Conocer y creer en la democracia
Opinamos sobre democracia sin haber aprendido su significado y profundizado en el concepto crítico de la misma. Hablamos de la misma igual que alborozamos sobre la libertad sin aprender a vivir en ella y eso nos hace cometer errores que no son perdonables.
Hace algunas semanas leí sobre un informe del PNUD en cuanto a una encuesta llevada a cabo en países de América Latina, de la cual se concluye que hay una crisis de confianza en las democracias. Luego de la cadena de gobiernos autocráticos en los años 70 y 80, recuperamos los gobiernos democráticos y hoy, después de tres lustros, el informe revela que "un 54.7% de encuestados prefería un régimen autocrático a uno democrático en el 2002, si les "resolvieran" su precaria situación".
Es preocupante ese resultado porque seis de cada diez latinoamericanos prefieren las dictaduras y aducen que su situación económica es más importante que el sistema de gobierno.
He dicho anteriormente que cuando hay hambre no progresa ningún movimiento político ni se cimienta ningún régimen de gobierno y a nadie le interesa quién es el Presidente ni otras autoridades; ellos buscan llevar alimento a sus hogares.
No es realmente que no les agrade la democracia; es que en ella no se sienten satisfechos sin que los políticos soluciones sus problemas.
Una encuesta deja en claro que "la democracia por sí misma no ha logrado reducir en forma significativa los índices de desigualdad económica, política y social".
Es que la democracia no es sólo ir a unas elecciones, depositar su voto y hacerlo valer. Pero, tampoco la democracia nos da bienestar, salud, vivienda ni empleos; allí está el error y el desconocimiento del concepto democracia.
Cuando los gobiernos nos dan lo enumerado arriba, se fortalece la democracia. Esta no es la causa de que existan esos factores; es tan sólo la consecuencia que lleva a un pueblo a creer en los políticos, en los gobiernos y partidos políticos.
Comprendamos que la falta de conocimiento y de posesiones físicas lleva a los latinoamericanos a desear nuevamente gobiernos dictatoriales. Y esta situación ambivalente permite que aparezcan personajes chantajistas de las necesidades de un pueblo, los engatusan y les hacen creer que son los salvadores y que el destino los ha colocado allí para solucionar sus problemas.
Debemos saber que es importante la gobernabilidad democrática y si los políticos no dan la oportunidad de utilizarla en el desarrollo humano con entes políticos, la economía no florecerá si no hay un reto político.
Los ciudadanos estamos obligados a defender la democracia en el concepto integral de la misma y, si para esto es necesario presionar o castigar los políticos, pues lo haremos para que enderecen el rumbo del país. ¿Hasta dónde los ciudadanos están dispuestos a respaldar la democracia como tal y anteponerla a sus propias necesidades?
Sin soluciones de los factores primarios de necesidad no habrá democracia; no basta que sólo un sector de la ciudadanía respalde la democracia.
¿Qué hay de los habitantes de las áreas rurales apartadas donde la civilización no llega? ¿Creerán en la democracia? Hay que activarla para hacer crecer la cantidad de quienes la apoyan. Si es cierto que en este sistema de gobierno se facilita el equilibrio político, no olvidemos dejar el abuso de los gobernantes y dirigentes para sus propios intereses porque deben privar los intereses de las masas evitando la desigualdad y la pobreza que en nada ayudan a la preservación de la democracia.
El deterioro de las instituciones políticas desgasta la credibilidad en ellas y hace perder la fe en la democracia. Esta justifica su existencia con organización y garantía de los derechos y del origen de la misma.
Si perdemos la democracia, volveremos a las injusticias, la corrupción y nos saldremos de los parámetros de vivir en libertad y con decencia. Hay que salvarla y preservarla con amor.
Hace algunas semanas leí sobre un informe del PNUD en cuanto a una encuesta llevada a cabo en países de América Latina, de la cual se concluye que hay una crisis de confianza en las democracias. Luego de la cadena de gobiernos autocráticos en los años 70 y 80, recuperamos los gobiernos democráticos y hoy, después de tres lustros, el informe revela que "un 54.7% de encuestados prefería un régimen autocrático a uno democrático en el 2002, si les "resolvieran" su precaria situación".
Es preocupante ese resultado porque seis de cada diez latinoamericanos prefieren las dictaduras y aducen que su situación económica es más importante que el sistema de gobierno.
He dicho anteriormente que cuando hay hambre no progresa ningún movimiento político ni se cimienta ningún régimen de gobierno y a nadie le interesa quién es el Presidente ni otras autoridades; ellos buscan llevar alimento a sus hogares.
No es realmente que no les agrade la democracia; es que en ella no se sienten satisfechos sin que los políticos soluciones sus problemas.
Una encuesta deja en claro que "la democracia por sí misma no ha logrado reducir en forma significativa los índices de desigualdad económica, política y social".
Es que la democracia no es sólo ir a unas elecciones, depositar su voto y hacerlo valer. Pero, tampoco la democracia nos da bienestar, salud, vivienda ni empleos; allí está el error y el desconocimiento del concepto democracia.
Cuando los gobiernos nos dan lo enumerado arriba, se fortalece la democracia. Esta no es la causa de que existan esos factores; es tan sólo la consecuencia que lleva a un pueblo a creer en los políticos, en los gobiernos y partidos políticos.
Comprendamos que la falta de conocimiento y de posesiones físicas lleva a los latinoamericanos a desear nuevamente gobiernos dictatoriales. Y esta situación ambivalente permite que aparezcan personajes chantajistas de las necesidades de un pueblo, los engatusan y les hacen creer que son los salvadores y que el destino los ha colocado allí para solucionar sus problemas.
Debemos saber que es importante la gobernabilidad democrática y si los políticos no dan la oportunidad de utilizarla en el desarrollo humano con entes políticos, la economía no florecerá si no hay un reto político.
Los ciudadanos estamos obligados a defender la democracia en el concepto integral de la misma y, si para esto es necesario presionar o castigar los políticos, pues lo haremos para que enderecen el rumbo del país. ¿Hasta dónde los ciudadanos están dispuestos a respaldar la democracia como tal y anteponerla a sus propias necesidades?
Sin soluciones de los factores primarios de necesidad no habrá democracia; no basta que sólo un sector de la ciudadanía respalde la democracia.
¿Qué hay de los habitantes de las áreas rurales apartadas donde la civilización no llega? ¿Creerán en la democracia? Hay que activarla para hacer crecer la cantidad de quienes la apoyan. Si es cierto que en este sistema de gobierno se facilita el equilibrio político, no olvidemos dejar el abuso de los gobernantes y dirigentes para sus propios intereses porque deben privar los intereses de las masas evitando la desigualdad y la pobreza que en nada ayudan a la preservación de la democracia.
El deterioro de las instituciones políticas desgasta la credibilidad en ellas y hace perder la fe en la democracia. Esta justifica su existencia con organización y garantía de los derechos y del origen de la misma.
Si perdemos la democracia, volveremos a las injusticias, la corrupción y nos saldremos de los parámetros de vivir en libertad y con decencia. Hay que salvarla y preservarla con amor.