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Consagrar



Consagrar

Rosendo Torres
Sacerdote jesuita
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El 11 de enero pasado, en multitudinaria concentración católica en las instalaciones del Colegio de La Salle, nuestras máximas autoridades eclesiásticas consagraron la República de Panamá al Sagrado Corazón de Jesús.
Al terminar la ceremonia desfilaron los asistentes complacidos, eufóricos y llenos de entusiasmo por la corta experiencia piadosa en la que habían participado, y sabiendo que se había consagrado el país. Pero el país somos todos y cada uno de nosotros los creyentes, porque a los no creyentes no les habrá importado un bledo, ya que eso no estaba en su agenda ni estará, ni sabrán, ni les interesa saber para qué sirve dentro de la mentalidad mercantilista con que se mira todo lo que sucede.
Sin embargo, en el amplio horizonte de las actividades religioso-humanas que se pueden ofrecer a esta comunidad civil zambullida en multitud de problemas y más problemas, cuyas soluciones se convierten a su vez en otros problemas, la inspiración religiosa surge y ofrece consagrar a Dios este país, alabando al Señor, mostrando arrepentimiento por los desvíos cotidianos del recto camino y, sobre todo, ofreciéndose con seriedad al Señor colectivamente como una vía para salir de los muchos círculos viciosos en que estamos encerrados.
Consagrar es hacer sagrado a alguien o algo. Conferir a alguien o algo fama o preeminencia en determinado ámbito o actividad. Dedicar, ofrecer a Dios por culto o voto una persona o cosa. Dedicar con suma eficacia y ardor, algo para determinado fin. Es un acto eclesiástico por el cual una persona o cosa queda definidamente separada para una actividad religiosa.
Consagrar, en nuestro lenguaje ordinario, lo usamos también para describir y calificar el empeño con que una persona se dedica no sólo en las horas laborables, sino en sus tiempos libres a una actividad de distinto carácter positivo. Por ejemplo, decimos es un consagrado historiador, un consagrado periodista, un consagrado educador, o incluso en los deportes, un consagrado deportista, aludiendo al hecho que a la hora en que lo busquemos, lo encontramos en su tema específico. Por tanto, consagrar se entiende esa tenacidad y dedicación.
Por tanto, la consagración, más que terminología, es algo interno; algo que sin ello lo externo no tiene valor. Recordemos que Dios "plantó su ley en el corazón".
Recordemos parte del texto consecratorio por el que "nos comprometemos a configurar nuestra vida con el Evangelio, poniendo en práctica el mandamiento del amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo, para que se instaure en nuestra patria tu reino de "Verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz". Una consagración de todos, presupone que ya ha antecedido la consagración personal e individual según aquello que "totum sequitur partes", el todo sigue a las partes. Así que ese nosotros somos todos.
En la consagración ofrecemos "a todos los miembros del pueblo de Dios (incluso a los que no creen), a los obispos, presbíteros y diáconos, a los religiosos y religiosas, a lo seminaristas, a los miembros de las comunidades parroquiales, de las asociaciones, movimientos apostólicos y a todos los fieles laicos para que con la ayuda de tu gracia, conozcamos el verdadero amor".
No dudo que muchos pensaran : "a mí no pueden haber incluido, pues yo ando por otros caminos de corte más pragmático posmoderno y por otro lado, no me han consultado", sin embargo la consagración involucra a todos "tirios y troyanos", ya que nuestra referencia a Dios está por encima de todo y no es electiva, ya que somos más que la rutina de cotidianidad.
Por eso, en el texto se consagra "al Corazón amoroso de Jesús, esta patria panameña" (de frontera a frontera), provincia por provincia, el crisol de razas, el pluralismo de creyentes y de diversidad de oficios y talentos, y de todos sus anhelos y preocupaciones "para que cure sus heridas , enjugue las lágrimas y nos proteja contra las asechanzas del mal", "para que supere la violencia y el desorden social que nos aqueja en estos difíciles momentos de nuestrra historia". Adhirámonos a esa consagración.
Los adictos a los estupefacientes se vuelven irritables, violentos y poco a poco deterioran su forma de vivir, terminando muchos como indigentes.
En Panamá, las drogas que más se consumen son la marihuana, cocaína, éxtasis y "crack" (piedra).
Así como Pro-Vida, hay otras organizaciones, que se dedican a la rehabilitación de los adolescentes que han caído en el consumo de drogas.

101 años de Panamá América

 
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