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Contaminación acústica


Cuando hablamos de contaminación ambiental acuden a nuestra mente las clásicas imágenes de ríos destruidos, playas sucias y basureros de gallinazos, sin embargo, esos problemas sólo representan una parte de los desequilibrios ecológicos que padecemos. Un tema menos conocido es el que se refiere a la contaminación acústica y del que expondremos algunas ideas.
Se entiende por tal tipo de contaminación la saturación sonora que experimentamos en nuestro medio al recibir un conjunto de estímulos que lesionan nuestro sentido auditivo. En efecto, en las sociedades actuales se hace cada vez más insoportable el convivir entre sonidos de automóviles, aparatos musicales e industriales. Pareciera que nos relacionamos con los demás bajo el supuesto de que quien más grita es quien mejor piensa. El ruido, que no es otra coas que un sonido molesto, se escucha por doquier. Estamos rodeados de escándalos sonoros que conducen inevitablemente al embotamiento de los sentidos. Atrás quedaron los tiempos del contacto armónico con el entorno. A manera de ejemplo, citemos el caso de la música instrumental o aquella que proviene de la propia naturaleza. Hemos generado tal dependencia acústica que sentimos fobia por el silencio; ese silencio que siempre fue la antesala para las grandes meditaciones, la introspección y la creatividad del hombre. Piense usted nada más en aquel hombre que activa la radio o la televisión, no para escuchar o ver, sino por el temor a tener que pasar por el "desagradable" trance de quedarse sólo con su mente en un mundo en donde no experimenta la intensidad sonora a la que está acostumbrado.
Llevamos nuestro ruido a todas partes. Vamos al río o al mar dotados de horrendos aparatos para reproducir una música estridente. Al parecer hemos descendido en la escala zoológica, porque nos resulta extraño escuchar el rumor de las olas, el murmullo del agua en el río o el encanto del viento que entona su canción entre las copas de los árboles. Al contrario, los tiempos actuales son de algarabía sónica, de dejarse alienar en la selva de los decibeles excesivos.
Como sabemos, la intensidad del sonido se mide en decibeles (dB) y un hombre normal está en la capacidad de soportar alrededor de 65 dB. Si ello es así, alguien nos está robando el derecho a vivir en paz, a experimentar sosiego y a escuchar sólo aquello que es de nuestro agrado. Parafraseando a Benito Juárez podríamos decir que el respeto al silencio ajeno es la paz.
Las implicaciones del ruido son desastrosas para la salud humana. Se ha demostrado que la exposición continuada a él genera tensión, problemas cardiovasculares, sordera, aumento de la presión arterial, fatiga y alteraciones del sueño. Sin embargo, muy poco se hace en la historia del hombre. Siempre ha existido, pero lo específico de nuestro tiempo es la intensidad que ha asumido a partir de la Revolución Industrial. Vivimos en ciudades ruidosas, con jóvenes que constantemente son sometidos al bombardeo sónico de las discotecas, con autos dotados de bocinas estridentes y en barriadas donde en los fines de semana los vecinos no sólo se emborrachan con aguardiente, sino con dotaciones musicales que rayan con lo patológico. Por ejemplo, se ha calculado que escuchando música rock, en el interior de un local cerrado de una discoteca, la intensidad del sonido ronda los 110 decibeles. Igualmente una calle con tráfico intenso puede llegar a 80 decibeles.
Lo trágico de toda esta contaminación que padecemos, radica en percatarnos lo poco que hemos hecho para suprimir el exceso de ruido. El hombre moderno tiene que aprender a convivir con algún grado de ruido, pero ello no supone que lo haga soportando los destructores niveles que padecemos. Por ejemplo, en Panamá no existen claras disposiciones jurídicas sobre el tema y nuestra socialización apunta más a la jarana que a la vida sosegada.
La Sociología Ambientalista tiene en la tal problemática un tema que aún está virgen y que con un estudio serio podría aportar soluciones. Tiene que ser así, porque el análisis del tema propuesto no es tan sólo un asunto propio de la física e ingeniería, sino que abarca a campos como el que fundara Augusto Comte. Debemos admitir que el sonido, y el ruido en consecuencia, deben mucho a la dimensión local, ya que parte de su definición depende del contexto social y cultural. Dicho de otra manera, el ruido es simultáneamente un fenómeno físico y social. Por ello, mucho podría decir la sociología sobre la interacción entre ambientes sociales y ruidos excesivos.
Aquí en Panamá, por ejemplo convendría analizar como somos expuestos al ruido dependiendo del área geográfica que se habite (rural o urbana) clase social, el nivel educativo o cualesquiera otra variable. En las áreas rurales podríamos analizar el ruido en los llamados jardines de diversiones, ya sea en su modalidad de música de acordeones o de discotecas. Personalmente conocemos de casos de cantantes de música típica que padecen de problemas auditivos.
Al iniciar el nuevo siglo estamos ante un nuevo reto: el estudio de la contaminación acústica con una visión holística y teniendo presente que los panameños aún estamos a tiempo de crear leyes que nos alejen de las estridencias sonoras y, sobre todo, el fomentar una cultura que propicie una armónica convivencia con los sonidos.

101 años de Panamá América

 
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