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Concertación: crisis en espejo


Las Naciones Unidas, nacidas como reflejo de la voluntad antifascista del mundo, han tenido tres claras etapas:

La primera, optimista y corta, fue el periodo de dos años desde su fundación hasta el 48, cuando el discurso de Churchill en Fulton proclamó la guerra fría.

En la segunda fase la ONU y sus agencias hicieron de tampón entre los grandes bloques enfrentados en la guerra fría, mientras el Consejo de Seguridad simulaba vanamente servir de contención a situaciones emergentes, sus agencias trataban de diseminar por el Tercer Mundo el espejismo de la sociedad de bienestar. Su aparato técnico cumplió dentro de las posibilidades, pero estuvo restringido por la intencionalidad política que limitaba su efectividad.

No podemos dejar de destacar el vano sacrificio de sus vidas entregadas por Folke Bernardotte y Dag Hammarskjold. Ni Palestina nació, ni la cruenta explotación minera del Congo dio paz prosperidad a sus habitantes.

Por otra parte los creíbles y técnicamente correctos informes de las agencias especializadas solo sirvieron para que los gobiernos locales trazaran metas sin propósito de cumplimiento

La tercera fase surge con el cese del enfrentamiento bipolar. Nace ahora el choque posible entre quienes lanzaron una ofensiva a fondo para liquidar el Estado de Bienestar y quienes desesperadamente -y contra la pared- luchaban para salvar los restos del sueño de bienestar colectivo. Para terciar en las disputas surgieron los mecanismos de concertación, auspiciados por las agencias internacionales. Básicamente se trataba de lograr que los resistentes no ofrecieran una lucha cruenta que haría más dolorosa la transición al Estado Neoliberal. Estos mecanismos han entrado en una crisis en espejo con respecto a la ONU.

En la concertación los neoliberales venderían su orientación de bienestar basado en el “derrame”, y las organizaciones sociales negociarían la retirada salvando los que pudieran.

En la forma las organizaciones sociales participaban, porque era una gimnasia para interiorizarse de la agenda y mecanismos de manejo del Estado.

En el fondo se empezó a entender que la concertación era un mecanismo distractivo que evitaba la represión abierta y culminaba en la conciliación de intereses opuestos. No era una sinfonía de variadas voces sociales sino el tono monocorde de la voluntad del establecimiento.

En Panamá tenemos experiencias varias de eventos que culminaron con enjundiosos documentos, pero sin resultado real; el último fue la Concertación para el Desarrollo y de ella destacase el tratamiento de la Mesa de Salud. Se me antoja un símil con una corrida de toros en la cual el sujeto social, embravecido por la falta de respuestas y envenenamientos, es capoteado por los peones del torero, en este caso es el gobierno, hasta que agotado depone toda hostilidad.

Una nueva fase se abre hoy con la perspectiva del agotamiento del orden conocido. Ya no puede concebirse que las agencias de la ONU sigan patrocinando la distracción de la sociedad. En adelante lo que está el orden del día es la colaboración técnica para la cooperación social inter-pares. No más concertación.

101 años de Panamá América

 
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