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Confesiones


En un artículo titulado "Ladrón, ladrón, ladrón", publicado el año pasado en el diario La Prensa, Monseñor Rómulo Emiliani involucra a la Iglesia Católica como partícipe de la actual crisis socio-política, cuando confiesa que también existen curas que le "roban el tiempo" a sus feligreses con "babosadas" en una misa. No conforme con ello, en otro artículo titulado ¡Oh! ¿Pero qué tiene el dinero?, publicado en el mismo diario el 21 de febrero pasado, Monseñor Emiliani reconoce que la Iglesia también "tiene vela en este entierro" al admitir, entre otras cosas, que han "...tenido acceso a los centros de influencia...", en donde no llegaron "...a crear la suficiente conciencia social..." en muchos de los hoy señalados por la sociedad. Deduzco que los centros de influencia, a los que se refiere el Monseñor Emiliani, son los centros educativos.
¡Qué ironía! En medio de toda esta porquería, la persona posiblemente más admirada y respetada de la Curia panameña es la que "se tira la primera piedra". Me sumo a ese sentimiento de culpa porque brindé mis servicios como educador en un colegio católico por siete años, en donde equivocadamente me limité a enseñar mi materia (Química) porque estimaba que el resto (lo humano, lo social, lo cívico, lo moral, etc.) era función de los curas.
¿Pero, cuál es el principal centro de influencia de nuestro país? Creo que nadie podrá negar que es la Universidad de Panamá: la más alta casa de estudios, la cuna de la cultura panameña, la rectora del conocimiento en Panamá, la que la Constitución protege otorgándole autonomía. Si todo esto es cierto, entonces por qué nadie de la Universidad ha confesado su "vela en este entierro". -Y se supone que ustedes son los que más saben- es el comentario que me hace mi esposa cuando "le cuento algunas cosas" de la Universidad.
111Confieso que ha sido muy poca mi labor para crear una conciencia humanista por temor a ser visto como cursi o raro.
Soy un profesor de la Universidad de Panamá que ni siquiera tiene cátedra, por lo que dejaré el honor de tales confesiones a aquéllos quienes la han dirigido, y me limitaré a lo que en lo personal posiblemente he fallado.
Confieso que durante muchos años era de los que pensaba que el estudiante universitario era lo suficientemente maduro como para no necesitar un esfuerzo de parte del profesor para motivarlo al estudio. Confieso que ha sido muy poca mi labor para crear una conciencia humanista por temor a ser visto como cursi o raro, así mismo como muchas veces me abstengo de hablar de valores ante mis hijos para evitar ser visto como anticuado.
Confieso mis limitaciones para trabajar con grupos donde la mayoría no son "muy aventajados", y que en esos casos tomo medidas para evitarme problemas. Confieso que me he abstenido de tomar algunas acciones que considero necesarias por evitar una mala evaluación de parte de los estudiantes.
Confieso que he sido cobarde ante el paternalismo de algunos decanos. Confieso que en lugar de luchar por lo que pienso es correcto, me he refugiado en la Facultad de Medicina, donde siento que puedo exigirme, donde los estudiantes se exigen y donde con mucha satisfacción puedo poner buenas calificaciones. Confieso que no lo he confesado todo.

101 años de Panamá América

 
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