Construyendo un país de todos
El país de todos, es el país en el que cada uno está dispuesto a hacer algo por los demás. Es el país en el que existe un sustrato nacional que sirve de denominador común entre la gente, es el país en el que se identifican intereses colectivos, en medio del respeto a la individualidad, es el país en el que priva la democracia de las oportunidades, es el país donde los temores no superan a las esperanzas.
Según el más puro tradicionalismo político, los congresos de partidos en los que no hay elecciones, son como carnavales sin reina. Pero para una nueva generación de políticos, comprometidos con la construcción de un modelo actualizado de liderazgo, un congreso para discutir nuevos fundamentos puede tener, y de hecho tiene, tanto o mayor significado que uno electoral. Para Panamá y los panameños, ya de carnaval y de reinas ha habido demasiado desde 1999 y, según el ex presidente arnulfista Guillermo Endara, todo parece indicar que así va a ser hasta el 2004.
De lo que sí hay muy poco, es de ese compromiso renovador que las nuevas generaciones traen consigo. Juventud y revolución van de la mano, y ambas juntas son la antesala de la madurez. El liderazgo actual del PRD ha demostrado estar en una franca etapa de madurez, la dirección de Martín Torrijos ha pasado por todas las pruebas de fuego, dentro y fuera del partido. Surgió en una hora crítica, tras la atmósfera de derrota, confusión y vacío que se cernió sobre el partido en 1998, se expuso de manera intensa a una difícil competencia frente a experimentados correligionarios, significó el ascenso a nuevos peldaños de un sentimiento de orgullo político; en la contienda electoral, enfrentó la derrota con hidalguía, de ella hizo surgir ánimos para luchar por una nueva visión y una nueva misión. Es como si en una persona y en un puñado de personas, se hubiera reproducido toda la historia de triunfos y derrotas que definen hoy la madurez del propio partido al que pertenecen.
Un congreso destinado a discutir la argumentación central de un partido en este momento, en medio de condiciones caracterizadas por la demagogia, hipotecas políticas impagables y la improvisación desde las más altas esferas del poder, constituye una luz de esperanza: ¡Alguien se está preparando! ¡Alquien no quiere improvisar cuando llegue al poder! ¡Alguien no quiere descubrir a última hora que decenas de miles de panameños no tienen agua desde hace más de una década! ¡Alguien no quiere hacer del gobierno anterior, de los medios de comunicación, o de la crisis internacional, el estribillo de excusas para esconder la propia incapacidad!
Construyendo el país de todos es un lema muy comprometedor. Implica una acción en permanente presente, no cesa, es un estado de ánimo, una forma de ser que implica también la inclusión de todos, sin sectarismos, valen los de adentro y los de afuera. Es el reconocimiento de que no se puede hacer patria sin patriotas, sin gente que ame su país; no se puede hacer futuro sin presente, sin gente que esté dispuesta a hacer de su esfuerzo particular, su diezmo cívico. Todos cuentan cuando se trata de hacer un nuevo y mejor país.
Quienes quieran definir su conducta política en función del usufructo del pasado tendrán su derecho y su terreno para ello, pero es una opción destinada al fracaso. La construcción tiene sentido cuando existe una concepción de lo que se quiere tener como obra, un objetivo, una visión hacia adelante.
En horabuena hubo quienes se fijaron la meta de infundir un nuevo espíritu en un partido que se ha planteado el reto de abrirse e incluir, al mismo tiempo que respetar. El congreso de un partido político que se propone la discusión de una nueva declaración de principios, de un nuevo programa y la adecuación de sus estatutos, bajo el lema construyendo el país de todos, levanta el telón y deja sobre el escenario a todo un colectivo que acepta el reto que le plantea el nuevo siglo.
Según el más puro tradicionalismo político, los congresos de partidos en los que no hay elecciones, son como carnavales sin reina. Pero para una nueva generación de políticos, comprometidos con la construcción de un modelo actualizado de liderazgo, un congreso para discutir nuevos fundamentos puede tener, y de hecho tiene, tanto o mayor significado que uno electoral. Para Panamá y los panameños, ya de carnaval y de reinas ha habido demasiado desde 1999 y, según el ex presidente arnulfista Guillermo Endara, todo parece indicar que así va a ser hasta el 2004.
De lo que sí hay muy poco, es de ese compromiso renovador que las nuevas generaciones traen consigo. Juventud y revolución van de la mano, y ambas juntas son la antesala de la madurez. El liderazgo actual del PRD ha demostrado estar en una franca etapa de madurez, la dirección de Martín Torrijos ha pasado por todas las pruebas de fuego, dentro y fuera del partido. Surgió en una hora crítica, tras la atmósfera de derrota, confusión y vacío que se cernió sobre el partido en 1998, se expuso de manera intensa a una difícil competencia frente a experimentados correligionarios, significó el ascenso a nuevos peldaños de un sentimiento de orgullo político; en la contienda electoral, enfrentó la derrota con hidalguía, de ella hizo surgir ánimos para luchar por una nueva visión y una nueva misión. Es como si en una persona y en un puñado de personas, se hubiera reproducido toda la historia de triunfos y derrotas que definen hoy la madurez del propio partido al que pertenecen.
Un congreso destinado a discutir la argumentación central de un partido en este momento, en medio de condiciones caracterizadas por la demagogia, hipotecas políticas impagables y la improvisación desde las más altas esferas del poder, constituye una luz de esperanza: ¡Alguien se está preparando! ¡Alquien no quiere improvisar cuando llegue al poder! ¡Alguien no quiere descubrir a última hora que decenas de miles de panameños no tienen agua desde hace más de una década! ¡Alguien no quiere hacer del gobierno anterior, de los medios de comunicación, o de la crisis internacional, el estribillo de excusas para esconder la propia incapacidad!
Construyendo el país de todos es un lema muy comprometedor. Implica una acción en permanente presente, no cesa, es un estado de ánimo, una forma de ser que implica también la inclusión de todos, sin sectarismos, valen los de adentro y los de afuera. Es el reconocimiento de que no se puede hacer patria sin patriotas, sin gente que ame su país; no se puede hacer futuro sin presente, sin gente que esté dispuesta a hacer de su esfuerzo particular, su diezmo cívico. Todos cuentan cuando se trata de hacer un nuevo y mejor país.
Quienes quieran definir su conducta política en función del usufructo del pasado tendrán su derecho y su terreno para ello, pero es una opción destinada al fracaso. La construcción tiene sentido cuando existe una concepción de lo que se quiere tener como obra, un objetivo, una visión hacia adelante.
En horabuena hubo quienes se fijaron la meta de infundir un nuevo espíritu en un partido que se ha planteado el reto de abrirse e incluir, al mismo tiempo que respetar. El congreso de un partido político que se propone la discusión de una nueva declaración de principios, de un nuevo programa y la adecuación de sus estatutos, bajo el lema construyendo el país de todos, levanta el telón y deja sobre el escenario a todo un colectivo que acepta el reto que le plantea el nuevo siglo.