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Contra la pena de muerte


Nadie puede tener autoridad para arrebatar el don más preciado del ser humano: la vida. Es preciso afirmar nuestro rechazo a la pena de muerte; en cualquier circunstancia ante el desarme ético que significa la ejecución de seres humanos, en nombre de la “justicia”. Ni en nombre de quienes pretendían hablar “en nombre de Dios”.

Ante el ejemplo de Jesús, no es posible comprender que los cristianos admitan la pena de muerte. Durante siglos la han mantenido acudiendo al “brazo secular”, en el colmo de la hipocresía. Y en el Catecismo Romano se mantiene “en determinadas circunstancias”.

En la Unión Europea se ha erradicado. Pero en Estados Unidos, que alardea de su tradición cristiana, impera la pena de muerte. Amnistía Internacional pide a todos los gobiernos que procedan a eliminar la pena de muerte en su legislación y que conmuten todas las penas de muerte y suspendan las ejecuciones.

Estados Unidos no respeta la Declaración universal de derechos del hombre que reconoce en el derecho a la vida el fundamento de todo el ordenamiento jurídico.

El mayor patíbulo del mundo es China, con cerca de dos mil ejecuciones reconocidas en 2009, escribe José Reinoso. Pero organismos de lucha contra la pena capital aseguran que la cifra real es mucho mayor.

En España, la Constitución suprimió la pena de muerte en 1978, pero dejó abierta la posibilidad en el Código Penal Militar, “para casos de traición, rebelión militar, espionaje, sabotaje o crímenes de guerra”. Para modificar la realidad, debemos que cambiar nuestras actitudes. Tenemos la obligación ética de urgir la abolición de la pena de muerte.

*Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS.

fajardoccs@solidarios.org.es

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