladizo mundo de los sobornos y comisiones.
La podredumbre se extiende con facilidad, cuando las ocasiones son muchas, los beneficios elevados, y los riesgos pequeños creando un ambiente de permisividad. "Todos lo hacen... no hay nada malo en eso... si yo no lo hago, otro lo hará... son las reglas del juego".
Ser honrado puede salir "muy caro", en términos de ingresos, carrera y oportunidades en la vida, a no ser que la persona se apoye en convicciones firmes y viva en un ambiente en que la honradez sea la regla. Por eso el abuso es muy frecuente en ciertos ambientes en los que alguien tiene poder para decidir algo con un amplio margen de discrecionalidad y poca transparencia. Pero, en muchos casos, los efectos de la inmoralidad van todavía más allá. Si el que gana el contrato no es el que ofrecía las mejores condiciones de precio, calidad, etc., se causa un perjuicio -a veces muy grave- al que lo paga, y a los usuarios. Como dijo un arquitecto, "a raíz de los terremotos de 1999 en Turquía, lo que mató a la gente no fue el temblor de tierra, sino la corrupción, que llevó a construir miles de viviendas sin las mínimas condiciones de seguridad". Además, se puede cometer una injusticia con la empresa, porque la operación le acaba costando más de lo que debiera. Y con los demás licitantes, que tienen derecho a un procedimiento justo y, al menos alguno de ellos, a ganarlo limpiamente. Lo que es más grave, tanto el que paga como el que cobra habrán "aprendido" a ser sobornados. La competencia leal se desfigura. No triunfa el mejor, sino el que tiene menos escrúpulos. Las reglas del juego se falsean, el sistema económico y político se desprestigia, los ciudadanos se vuelven cínicos. A menudo, se forman mafias de políticos o funcionarios, para apoyarse mutuamente y evitar que alguno se escape sin "pasar por caja". Y se acaban pagando grandes sumas por ocupar determinados puestos, en función de las oportunidades de enriquecimiento rápido que proporcionan. En esta jugada sucia, cada vez hay más gente "infectada": el que discutió las condiciones de la operación con el funcionario o el político corrupto, el que apañó los presupuestos, el que llevó el dinero al intermediario, el que preparó las facturas falsas, el que anotó todo esto en la hoja de contabilidad y, el que elaboró el informe falso.
Un futuro presidente de una nación debe saber que existen los manuales de moral que ofrecen reglas explícitas para operar en estos casos. Debe actuarse con rectitud, porque se tiene derecho a lo que se pide (y más aún si se actúa en cumplimiento de un deber). Debe haber razones morales objetivas y proporcionadas a la gravedad de los daños causados. Deben tomarse todas las medidas posibles para evitar tener que pagar. Debe evitarse al daño a terceros, incluido el escándalo moral. Y todo esto debe examinarse con objetividad, contando, si es posible, con el consejo de un buen asesor, que sepa de moral, de extorsiones... y de negocios.
Futuro señor presidente de Panamá, si alguna vez se encuentra usted en un dilema de este tipo, párese a pensar cuándo se equivocó por primera vez, cuándo "se pasó" en atenciones para los pervertidos -comidas, viajes, diversiones-, llevándoles a pensar que era "carne de cañón" para una extorsión. Casi siempre, detrás de un caso de corrupción descubrirá usted un error de dirección. Por tanto, no diga que "yo no tengo ninguna culpa".
Futuro señor presidente, si está usted en un ambiente corrupto y quiere salir de él, tómeselo muy en serio. Cambie su estrategia, porque no podrá seguir haciendo negocios como antes sin pagar el "peaje". Anuncie medidas drásticas, y póngalas en práctica. No transija, ni con usted, ni con sus mejores colaboradores. "Esta vez, bueno, pero que sea la última" es una forma de rendición que sus colaboradores entenderán muy bien, pero no será la última. Y sepa usted que esto es caro, muy caro. ¿Cuánto dinero está dispuesto a perder, si en un ambiente de corrupción generalizada, se decide de verdad, a no pagar nunca más a un funcionario deshonesto?
Futuro señor presidente, ante una situación de deshonestidad, no se haga el ciego, sordo y torpe. Empiece a poner los medios para no tener que hacerlo. Busque apoyo en gente calificada y honesta. Pásese a otros sectores o regiones, y busque ventajas estratégicas -calidad, coste, innovación, servicio...que le permitan seguir obteniendo contratos sin necesidad de pagar.
El problema se presenta cuando ya no hablamos de un bolígrafo, sino de un automóvil último modelo, o de un yate, mansiones, etc. La pregunta clave es: una vez hecho el regalo u ofrecida la atención, ¿pierde la otra parte su independencia para actuar de acuerdo con su mejor criterio, al servicio de los intereses de la empresa o la administración que le ha contratado? Si se pierde esa independencia, estamos ante un soborno. Y esto puede depender de la cuantía de la atención, pero también de su frecuencia. Y, en caso de duda, recuerde que la sobriedad es siempre más atractiva que el despilfarro.
Más complicado es el tema de la financiación de los partidos políticos, mediante comisiones sobre contratos, licencias, concesiones públicas o, cuotas del salario de funcionarios. Más complicado, porque aquí no vale el regateo: o pagas, o no hay contrato. La solución hay que buscarla en un nivel superior. Los ciudadanos debemos hacer frente a nuestros políticos para exigirles la reforma de la legislación sobre la financiación de los partidos y para erradicar la falta de transparencia.
Las promesas deben ser cumplidas, y los contratos rigurosamente observados en la medida en que el compromiso adquirido es moralmente justo. Una parte notable de la vida económica y social depende del valor de los contratos entre personas físicas o morales. Igualmente, en los contratos comerciales de venta o compra, y en los contratos de arriendo o de trabajo. Todo contrato debe ser hecho y ejecutado de buena fe.
La podredumbre se extiende con facilidad, cuando las ocasiones son muchas, los beneficios elevados, y los riesgos pequeños creando un ambiente de permisividad. "Todos lo hacen... no hay nada malo en eso... si yo no lo hago, otro lo hará... son las reglas del juego".
Ser honrado puede salir "muy caro", en términos de ingresos, carrera y oportunidades en la vida, a no ser que la persona se apoye en convicciones firmes y viva en un ambiente en que la honradez sea la regla. Por eso el abuso es muy frecuente en ciertos ambientes en los que alguien tiene poder para decidir algo con un amplio margen de discrecionalidad y poca transparencia. Pero, en muchos casos, los efectos de la inmoralidad van todavía más allá. Si el que gana el contrato no es el que ofrecía las mejores condiciones de precio, calidad, etc., se causa un perjuicio -a veces muy grave- al que lo paga, y a los usuarios. Como dijo un arquitecto, "a raíz de los terremotos de 1999 en Turquía, lo que mató a la gente no fue el temblor de tierra, sino la corrupción, que llevó a construir miles de viviendas sin las mínimas condiciones de seguridad". Además, se puede cometer una injusticia con la empresa, porque la operación le acaba costando más de lo que debiera. Y con los demás licitantes, que tienen derecho a un procedimiento justo y, al menos alguno de ellos, a ganarlo limpiamente. Lo que es más grave, tanto el que paga como el que cobra habrán "aprendido" a ser sobornados. La competencia leal se desfigura. No triunfa el mejor, sino el que tiene menos escrúpulos. Las reglas del juego se falsean, el sistema económico y político se desprestigia, los ciudadanos se vuelven cínicos. A menudo, se forman mafias de políticos o funcionarios, para apoyarse mutuamente y evitar que alguno se escape sin "pasar por caja". Y se acaban pagando grandes sumas por ocupar determinados puestos, en función de las oportunidades de enriquecimiento rápido que proporcionan. En esta jugada sucia, cada vez hay más gente "infectada": el que discutió las condiciones de la operación con el funcionario o el político corrupto, el que apañó los presupuestos, el que llevó el dinero al intermediario, el que preparó las facturas falsas, el que anotó todo esto en la hoja de contabilidad y, el que elaboró el informe falso.
Un futuro presidente de una nación debe saber que existen los manuales de moral que ofrecen reglas explícitas para operar en estos casos. Debe actuarse con rectitud, porque se tiene derecho a lo que se pide (y más aún si se actúa en cumplimiento de un deber). Debe haber razones morales objetivas y proporcionadas a la gravedad de los daños causados. Deben tomarse todas las medidas posibles para evitar tener que pagar. Debe evitarse al daño a terceros, incluido el escándalo moral. Y todo esto debe examinarse con objetividad, contando, si es posible, con el consejo de un buen asesor, que sepa de moral, de extorsiones... y de negocios.
Futuro señor presidente de Panamá, si alguna vez se encuentra usted en un dilema de este tipo, párese a pensar cuándo se equivocó por primera vez, cuándo "se pasó" en atenciones para los pervertidos -comidas, viajes, diversiones-, llevándoles a pensar que era "carne de cañón" para una extorsión. Casi siempre, detrás de un caso de corrupción descubrirá usted un error de dirección. Por tanto, no diga que "yo no tengo ninguna culpa".
Futuro señor presidente, si está usted en un ambiente corrupto y quiere salir de él, tómeselo muy en serio. Cambie su estrategia, porque no podrá seguir haciendo negocios como antes sin pagar el "peaje". Anuncie medidas drásticas, y póngalas en práctica. No transija, ni con usted, ni con sus mejores colaboradores. "Esta vez, bueno, pero que sea la última" es una forma de rendición que sus colaboradores entenderán muy bien, pero no será la última. Y sepa usted que esto es caro, muy caro. ¿Cuánto dinero está dispuesto a perder, si en un ambiente de corrupción generalizada, se decide de verdad, a no pagar nunca más a un funcionario deshonesto?
Futuro señor presidente, ante una situación de deshonestidad, no se haga el ciego, sordo y torpe. Empiece a poner los medios para no tener que hacerlo. Busque apoyo en gente calificada y honesta. Pásese a otros sectores o regiones, y busque ventajas estratégicas -calidad, coste, innovación, servicio...que le permitan seguir obteniendo contratos sin necesidad de pagar.
El problema se presenta cuando ya no hablamos de un bolígrafo, sino de un automóvil último modelo, o de un yate, mansiones, etc. La pregunta clave es: una vez hecho el regalo u ofrecida la atención, ¿pierde la otra parte su independencia para actuar de acuerdo con su mejor criterio, al servicio de los intereses de la empresa o la administración que le ha contratado? Si se pierde esa independencia, estamos ante un soborno. Y esto puede depender de la cuantía de la atención, pero también de su frecuencia. Y, en caso de duda, recuerde que la sobriedad es siempre más atractiva que el despilfarro.
Más complicado es el tema de la financiación de los partidos políticos, mediante comisiones sobre contratos, licencias, concesiones públicas o, cuotas del salario de funcionarios. Más complicado, porque aquí no vale el regateo: o pagas, o no hay contrato. La solución hay que buscarla en un nivel superior. Los ciudadanos debemos hacer frente a nuestros políticos para exigirles la reforma de la legislación sobre la financiación de los partidos y para erradicar la falta de transparencia.
Las promesas deben ser cumplidas, y los contratos rigurosamente observados en la medida en que el compromiso adquirido es moralmente justo. Una parte notable de la vida económica y social depende del valor de los contratos entre personas físicas o morales. Igualmente, en los contratos comerciales de venta o compra, y en los contratos de arriendo o de trabajo. Todo contrato debe ser hecho y ejecutado de buena fe.