Contra el delito, represión y prevención
La directora del Instituto de Criminología de la Universidad de Panamá, Aida Selles de Palacios, ha criticado el doble discurso de la empresa privada que, por una parte, se quejan de la poca efectividad de la Policía al combatir el crimen, y en otra, se opone a medidas de prevención tales como el imponer horarios a bares y cantinas, y restringir la venta de armas. A su juicio, debe invertirse más dinero y recursos en la prevención y no en la represión. En nuestro caso, pensamos que se requieren ambas.
Sobre el control de venta de armas, razón tiene, pero no para restringirlas a personas idóneas física y mentalmente. Normalmente, son los ciudadanos de bien quienes las compran legalmente, no así los delincuentes que se suplen por canales irregulares. Si se impusiera demasiadas restricciones a los primeros, se daría ventaja a los últimos, que cuentan hoy con abundante y variado arsenal.
Hace poco, en Colón, en dos incidentes serios que involucró sendos asesinatos, se usó mini Uzis, que son pequeñas ametralladoras de asalto israelíes. Y unas semanas atrás, un edificio en vía Porras fue agujerado con un fusil de guerra ruso AK 47. El decomiso de grandes arsenales es cosa de todos los días. Por aquí circula desde granadas de mano hasta cohetes antitanque. Y no es irrazonable pensar que parte de ese material pueda quedarse en pago de servicios a las mafias locales.
Pero hay otras medidas de prevención que deben practicarse. Algunas de ellas deben dirigirse a la creación de empleos, capacitación para ejercer oficios, actividades de recreación para jóvenes, campañas de educación contra las drogas y el alcohol, programas de participación comunitario y familiar, programas de educación a favor de los valores cívicos, etc. Para esto hay que apoyar a las iglesias y ONGs que desarrollan actividades en el mismo sentido.
El sujetar a horarios a las cantinas y bares, durante los días de semana (lunes a jueves), salvo en zonas turísticas férreamente vigiladas, es buena idea. En Washington, cierran discotecas a poco de la media noche; y quien quiera seguir, debe irse a su casa. Hay que prohibir y hacer más severo el control de armas en lugares públicos (playas, saraos, discotecas, jorones). Debe multiplicarse la presencia policial en esos sitios. Es cuestión de ver las estadísticas de lugares de mayor incidencia criminal.
Pero elevar el nivel de represión no está de más. Hay que practicar grandes, frecuentes y sorpresivos operativos de rastreo de armas y delincuentes en zonas “calientes” (El Martillo, El Hueco, Santa Marta, San Joaquín, Cerro Cocobolo, Tocumen, Colón, Tinajitas, Curundú, El Chorrillo, Arraiján, La Chorrera, David). No hay que dar al crimen tiempo para respirar ni pensar. El patrullaje debe ser continuo y constante. Y cuanto antes, debe adoptarse una legislación que ampare el trabajo policial, para que se le dé siempre al agente el beneficio de la duda y tenga más discrecionalidad en el uso de la fuerza. Así ocurre en Estados Unidos y se ha logrado controlar la delincuencia en gran medida.
Sobre el control de venta de armas, razón tiene, pero no para restringirlas a personas idóneas física y mentalmente. Normalmente, son los ciudadanos de bien quienes las compran legalmente, no así los delincuentes que se suplen por canales irregulares. Si se impusiera demasiadas restricciones a los primeros, se daría ventaja a los últimos, que cuentan hoy con abundante y variado arsenal.
Hace poco, en Colón, en dos incidentes serios que involucró sendos asesinatos, se usó mini Uzis, que son pequeñas ametralladoras de asalto israelíes. Y unas semanas atrás, un edificio en vía Porras fue agujerado con un fusil de guerra ruso AK 47. El decomiso de grandes arsenales es cosa de todos los días. Por aquí circula desde granadas de mano hasta cohetes antitanque. Y no es irrazonable pensar que parte de ese material pueda quedarse en pago de servicios a las mafias locales.
Pero hay otras medidas de prevención que deben practicarse. Algunas de ellas deben dirigirse a la creación de empleos, capacitación para ejercer oficios, actividades de recreación para jóvenes, campañas de educación contra las drogas y el alcohol, programas de participación comunitario y familiar, programas de educación a favor de los valores cívicos, etc. Para esto hay que apoyar a las iglesias y ONGs que desarrollan actividades en el mismo sentido.
El sujetar a horarios a las cantinas y bares, durante los días de semana (lunes a jueves), salvo en zonas turísticas férreamente vigiladas, es buena idea. En Washington, cierran discotecas a poco de la media noche; y quien quiera seguir, debe irse a su casa. Hay que prohibir y hacer más severo el control de armas en lugares públicos (playas, saraos, discotecas, jorones). Debe multiplicarse la presencia policial en esos sitios. Es cuestión de ver las estadísticas de lugares de mayor incidencia criminal.
Pero elevar el nivel de represión no está de más. Hay que practicar grandes, frecuentes y sorpresivos operativos de rastreo de armas y delincuentes en zonas “calientes” (El Martillo, El Hueco, Santa Marta, San Joaquín, Cerro Cocobolo, Tocumen, Colón, Tinajitas, Curundú, El Chorrillo, Arraiján, La Chorrera, David). No hay que dar al crimen tiempo para respirar ni pensar. El patrullaje debe ser continuo y constante. Y cuanto antes, debe adoptarse una legislación que ampare el trabajo policial, para que se le dé siempre al agente el beneficio de la duda y tenga más discrecionalidad en el uso de la fuerza. Así ocurre en Estados Unidos y se ha logrado controlar la delincuencia en gran medida.