Con los transportistas no hay problema
La manera como se define un problema es más importante que su solución, pues no son pocas las veces en que la ausencia de una respuesta adecuada es más el resultado de una cuestión mal definida que de una verdadera e insuperable dificultad. No perdamos de vista que definir bien los problemas ayuda a solucionarlos.
Si decimos que el problema es que hay un conflicto entre el gobierno y los transportistas, estamos legitimando de algún modo la causa de unos señores llamados "transportistas". Quizás la realidad sea otra: los verdaderos transportistas, los conductores de autobuses, son un grupo de gente mal pagada, sin cobertura de seguro social, sin prestaciones laborales, maltratados y explotados por unos "pequeños empresarios" que se hacen llamar así mismos "dirigentes" del sector, pero que también ocupan posiciones preeminentes en los partidos políticos y escaños en la Asamblea Nacional.
Los supuestos gremios transportistas agrupan no a trabajadores, sino a los propietarios de los buses, quienes son, además, muy malos administradores de su propio negocio y que tienen métodos rufianescos para ponerse en ventaja al momento en que deben enfrentar un conflicto. Ni siquiera el Presidente de la República ha sido merecedor del más mínimo respeto de parte de los señores del transporte.
Lanzado el ultimátum contra el primer mandatario de la nación, en el sentido de que o se detiene la discusión de la ley, o se paraliza él transporte público, quedó claro quién manda en el país. El Gobierno tiene que decidir si va a obligar a la dirigencia transportista a respetar la ley, o si prefiere despejar los nubarrones de un enfrentamiento con este sector maléfico y mafioso, entregándole las llaves de la celda en que la temperatura es cómoda. Así se habrá comprado la paz, a costa de la complicidad y el abandono de los deberes del gobierno.
Si decimos que el problema es que hay un conflicto entre el gobierno y los transportistas, estamos legitimando de algún modo la causa de unos señores llamados "transportistas". Quizás la realidad sea otra: los verdaderos transportistas, los conductores de autobuses, son un grupo de gente mal pagada, sin cobertura de seguro social, sin prestaciones laborales, maltratados y explotados por unos "pequeños empresarios" que se hacen llamar así mismos "dirigentes" del sector, pero que también ocupan posiciones preeminentes en los partidos políticos y escaños en la Asamblea Nacional.
Los supuestos gremios transportistas agrupan no a trabajadores, sino a los propietarios de los buses, quienes son, además, muy malos administradores de su propio negocio y que tienen métodos rufianescos para ponerse en ventaja al momento en que deben enfrentar un conflicto. Ni siquiera el Presidente de la República ha sido merecedor del más mínimo respeto de parte de los señores del transporte.
Lanzado el ultimátum contra el primer mandatario de la nación, en el sentido de que o se detiene la discusión de la ley, o se paraliza él transporte público, quedó claro quién manda en el país. El Gobierno tiene que decidir si va a obligar a la dirigencia transportista a respetar la ley, o si prefiere despejar los nubarrones de un enfrentamiento con este sector maléfico y mafioso, entregándole las llaves de la celda en que la temperatura es cómoda. Así se habrá comprado la paz, a costa de la complicidad y el abandono de los deberes del gobierno.