Conciencia de contribuyente
Se le ve desparramado por todos los despachos y oficinas públicas, calentando sillas o haciendo cola, frente a funcionarios parsimoniosos que lo someten a infinita espera, mientras engullen una empanada o atienden una llamada personal. "El jefe está en misión oficial", contesta la secretaria con aire de importancia, "vuelva mañana". Y luego lo vemos retirarse cabizbajo, entre rabioso y resignado. Alguien se presentó a preguntar algo y el funcionario le atendió con grosería, y por poco le pega. "No estaba ensacado", dice. Ese es el contribuyente.
En ocasiones, se le puede observar en los hospitales y clínicas del Estado y del Seguro. Nunca hay en las farmacias lo que necesita y los turnos de atención son demorados. Dicen que el médico no vino, que los cupos están agotados. En más de una ocasión, un oscuro empleado tras una ventanilla, lo insulta o, en el mejor caso, le ladra, haciéndolo sentir miserable, como si le hicieran un favor. Mas resulta que es el contribuyente, esto es, el dueño de todo. El que paga la cuenta, la fiesta y los salarios. Y si se quiere, es el jefe máximo.
Ricardo Martinelli, hoy ministro del Canal, cuando ocupaba el cargo de director del Seguro Social, viniendo de la empresa privada, obligó a los funcionarios a que le llamaran "cliente"; y en varias ocasiones, se refirió a él como "el dueño o accionista del Seguro". Todo el mundo creyó que estaba loco, pero en el fondo tenía razón. Sin las cotizaciones de los asegurados, la institución no existiría ni tendría para sostenerse. Todos sus empleados e infraestructura tiene en los cotizantes y sus dependientes, su única razón de existir y a ellos deben su sustento.
Muchos contribuyentes envían a sus hijos a escuelas privadas y no usan los servicios del Seguro. Ellos merecen un homenaje y reconocimiento porque están subsidiando al Estado, permitiéndole ahorrar recursos para atender a otros que no pueden permitirse el lujo de salirse del sistema del servicio público para ingresar al privado.
Pero muy pocos contribuyentes tienen conciencia de su condición preponderante frente a la burocracia y el aparato estatal en general. Y del otro lado, el de los funcionarios, a la inversa, mucho menos. Eso se nota cuando se habla, por ejemplo, de "recursos del gobierno" o de "bienes, carros o dineros del Estado", como si fueran cosa ajena. Pues no. Todos son activos de los contribuyentes; y los funcionarios que los manejan y administran son sus empleados y deben rendirles cuenta de sus actos como lo que son, su jefe supremo.
Por eso, frente a una ventanilla o funcionario cualquiera, no importa su rango, - guardando las cortesías recíprocas del caso -, lo que se impone es la actitud preponderante del contribuyente que exige y paga por el servicio que requiere. Y eso es más actual ahora que el gobierno nacional, asediado de deudas e incapaz de ajustar su presupuesto, está en busca de una reforma tributaria que persigue que los contribuyentes aportemos más para su funcionamiento y las inversiones públicas.
El contribuyente debe tener conciencia de su fuerza y autoridad frente a los funcionarios altos y pequeños. Todos, incluso los que ejercen mando y jurisdicción y que ascendieron al cargo por elección popular le deben respeto y más que eso, tienen la obligación de darle explicaciones y rendirle cuentas de sus actos y omisiones, a más del elemental deber de servirle de manera eficiente.
En ocasiones, se le puede observar en los hospitales y clínicas del Estado y del Seguro. Nunca hay en las farmacias lo que necesita y los turnos de atención son demorados. Dicen que el médico no vino, que los cupos están agotados. En más de una ocasión, un oscuro empleado tras una ventanilla, lo insulta o, en el mejor caso, le ladra, haciéndolo sentir miserable, como si le hicieran un favor. Mas resulta que es el contribuyente, esto es, el dueño de todo. El que paga la cuenta, la fiesta y los salarios. Y si se quiere, es el jefe máximo.
Ricardo Martinelli, hoy ministro del Canal, cuando ocupaba el cargo de director del Seguro Social, viniendo de la empresa privada, obligó a los funcionarios a que le llamaran "cliente"; y en varias ocasiones, se refirió a él como "el dueño o accionista del Seguro". Todo el mundo creyó que estaba loco, pero en el fondo tenía razón. Sin las cotizaciones de los asegurados, la institución no existiría ni tendría para sostenerse. Todos sus empleados e infraestructura tiene en los cotizantes y sus dependientes, su única razón de existir y a ellos deben su sustento.
Muchos contribuyentes envían a sus hijos a escuelas privadas y no usan los servicios del Seguro. Ellos merecen un homenaje y reconocimiento porque están subsidiando al Estado, permitiéndole ahorrar recursos para atender a otros que no pueden permitirse el lujo de salirse del sistema del servicio público para ingresar al privado.
Pero muy pocos contribuyentes tienen conciencia de su condición preponderante frente a la burocracia y el aparato estatal en general. Y del otro lado, el de los funcionarios, a la inversa, mucho menos. Eso se nota cuando se habla, por ejemplo, de "recursos del gobierno" o de "bienes, carros o dineros del Estado", como si fueran cosa ajena. Pues no. Todos son activos de los contribuyentes; y los funcionarios que los manejan y administran son sus empleados y deben rendirles cuenta de sus actos como lo que son, su jefe supremo.
Por eso, frente a una ventanilla o funcionario cualquiera, no importa su rango, - guardando las cortesías recíprocas del caso -, lo que se impone es la actitud preponderante del contribuyente que exige y paga por el servicio que requiere. Y eso es más actual ahora que el gobierno nacional, asediado de deudas e incapaz de ajustar su presupuesto, está en busca de una reforma tributaria que persigue que los contribuyentes aportemos más para su funcionamiento y las inversiones públicas.
El contribuyente debe tener conciencia de su fuerza y autoridad frente a los funcionarios altos y pequeños. Todos, incluso los que ejercen mando y jurisdicción y que ascendieron al cargo por elección popular le deben respeto y más que eso, tienen la obligación de darle explicaciones y rendirle cuentas de sus actos y omisiones, a más del elemental deber de servirle de manera eficiente.