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Condiciones de la vida moderna


Comencemos por decir que la instrucción será, como todos los demás instrumentos que la civilización ha puesto en manos de los hombres, un medio para su dignificación o para su envilecimiento, según que él sea recta o torcidamente empleado. Pero hay algo muy cierto, dentro de las nuevas condiciones de la vida moderna: la educación constituye un imperativo vital. El hombre y la mujer privados de educación fundamental estarán condenados no solamente a permanecer rezagados en la vertiginosa carrera del progreso, sino a ser explotados por los más preparados e instruidos. La servidumbre ha revestido varias y diversas formas a través de los tiempos: la antigua fue la de los nobles sobre los plebeyos; la actual es la de los ricos sobre los pobres; la del futuro inmediato será la de los técnicos sobre los ignorantes.

Ante tales perspectivas, es preciso enfrentarse a este grave problema de la educación popular con ánimo decidido y valeroso, pero también con hondo criterio de responsabilidad social. Suministrar instrucción y nada más que instrucción a un pueblo de la ingenuidad y de la plasticidad del nuestro, sería como poner un arma de fuego (y esto ya lo estamos viviendo penosa y lamentablemente en Panamá) en las manos alocadas de un menor, de un adolescente. La instrucción elemental debe ir acompañada y basada sobre una educación ética fundamental. Ya lo dijeron los estoicos: la cultura sin moral es como un huerto sin frutos. Ninguna cultura es buena sino en función de la recta conducta.

La técnica moderna ha acumulado un tan extraordinario conjunto de vehículos sobre los amplios caminos del pensamiento, que éste se halla en capacidad de movilizarse en vertiginosa carrera hasta los más remotos rincones de caseríos y veredas. Lo que el hombre inventó ya está inventado y el hombre mismo será impotente para frenar el ciclo del desarrollo de sus propios descubrimientos. El que tales descubrimientos se pongan al servicio del bien o del mal, no depende de los descubrimientos en sí, sino de la misma naturaleza humana. La radio y la televisión llevan el eco del bullir universal, con sus tragedias, sus pasiones, sus vicios y sus angustias, hasta el retiro del pastor y la choza del campesino.

La ciudad atrae, como las luces de artificio, las miradas de las gentes del campo. Ya no habrá forma de mantener el sano y paradisíaco aislamiento en las montañas. El limpio aire de los campos ya se ve contaminado por el hollín de los suburbios. Para afrontar la turbia acometida de una civilización saturada de mezquinas pasiones, no hay más que un arma poderosa: la educación integral, el sentimiento religioso de un pueblo y un escudo posible: la fe en los destinos espirituales del hombre.

101 años de Panamá América

 
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