Conozca al cliente, práctica válida
Hace poco dispuse hacer un pequeño ahorro, previendo algunas contingencias a la vista, por razón de la circunstancia laboral a la que estoy sometido cada cierto tiempo. No era mucho. Se trataba de una milésima del último pago retroactivo que recibí. Pensé en un banco, ubicado en la terminal de Albrook, debido a que resido en Panamá Oeste. Mantener este ahorro en el lugar me era favorable. Fui al Banco Nacional y transmití a la oficial de aperturas de cuentas mi deseo. Me pareció muy afable, hasta que me dijo lo que me cayó desagradable. ¡Sorpresa!. ¡O da tres nombres de personas que lo conocen o no se puede abrir su cuenta de ahorros! (Sic).
Quise sustentar que no estaba pidiendo un préstamo personal sino abriendo una cuenta de ahorros con el producto de mi sueldo; sin embargo, el reglamento del Banco Nacional así lo exigía, según la funcionaria. Además, me advirtió que - inclusive- tendría que buscar otras referencias en la Asociación Panameña de Crédito, mejor conocida como la temible APC. Me levanté del puesto que ocupaba y me dirigí a la Caja de Ahorros, ubicada a unos cuantos metros. ¡Qué afabilidad! ¡Qué trato agradable!, hasta cuando llegamos al tema de las referencias y números telefónicos de personas que me conocen. Esta misma historia me incomodó. Llegué a pensar que si era mejor ahorrar en un banco o guardar dinero en el congelador de una refrigeradora o bien, enterrarlo en el patio de la casa. Salí de allí y fui al banco frente a la CA. Allí me atendió el gerente, quien fue un docente tratando de explicar y justificar esta práctica bancaria, que según dijo, forma parte de los acuerdos interbancarios, tanto local como internacional, contra el lavado de dinero sospechoso de actividades ilícitas. En lapsus me pregunté que si hubiera llegado con un maletín lleno de dinero, el mismo gerente tomaría el maletín y procedería a abrir la cuenta. Pero este hombre me pareció de una buena práctica bancaria. Total, los pocos balboas o dólares que pensé ahorrar los malgasté y frustré una vieja práctica que desde pequeño me inculcaron y que resultaba útil al final del año.
Los lectores se preguntarán el porqué he narrado esta historia. Debo explicar -entonces- que durante los años 1996 y 1997 dos certificaciones del Departamento de Estado al Congreso de Estados Unidos, buscaban sustentar lo poco que Panamá cooperaba con las actividades represivas contra el narcotráfico y el lavado de dinero. Aquellos informes devastadores y desmoralizadores para con un país, socio en la lucha contra el narcotráfico, eran casi idénticos a los que muchas veces pasaron por mis manos cuando me desempeñé como jefe de prensa y divulgación de la Comisión Bancaria. La diferencia está en que estos últimos, puntualizan más en la malicia y la irresponsabilidad de sus relatores con intenciones de hacer daño a la economía nacional.
"Las memorias de una embajada", cuyo autor es el conocido abogado, doctor Eduardo Morgan hijo, analiza cómo es que algunos funcionarios de la administración norteamericana preparan dichos informes que, al fin y al cabo, son el producto de un capricho, y los países afectados deben poner el grito al cielo. La inteligencia y la dedicación del Dr. Morgan, me ponen de su lado y me recuerda aquel dicho callejero de que ningún mono se ve su propio rabo. Para el embajador Morgan, fue fácil demostrar que en Estados Unidos la práctica bancaria de "conocer a su cliente" es desconocida y por allá, en los bancos norteamericanos de mayor prestigio, se registra un incontrolable lavado de dinero. Los casos - entre otros los de los Ruiz Massieu, Mark Jiménez, el grupo de García Abrego, demuestran la vulnerabilidad y las debilidades legales del sistema bancario estadounidense que permite grandes depósitos sin conocer al cliente.
Los ataques de las certificaciones de 1996 y 1997, en aquellos años, estuvieron dirigidos contra el Centro Bancario panameño, las sociedades anónimas, la Zona Libre de Colón y los negocios conocidos como offshore y, como bien subraya el diplomático panameño, más que señalar delitos, dejaron - en claro - la impresión de que el objetivo fue desprestigiar al país. Panamá, es plaza competidora de las ciudades de Miami, Florida, New York, Delaware, Wyoming y eliminarla se transformaría en ventaja para las estadounidenses; sin embargo, es curioso que en las plazas norteñas el lavado de dinero, a través de los bancos, es un escándalo; las sociedades anónimas y los negocios de offshore hasta por Internet y fax se constituyen, y las transacciones en efectivo sobrepasan excedentes impresionantes.
En Panamá las leyes, en cada una de estas disciplinas de negocio, son rigurosas y, en Estados Unidos hay agujeros que abren caminos a los delitos. Por ello, coincido en que la verdadera estrategia a seguir entre ambos pueblos y gobiernos es consolidar objetivos comunes para una alianza de cooperación y no una imposición de coerción impresa en una certificación, muchas de las cuales, a juicio del embajador Morgan, fueron perniciosa y ofensiva para nuestro país. Gracias a "Las memorias de una embajada" admito lo injusto que fui en cegarme con respecto a los requisitos que exige el centro bancario panameño, para la apertura de cuentas de ahorros y, al doctor Eduardo Morgan, le agradezco su empeño y misión, con sentido de patria y valentía para hacer respetar con firmeza nuestra condición de país soberano. Los resultados ya son palpables.
Quise sustentar que no estaba pidiendo un préstamo personal sino abriendo una cuenta de ahorros con el producto de mi sueldo; sin embargo, el reglamento del Banco Nacional así lo exigía, según la funcionaria. Además, me advirtió que - inclusive- tendría que buscar otras referencias en la Asociación Panameña de Crédito, mejor conocida como la temible APC. Me levanté del puesto que ocupaba y me dirigí a la Caja de Ahorros, ubicada a unos cuantos metros. ¡Qué afabilidad! ¡Qué trato agradable!, hasta cuando llegamos al tema de las referencias y números telefónicos de personas que me conocen. Esta misma historia me incomodó. Llegué a pensar que si era mejor ahorrar en un banco o guardar dinero en el congelador de una refrigeradora o bien, enterrarlo en el patio de la casa. Salí de allí y fui al banco frente a la CA. Allí me atendió el gerente, quien fue un docente tratando de explicar y justificar esta práctica bancaria, que según dijo, forma parte de los acuerdos interbancarios, tanto local como internacional, contra el lavado de dinero sospechoso de actividades ilícitas. En lapsus me pregunté que si hubiera llegado con un maletín lleno de dinero, el mismo gerente tomaría el maletín y procedería a abrir la cuenta. Pero este hombre me pareció de una buena práctica bancaria. Total, los pocos balboas o dólares que pensé ahorrar los malgasté y frustré una vieja práctica que desde pequeño me inculcaron y que resultaba útil al final del año.
Los lectores se preguntarán el porqué he narrado esta historia. Debo explicar -entonces- que durante los años 1996 y 1997 dos certificaciones del Departamento de Estado al Congreso de Estados Unidos, buscaban sustentar lo poco que Panamá cooperaba con las actividades represivas contra el narcotráfico y el lavado de dinero. Aquellos informes devastadores y desmoralizadores para con un país, socio en la lucha contra el narcotráfico, eran casi idénticos a los que muchas veces pasaron por mis manos cuando me desempeñé como jefe de prensa y divulgación de la Comisión Bancaria. La diferencia está en que estos últimos, puntualizan más en la malicia y la irresponsabilidad de sus relatores con intenciones de hacer daño a la economía nacional.
"Las memorias de una embajada", cuyo autor es el conocido abogado, doctor Eduardo Morgan hijo, analiza cómo es que algunos funcionarios de la administración norteamericana preparan dichos informes que, al fin y al cabo, son el producto de un capricho, y los países afectados deben poner el grito al cielo. La inteligencia y la dedicación del Dr. Morgan, me ponen de su lado y me recuerda aquel dicho callejero de que ningún mono se ve su propio rabo. Para el embajador Morgan, fue fácil demostrar que en Estados Unidos la práctica bancaria de "conocer a su cliente" es desconocida y por allá, en los bancos norteamericanos de mayor prestigio, se registra un incontrolable lavado de dinero. Los casos - entre otros los de los Ruiz Massieu, Mark Jiménez, el grupo de García Abrego, demuestran la vulnerabilidad y las debilidades legales del sistema bancario estadounidense que permite grandes depósitos sin conocer al cliente.
Los ataques de las certificaciones de 1996 y 1997, en aquellos años, estuvieron dirigidos contra el Centro Bancario panameño, las sociedades anónimas, la Zona Libre de Colón y los negocios conocidos como offshore y, como bien subraya el diplomático panameño, más que señalar delitos, dejaron - en claro - la impresión de que el objetivo fue desprestigiar al país. Panamá, es plaza competidora de las ciudades de Miami, Florida, New York, Delaware, Wyoming y eliminarla se transformaría en ventaja para las estadounidenses; sin embargo, es curioso que en las plazas norteñas el lavado de dinero, a través de los bancos, es un escándalo; las sociedades anónimas y los negocios de offshore hasta por Internet y fax se constituyen, y las transacciones en efectivo sobrepasan excedentes impresionantes.
En Panamá las leyes, en cada una de estas disciplinas de negocio, son rigurosas y, en Estados Unidos hay agujeros que abren caminos a los delitos. Por ello, coincido en que la verdadera estrategia a seguir entre ambos pueblos y gobiernos es consolidar objetivos comunes para una alianza de cooperación y no una imposición de coerción impresa en una certificación, muchas de las cuales, a juicio del embajador Morgan, fueron perniciosa y ofensiva para nuestro país. Gracias a "Las memorias de una embajada" admito lo injusto que fui en cegarme con respecto a los requisitos que exige el centro bancario panameño, para la apertura de cuentas de ahorros y, al doctor Eduardo Morgan, le agradezco su empeño y misión, con sentido de patria y valentía para hacer respetar con firmeza nuestra condición de país soberano. Los resultados ya son palpables.