Constituyente: mitos y realidades
Desde hace varios lustros, algunas corrientes organizadas de la opinión pública, constituidas predominantemente por abogados, vienen planteando por diversas razones la necesidad de que se convoque en Panamá, una Asamblea Nacional Constituyente que dé paso a un nuevo marco jurídico-institucional que facilite la solución de los grandes problemas que aquejan a la sociedad panameña. Algunos alegan que es necesario eliminar lo que ellos denominan la constitución militarista; otros afirman que nuestra carta fundamental ya no responde a las realidades de los nuevos tiempos.
La pregunta es la siguiente: ¿Es la constituyente un mecanismo para resolver los problemas de una sociedad? La experiencia histórica de América Latina y en menor grado de Europa, revela que las asambleas constituyentes se convocan como resultado de profundas crisis políticas de diversa intensidad. En Perú, durante el gobierno del general Francisco Morales Bermúdez (1975-1980), la cúpula militar decidió convocar a una Asamblea Nacional Constituyente para facilitar el retorno de éstos a los cuarteles. Los constituyentes redactaron la Constitución de 1980, una de las más democráticas y avanzadas de la historia del Perú. Bajo el paraguas de esta constitución, fueron elegidos los presidentes Fernando Belaunde Terry (1980-1985) y Alan García (1985-1990). A ambos mandatarios les tocó gobernar en uno de los períodos más inestables y críticos de la historia del país, caracterizado por la hiperinflación, la corrupción y la irrupción de la guerrilla de Sendero Luminoso. Ninguno de los grandes problemas del país, fueron resueltos. Más bien, se crearon las condiciones para la aparición de Alberto Fujimori, presidente del Perú desde 1991, y que convocó a una nueva Asamblea Constituyente que promulgó una nueva carta fundamental a la medida del Fujimurismo.
En 1990, en Colombia, a iniciativa de los estudiantes universitarios y de otros sectores, se convocó a la Asamblea Constituyente que promulgó una nueva Carta Fundamental en 1991. Desde ese entonces se han sucedido los gobiernos de César Gaviria, Ernesto Samper y el actual de Pastrana y ninguno de los grandes problemas de Colombia se han resuelto, en particular la Guerra Civil.
La más radical de las recientes experiencias constituyentes, es la que se protagoniza en Venezuela bajo el liderazgo del excoronel del ejército, Hugo Chavez, presidente de ese país, desde marzo de 1999. La experiencia que vive Venezuela equivale a una revolución de baja intensidad, pues por las características de aquella sociedad, la oligarquía venezolana ha sido desplazada del poder por las capas medias, que alcanzan su mejor nivel de organización en las Fuerzas Armadas. A pesar de esta irrupción atípica de los militares, los cambios se impulsan dentro de un marco democrático y constitucional. Pero con todos los cambios, los problemas sociales y económicos del país acumulados por décadas se han agravado bajo la presidencia de Chavez. Sin embargo, Chavez fue reelegido cómodamente como presidente de Venezuela, el domingo 28 de julio, porque aún representa para las grandes masas de ese país, una esperanza.
Destacaremos el caso de Francia. Bajo el mandato de Charles De Gaulle, se promulga la Constitución de 1958, que funda la denominada Quinta República Francesa, después de una larga crisis política desde 1947. La constitución es en muchos aspectos suprapresidencialista y autoritaria. Pero esta constitución, sentó las bases de la estabilidad política y económica del país. Dio paso a un gobierno de izquierdas (1981-1995), después de 23 años de gobiernos conservadores (1958-1981), y a dos cohabitaciones entre socialistas y conservadores. El país se ha desarrollado y las libertades de los ciudadanos están garantizadas. La fortaleza de las instituciones políticas francesas no se deben a la constitución en sí, sino a la madurez que han alcanzado las relaciones políticas dentro de la sociedad.
Los Estados Unidos, cuya constitución fuera redactada en 1787, ha venido desarrollando sus sistema constitucional a través de las denominadas enmiendas, que constituyen de por sí una reforma profunda del texto constitucional. Cuando en 1964, el congreso aprobó la ley de Derechos Civiles que protege a las minorías, este país pasó de democracia a poliarquía. La poliarquía estadounidense funciona a través de los grupos organizados que cabildean (lobby) a favor de los sectores: de los negros, los hispanos, las mujeres, de los derechos de los niños, de los animales, los ecologistas, de los empresarios, de los contribuyentes, de los sindicatos, los intelectuales, los científicos, etc. Es la fortaleza de los grupos organizados lo que garantiza la estabilidad política e institucional de ese país.
En resumen, lo que queremos decir, es que no es una nueva constitución lo que va a garantizar el desarrollo económico y estabilidad política del país. Si el nivel de desarrollo alcanzado por la sociedad en sus diferentes facetas no lo permiten, no habrá constitución que sirva, porque son las fuerzas sociales organizadas las que realmente pueden garantizar que una constitución funcione. En Francia y los Estados Unidos, las constituciones funcionan porque esos países no son democracias, sino poliarquías, es decir, lo que Aristóteles denominó en su época la Politía, un sistema que facilita la participación de amplios sectores de la sociedad en los asuntos del país, sea por medios directos o indirectos.
En nuestra opinión, la Constitución de 1972, reformada en 1978, y 1983, es una constitución liberal típica, que amplió los preceptos de derecho social ya introducidos en la Constitución de 1946, y que se inspira en los principios clásicos de la separación de poderes. Si muchos de sus articulados no se cumplen, no se debe a la constitución, sino a las características de las fuerzas sociales que controlan el poder político y por el bajo nivel de organización de las clases sociales de nuestra sociedad, en sus diferentes expresiones. Lo anterior es a su vez, reflejo del grado de desarrollo económico, social y cultural del país. No creemos que una constituyente en Panamá sea viable en los próximos años por dos razones: El sistema político no ha entrado en crisis, y las fuerzas que podrían cambiar el sistema no están organizadas. De darse una crisis, nada garantiza que una nueva constitución sea mejor que la actual. Por lo tanto, afirmar que una Asamblea Constituyente ofrece las bases para resolver los problemas estructurales que mantienen a nuestra sociedad en el subdesarrollo, es totalmente inexacto.
La pregunta es la siguiente: ¿Es la constituyente un mecanismo para resolver los problemas de una sociedad? La experiencia histórica de América Latina y en menor grado de Europa, revela que las asambleas constituyentes se convocan como resultado de profundas crisis políticas de diversa intensidad. En Perú, durante el gobierno del general Francisco Morales Bermúdez (1975-1980), la cúpula militar decidió convocar a una Asamblea Nacional Constituyente para facilitar el retorno de éstos a los cuarteles. Los constituyentes redactaron la Constitución de 1980, una de las más democráticas y avanzadas de la historia del Perú. Bajo el paraguas de esta constitución, fueron elegidos los presidentes Fernando Belaunde Terry (1980-1985) y Alan García (1985-1990). A ambos mandatarios les tocó gobernar en uno de los períodos más inestables y críticos de la historia del país, caracterizado por la hiperinflación, la corrupción y la irrupción de la guerrilla de Sendero Luminoso. Ninguno de los grandes problemas del país, fueron resueltos. Más bien, se crearon las condiciones para la aparición de Alberto Fujimori, presidente del Perú desde 1991, y que convocó a una nueva Asamblea Constituyente que promulgó una nueva carta fundamental a la medida del Fujimurismo.
En 1990, en Colombia, a iniciativa de los estudiantes universitarios y de otros sectores, se convocó a la Asamblea Constituyente que promulgó una nueva Carta Fundamental en 1991. Desde ese entonces se han sucedido los gobiernos de César Gaviria, Ernesto Samper y el actual de Pastrana y ninguno de los grandes problemas de Colombia se han resuelto, en particular la Guerra Civil.
La más radical de las recientes experiencias constituyentes, es la que se protagoniza en Venezuela bajo el liderazgo del excoronel del ejército, Hugo Chavez, presidente de ese país, desde marzo de 1999. La experiencia que vive Venezuela equivale a una revolución de baja intensidad, pues por las características de aquella sociedad, la oligarquía venezolana ha sido desplazada del poder por las capas medias, que alcanzan su mejor nivel de organización en las Fuerzas Armadas. A pesar de esta irrupción atípica de los militares, los cambios se impulsan dentro de un marco democrático y constitucional. Pero con todos los cambios, los problemas sociales y económicos del país acumulados por décadas se han agravado bajo la presidencia de Chavez. Sin embargo, Chavez fue reelegido cómodamente como presidente de Venezuela, el domingo 28 de julio, porque aún representa para las grandes masas de ese país, una esperanza.
Destacaremos el caso de Francia. Bajo el mandato de Charles De Gaulle, se promulga la Constitución de 1958, que funda la denominada Quinta República Francesa, después de una larga crisis política desde 1947. La constitución es en muchos aspectos suprapresidencialista y autoritaria. Pero esta constitución, sentó las bases de la estabilidad política y económica del país. Dio paso a un gobierno de izquierdas (1981-1995), después de 23 años de gobiernos conservadores (1958-1981), y a dos cohabitaciones entre socialistas y conservadores. El país se ha desarrollado y las libertades de los ciudadanos están garantizadas. La fortaleza de las instituciones políticas francesas no se deben a la constitución en sí, sino a la madurez que han alcanzado las relaciones políticas dentro de la sociedad.
Los Estados Unidos, cuya constitución fuera redactada en 1787, ha venido desarrollando sus sistema constitucional a través de las denominadas enmiendas, que constituyen de por sí una reforma profunda del texto constitucional. Cuando en 1964, el congreso aprobó la ley de Derechos Civiles que protege a las minorías, este país pasó de democracia a poliarquía. La poliarquía estadounidense funciona a través de los grupos organizados que cabildean (lobby) a favor de los sectores: de los negros, los hispanos, las mujeres, de los derechos de los niños, de los animales, los ecologistas, de los empresarios, de los contribuyentes, de los sindicatos, los intelectuales, los científicos, etc. Es la fortaleza de los grupos organizados lo que garantiza la estabilidad política e institucional de ese país.
En resumen, lo que queremos decir, es que no es una nueva constitución lo que va a garantizar el desarrollo económico y estabilidad política del país. Si el nivel de desarrollo alcanzado por la sociedad en sus diferentes facetas no lo permiten, no habrá constitución que sirva, porque son las fuerzas sociales organizadas las que realmente pueden garantizar que una constitución funcione. En Francia y los Estados Unidos, las constituciones funcionan porque esos países no son democracias, sino poliarquías, es decir, lo que Aristóteles denominó en su época la Politía, un sistema que facilita la participación de amplios sectores de la sociedad en los asuntos del país, sea por medios directos o indirectos.
En nuestra opinión, la Constitución de 1972, reformada en 1978, y 1983, es una constitución liberal típica, que amplió los preceptos de derecho social ya introducidos en la Constitución de 1946, y que se inspira en los principios clásicos de la separación de poderes. Si muchos de sus articulados no se cumplen, no se debe a la constitución, sino a las características de las fuerzas sociales que controlan el poder político y por el bajo nivel de organización de las clases sociales de nuestra sociedad, en sus diferentes expresiones. Lo anterior es a su vez, reflejo del grado de desarrollo económico, social y cultural del país. No creemos que una constituyente en Panamá sea viable en los próximos años por dos razones: El sistema político no ha entrado en crisis, y las fuerzas que podrían cambiar el sistema no están organizadas. De darse una crisis, nada garantiza que una nueva constitución sea mejor que la actual. Por lo tanto, afirmar que una Asamblea Constituyente ofrece las bases para resolver los problemas estructurales que mantienen a nuestra sociedad en el subdesarrollo, es totalmente inexacto.