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Contra la privatización


El director ejecutivo de Proinversión, Ricardo Vega Llona, no entiende por qué los peruanos se oponen a las privatizaciones. Honestamente, yo tampoco. Sin embargo, espero que Vega Llona comprenda rápido el problema y promueva la inversión privada de forma eficiente, que para eso se le ha convocado a esta novedosa entidad. Según una reciente encuesta de la Universidad de Lima, el 65,7% de la capital, que concentra a la tercera parte del país, rechaza la privatización de las empresas públicas. Sólo el 27,5% de los encuestados está a favor. El 6,8% de los encuestados no tiene una opinión sobre el tema.
La mayoría de los peruanos no quiere privatización. ¿Por qué? Por ignorantes, fundamentalmente. Por la manipulación política que hay detrás de toda esta oposición irracional, es otra explicación. Y porque en el Perú, con la excepción de Mario Vargas Llosa, no ha existido hasta la fecha un líder político que persuada con convicción sobre los beneficios que supone privatizar. Para todos los efectos, el presidente Alejandro Toledo se comporta sobre el particular como un Alan García cualquiera (sin la elocuencia de García, por cierto). Se muere de miedo de la popularidad que podría perder (ya precaria a estas alturas) si arremete con una ola privatizadora. Le teme a la oposición callejera. Le teme al discurso populista del APRA y de las izquierdas. Le teme a las gritas de los sindicatos. Le teme a los parásitos que viven del Estado. Le teme a los puntos porcentuales que arrojan los sondeos de la Universidad de Lima. Le teme a los discursos histéricos y politiqueros que anticipan marejadas de despidos y aumentos criminales de las tarifas.
No obstante, es necesario decir lo que no dice el gobierno: que las privatizaciones aumentan la eficiencia y la competitividad de la economía; que ofrecen mejores oportunidades para el desarrollo del sector privado; que reducen la interferencia política en el proceso de toma de decisiones empresariales; que aminoran la carga administrativa y gerencial que implica para el sector público ocuparse de empresas deficitarias, entre otras cosas. Es decir, las privatizaciones son buenas e imprescindibles. Repito: si Alejandro Toledo, al igual que Alberto Fujimori, va a subordinar la agenda económica a sus cálculos políticos personales, la reactivación económica y la dinamización de las inversiones no van a llegar nunca. Vivir de las ubres del Estado es el estilo de vida de los incompetentes. Ningún gobierno que se respete debería tolerar y, menos, fomentar este esquema podrido que contribuye a mantener el statu quo del subdesarrollo.
*Corresponsal de la agencia de prensa AIPE.
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