Contrastes y dobles morales
Los Estados Unidos de América es realmente un país de contrastes. Desde sus inicios ha contado con el aporte de seres humanos extraordinarios. George Washington y Benjamin Franklin moldearon su forma en el siglo XVIII. Abraham Lincoln enderezó los rumbos sociales frente al embate de una esclavitud sin sentido, mientras que Franklin Delano Roosevelt lo rescató de su peor crisis económica y emprendió su vigorización final para consolidarlo como el gran pueblo que hoy todos conocemos.
Aún así, y a pesar de las muchas maravillas que lo colocan como el imperio más poderoso que recuerde la humanidad, los Estados Unidos de América es un país de grandes contrastes e incomprensibles dobles morales.
A las pruebas me remito. En la primera plana de El Panamá América (jueves 10 de agosto de 2000) aparecieron dos noticias que sustentan las reflexiones de este escrito.
La primera - reportada por Henry Raymont desde Washington - menciona que Peter Romero entregó durante su visita relámpago para apurar la firma del acuerdo de fuerzas visitantes con la República de Panamá una propuesta secreta, consensuada entre los departamentos de Estado y Defensa, sobre el tema de la limpieza pendiente de los polígonos de tiro y otras áreas contaminadas por el ejército norteamericano en suelo istmeño.
La segunda - procedente de Bogotá vía AFP - informa que "oficiales del Departamento Antidrogas de Estados Unidos (DEA) ofrecieron apoyar la lucha antiguerrillera de los grupos paramilitares de extrema derecha de Colombia, a cambio de que éstos cooperaran en el combate al narcotráfico". La noticia continúa develando otros asuntos - especialmente las reuniones que sostuvieron en Miami, Panamá, Aruba y Costa Rica los agentes de la DEA y portavoces de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) - que confirman los equivocados métodos que se implantarán gracias a los supuestos propósitos que persigue el llamado Plan Colombia.
El quid pro quo evidente, desarticulado y torpe que trajo bajo la manga Peter Romero para engatusar al Gobierno y así obtener la firma del peligroso acuerdo de fuerzas visitantes, no logró su cometido. Lo que descubrió de cuerpo entero es la verdadera intención castrense que persiguen en la hermana República de Colombia, y que no es otra que fomentar aún más - so pretexto de combatir las narcomafias - el doloroso baño de sangre que aqueja al país vecino.
Repetiré hasta el cansancio que el problema de las drogas se erradicará del área, no con un embate militar y sin sentido, sino con programas para disminuir el consumo dentro de las principales ciudades norteamericanas, a la vez que promoviendo esquemas para generar un genuino bienestar socioeconómico y que alcance a la mayoría de los habitantes en las regiones de producción.
No se trata de impedir ciertas acciones y, menos aún, tolerar otras para simular una cooperación a medias sobre el asunto en referencia. El tema es lo suficientemente delicado que obliga a determinar, en blanco y negro y sin beneplácitos inaugurales por parte de viejos ministros en nuevos cargos, todo lo que no se puede permitir en aras de cimentar esa necesaria neutralidad que demanda nuestro país. Negar el status diplomático a los soldados que desembarquen en nuestro suelo, pero a la vez aprobar incursiones conjuntas, ya sean aéreas, navales o terrestres en las inmediaciones del Darién, como también tolerar el abordaje de naves panameñas en aguas internacionales para someterlas a requisas arbitrarias, establecen una dualidad de posturas harto difíciles de sustentar.
A pesar de ser el más poderoso imperio que recuerde la humanidad, los Estados Unidos de América es, sin lugar a dudas, una nación de contrastes extremos y vergonzosas dobles morales. En sus manos tienen - si de verdad existiera una honesta voluntad para corregir los problemas que aquejan a su sociedad y las nuestras - todas las herramientas disponibles para hacer de este mundo un sitio mucho mejor que ése por donde deambulamos hoy.
Aún así, y a pesar de las muchas maravillas que lo colocan como el imperio más poderoso que recuerde la humanidad, los Estados Unidos de América es un país de grandes contrastes e incomprensibles dobles morales.
A las pruebas me remito. En la primera plana de El Panamá América (jueves 10 de agosto de 2000) aparecieron dos noticias que sustentan las reflexiones de este escrito.
La primera - reportada por Henry Raymont desde Washington - menciona que Peter Romero entregó durante su visita relámpago para apurar la firma del acuerdo de fuerzas visitantes con la República de Panamá una propuesta secreta, consensuada entre los departamentos de Estado y Defensa, sobre el tema de la limpieza pendiente de los polígonos de tiro y otras áreas contaminadas por el ejército norteamericano en suelo istmeño.
La segunda - procedente de Bogotá vía AFP - informa que "oficiales del Departamento Antidrogas de Estados Unidos (DEA) ofrecieron apoyar la lucha antiguerrillera de los grupos paramilitares de extrema derecha de Colombia, a cambio de que éstos cooperaran en el combate al narcotráfico". La noticia continúa develando otros asuntos - especialmente las reuniones que sostuvieron en Miami, Panamá, Aruba y Costa Rica los agentes de la DEA y portavoces de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) - que confirman los equivocados métodos que se implantarán gracias a los supuestos propósitos que persigue el llamado Plan Colombia.
El quid pro quo evidente, desarticulado y torpe que trajo bajo la manga Peter Romero para engatusar al Gobierno y así obtener la firma del peligroso acuerdo de fuerzas visitantes, no logró su cometido. Lo que descubrió de cuerpo entero es la verdadera intención castrense que persiguen en la hermana República de Colombia, y que no es otra que fomentar aún más - so pretexto de combatir las narcomafias - el doloroso baño de sangre que aqueja al país vecino.
Repetiré hasta el cansancio que el problema de las drogas se erradicará del área, no con un embate militar y sin sentido, sino con programas para disminuir el consumo dentro de las principales ciudades norteamericanas, a la vez que promoviendo esquemas para generar un genuino bienestar socioeconómico y que alcance a la mayoría de los habitantes en las regiones de producción.
No se trata de impedir ciertas acciones y, menos aún, tolerar otras para simular una cooperación a medias sobre el asunto en referencia. El tema es lo suficientemente delicado que obliga a determinar, en blanco y negro y sin beneplácitos inaugurales por parte de viejos ministros en nuevos cargos, todo lo que no se puede permitir en aras de cimentar esa necesaria neutralidad que demanda nuestro país. Negar el status diplomático a los soldados que desembarquen en nuestro suelo, pero a la vez aprobar incursiones conjuntas, ya sean aéreas, navales o terrestres en las inmediaciones del Darién, como también tolerar el abordaje de naves panameñas en aguas internacionales para someterlas a requisas arbitrarias, establecen una dualidad de posturas harto difíciles de sustentar.
A pesar de ser el más poderoso imperio que recuerde la humanidad, los Estados Unidos de América es, sin lugar a dudas, una nación de contrastes extremos y vergonzosas dobles morales. En sus manos tienen - si de verdad existiera una honesta voluntad para corregir los problemas que aquejan a su sociedad y las nuestras - todas las herramientas disponibles para hacer de este mundo un sitio mucho mejor que ése por donde deambulamos hoy.